CAPÍTULO SETENTA Y UNO
Habían pasado tres semanas desde mi regreso de Tailandia y había recuperado cierta normalidad en mi vida.
La carga de trabajo en la oficina había vuelto a niveles y horarios manejables, lo que me permitía volver a ser madre como es debido.
No tardé en retomar la rutina de vida familiar que tanto había echado de menos mientras estaba inmersa en la investigación de Chasing Chinatown.
Gran parte de esa rutina consistía en que Ryan me acompañara al gimnasio cuando no tenía clase en el dojo.
Nos centrábamos en el acondicionamiento físico y siempre hacíamos algo de combate, pero lo que de verdad le había enganchado era algo en lo que mi padre siempre deseó que yo hubiera mostrado más interés: el grappling.
Hacía un tiempo, le había enseñado a Ryan un par de movimientos que había aprendido de mi padre y en la academia del FBI. No me había dado cuenta de que había dedicado mucho tiempo a practicarlos hasta que recibí una llamada del colegio hacía unos días. Ryan se había metido en una pelea.
Mi primer pensamiento mientras conducía hasta allí para recogerlo fue: ¿Qué demonios haces peleándote en el colegio?
Me preocupaba que quizás mi ausencia fuera la culpable.
Me preocupaba que no haber estado cerca lo hubiera llevado a juntarse con malas compañías.
Me preocupaba que esto pudiera ser el comienzo de una infancia problemática.
Estaba equivocada. Había un matón, y Ryan le había dado una lección.
Resultó que este chico había estado acosando a mi hijo durante los últimos dos meses, pero Ryan había hecho lo que siempre le había dicho: no entrar al trapo. En resumen, el chico siguió acosando a Ryan y la cosa se desmadró. Su versión era que no tuvo más remedio que defenderse.
—Fue después de clase. Él y sus amigos me rodearon —dijo Ryan—. Te lo juro, Abby, intenté arreglarlo hablando. Pero se me echó encima. Tuve que defenderme.
Y eso fue exactamente lo que hizo Ryan. Le había enseñado un movimiento de sumisión sencillo: la llave de guillotina. Es muy fácil de ejecutar cuando el oponente embiste con la cabeza gacha. Básicamente, es una llave de cabeza invertida.
—Vino hacia mí con la cabeza agachada y le pasé el brazo por debajo del cuello...
Seré honesta: escuchar a Ryan describir cómo ejecutó con éxito un movimiento de sumisión —uno que yo le había enseñado— contra un chico que era más alto y más pesado que él, bueno, digamos que me llenó de orgullo maternal y por dentro estuve chocándole los cinco sin parar.
Todo esto por dentro, claro. Por fuera, yo era Abby la Madre.
Mi ceja izquierda se había arqueado hasta formar una punta fina mientras mi boca murmuraba algo sobre estar castigado una semana.
Ryan había deslizado el brazo bajo la barbilla del chico que embestía y tiró hacia arriba contra la garganta. Luego agarró esa muñeca con el brazo libre y volvió a tirar hacia arriba mientras se dejaba caer hacia atrás.
—Tendrías que haberlo visto, Abby. Una vez en el suelo, le rodeé el torso con las dos piernas y le empujé las caderas hacia abajo, creando la fuerza que necesitaba, pero tuve cuidado de no dejarlo inconsciente. Solo lo mantuve así hasta que otros chicos pudieron llamar a un profesor.
Ese movimiento le costó a Ryan una suspensión de dos días, pero si realmente hubiera dejado al chico inconsciente, probablemente estaría buscándole otro colegio y tendría que vérmelas con unos padres muy enfadados.
La primera pelea escolar de Ryan me recordó la mía.
Mi atormentadora era Mei Lin. Era un año mayor, tenía dieciséis, unos pechos grandes y bamboleantes que volvían locos a los chicos, y nunca le caí bien desde el primer día.
Como suele pasar con los críos, estas cosas casi siempre acaban estallando.
Recordaba que las primeras palabras de mi padre al llegar al colegio no fueron «¿Estás bien?», sino «¿Ganaste?». Sabía que solo había una respuesta que quería oír. Me costaba admitirlo, pero era la misma respuesta que yo quería oír de Ryan.
En cuanto al caso, pasé la mayor parte del tiempo asesorando a las fuerzas del orden de otros países.
Como todavía tenía acceso a la cuenta del Equipo Carlson —no me preguntes por qué—, podía seguir a los jugadores a través de las actualizaciones en vivo del juego.
Cualquier información que pudiera darles para localizar a su asesino era bienvenida.
Aparte de eso, también les aconsejé que citaran a los tongs y registraran cualquier ordenador, smartphone y tablet que encontraran en busca del juego Chasing Chinatown.
Podían intentar acceder al juego ellos mismos, descubrir las Atracciones de su ciudad y vincularlas con asesinatos recientes.
Eso podría ayudar a demostrar una conexión entre el tong y una víctima.
Por supuesto, al final les dije que no había una única forma de cerrar el juego y que no descartaran ir a por el equipo de su ciudad.
La Policía de Merseyside en Liverpool demostró precisamente eso.
Entre mi ayuda y la del Servicio de Seguridad del Reino Unido —el MI5—, lograron capturar al Equipo Loathe.
Luego accedieron a su cuenta a través del portátil e hicieron exactamente lo que Kang y yo habíamos hecho: jugar.
En una semana, habían arrestado al Maestro de Montaña Adjunto que dirigía el Chinatown de Liverpool y habían conseguido cerrar el juego en su ciudad.
Una por una, las organizaciones de la Tríada en las ciudades conectadas al juego fueron desmanteladas, y las actualizaciones en vivo del progreso de cualquier equipo en esas ciudades se detenían de inmediato.
Solo eso ya nos indicaba que estábamos entorpeciendo el juego.
Puede que no estuviéramos avanzando lo suficiente para atrapar al cerebro, pero al menos les estábamos quitando a un montón de enfermos una razón para correr por el mundo matando gente.
Era un martes a media mañana, y estaba monitorizando el juego mientras mordisqueaba un bagel de salmón ahumado y bebía té en mi escritorio.
La oficina bullía de actividad con gente yendo y viniendo a mi alrededor, pero yo tenía puestos los auriculares y me movía al ritmo de la música mientras trabajaba.
Una llamada al móvil interrumpió el momento.
—Abby, soy Kyle. ¿Qué hay de nuevo?
—Me enteré de que el Servicio Nacional de Policía de los Países Bajos hizo una redada en el Chinatown de Ámsterdam. Desde entonces, he estado pendiente de cualquier actividad en esa ciudad. Ninguna hasta ahora.
—Son buenas noticias. ¿Ya solo quedan diez ciudades?
—Sí...
—Venga ya, tienes que estar contenta.
—Lo estoy. Es agridulce.
—Te entiendo. La guinda sería pillar al imbécil que creó este juego.
—¡Exacto!
—No quiero cambiar de tema de golpe, pero lo voy a hacer. No adivinarás nunca lo que ha aparecido en la comisaría.
—¿Dim sum?
—Bueno, sí, pedí algo. Pero no es eso lo que quería que adivinaras.
—¿Eh?
—Olvida lo que acabo de decir. Escucha, acabo de recibir una invitación para la gran reapertura del Hip Song Tong.
—Ese es el tong que Reilly desmanteló hace un par de meses.
—Al parecer han pasado página. Van a organizar una gran celebración e invitan a la gente a una jornada de puertas abiertas. Habrá comida, entretenimiento y otras cosas. Debería ser interesante.
—¿Quieres que te acompañe?
—Sí, y trae a la familia también. Habrá juegos y atracciones. Además, tu Po Po tendrá cotilleos para rato.
—Tengo curiosidad por saber quién está ahora al mando de ese lugar. Cuenta conmigo.
Después de colgar con Kang, puse a Reilly al corriente sobre el tong y le pregunté si quería ir a la feria callejera.
Declinó, pero coincidió en que era buena idea que yo fuera.
—Estate atenta, Abby. Ese lugar ha estado inactivo desde nuestra redada. Me resulta extraño que de repente organicen un festival familiar lleno de diversión.
Volví a mi escritorio y comprobé de nuevo si había actividad en Ámsterdam.
No había ninguna. Me sentí bastante satisfecha al notificar a la KLPD que habían cerrado el juego con éxito, hasta que apareció una ventana de mensajes dentro del juego y me dejó paralizada.
Hasta ese día no tenía ni idea de que el juego permitiera enviar mensajes.
Pero lo que me resultó aún más sorprendente fue el mensaje en sí.
Anónimo: Hola, agente Kane.
¿Qué demonios? Me quedé mirando la pantalla unos instantes, preguntándome si había sido cosa mía, pero enseguida descarté la idea. ¿Respondo? ¿Lo ignoro? ¿Quién podría ser? Cogí el portátil y fui directa a la oficina de Reilly. Estaba absorto en su smartphone cuando cerré la puerta tras de mí.
—¿Pasa algo?
Entornó los ojos mientras se quitaba las gafas.
Apoyé el portátil sobre una pila de carpetas de manila en su escritorio.
—El juego acaba de enviarme un mensaje.
—¿Qué?
Reilly se inclinó para ver mejor.
—¿Cuándo ha sido?
—Hace unos treinta segundos.
Reilly señaló la pantalla.
—Responde.
Equipo Carlson: Soy la agente Kane. ¿Con quién hablo?
Anónimo: Te advirtieron en Bangkok.
Equipo Carlson: ¿Advertir sobre qué?
Anónimo: No puedes detener el juego. Nadie puede.
Miré a Reilly.
—¿Qué opinas?
—Tenemos la atención del cerebro. Está claro que nuestra estrategia de cerrar el juego eliminando los barrios chinos está funcionando.
—Esto no es más que una cortina de humo.
Reilly asintió.
Equipo Carlson: Lamento destruir tu fantasía, pero estamos cerrando el juego.
Pasó un minuto sin respuesta.
—¿Eso es todo?
Reilly se encogió de hombros.
—Sigue presionando.
Equipo Carlson: Estás callado porque sabes que decimos la verdad.
Anónimo: Estoy callado porque me estoy riendo. Agente Kane, le concederé su deseo.
Equipo Carlson: ¿Y cuál es?
Anónimo: Oficialmente eres una jugadora en el juego.
Equipo Carlson: No necesitaba tu aprobación antes. ¿Por qué la necesito ahora?
Anónimo: Porque las reglas han cambiado. Una ciudad. Una Atracción.
Equipo Carlson: Eso nos facilita el trabajo. Buena suerte.
Anónimo: No, agente. Es usted quien va a necesitar la suerte.
Reilly y yo esperamos, pero no llegó ningún otro mensaje, ni siquiera después de insistir.
—Una ciudad. Una Atracción. ¿De verdad acaban de reducir el juego a una sola ciudad?
Reilly cruzó las piernas mientras se recostaba en la silla.
Minimicé la ventana de mensajes para ver el mapa del mundo. Las ciudades en juego estaban marcadas con un punto rojo, y solo quedaba uno en el mapa: San Francisco.
—Espera. ¿Nuestra ciudad ha vuelto al juego?
Hice clic en el marcador y la pantalla se amplió hasta nuestra ubicación. Apareció un título: Bienvenido a San Francisco.
En lugar de las cinco Atracciones originales completadas, solo había una. Hice clic en el encabezado y apareció el gráfico de un pergamino. Se desenrolló y reveló un mensaje junto con una foto mía.
Sin acertijo. Solo una tarea:
Matar a la agente Abby Kane.
¡Gana 10.000.000 $!
Buena suerte, equipos.
Haz clic para continuar la persecución: La caza continúa en la tercera entrega de la Trilogía Chasing Chinatown. La Agente Abby Kane es la única Atracción en un juego sangriento diseñado con un único propósito: acabar con vidas.