CAPÍTULO SESENTA Y CINCO
La pequeña habitación estaba caliente y apestaba como si cien hombres se hubieran orinado dentro.
Una sola bombilla de baja potencia iluminaba el cuarto sin ventanas, pero aun así distinguí un cuerpo desplomado en la esquina: muerto, a juzgar por lo que veía.
Por supuesto, era imposible no fijarse en el hombre desnudo que colgaba de los brazos.
Tenía las muñecas atadas con una cuerda sujeta a un cabrestante con cadena.
No había manera de que pudiera sostenerse en pie.
Su rostro parecía un tomate aplastado, hinchado y brillante.
Las contusiones le cubrían casi todo el cuerpo.
—¡Bajen a ese hombre! —grité justo cuando uno de los hombres de Artie echaba el brazo hacia atrás, listo para propinar otro golpe brutal.
Se detuvo y se volvió hacia mí. Tenía el ceño fruncido y la mirada sombría.
Soltó un resoplido desdeñoso antes de volver a lo suyo.
Los otros dos hombres de la habitación hicieron lo mismo; parecían estar disfrutando de lo que estaba ocurriendo.
—¡Deténganse!
Me di la vuelta y vi a Artie sentado en una esquina oscura detrás de mí. Había quedado tan impactada por lo que había visto al entrar que ni siquiera me había fijado en él.
—Artie, esto no está bien.
Se levantó y se acercó a mí. Me puso una mano en el hombro.
—Abby, esto no es Estados Unidos. Aquí las cosas son diferentes. Este hombre es un criminal, un matón. Te robaría, te golpearía y te violaría sin pensárselo dos veces.
Sabía que Artie tenía razón, pero aun así me pregunté si habría intentado hablar primero.
—Mira, no dudo de que tus técnicas hayan dado los resultados deseados. Es solo que...
—Tenemos un enfoque diferente.
—Ya lo veo.
Artie les habló en tailandés a sus hombres. Uno de ellos bajó el cabrestante para que el hombre golpeado pudiera sentarse en la silla que otro colocó debajo. Le dieron un poco de agua.
—Salgamos a hablar —dijo Artie, señalando hacia la puerta.
Lo seguí hasta el pasillo.
—El tipo tirado en la esquina, ¿sacaste algo útil de él?
—No. Está ahí para motivar a los demás cuando les toque hablar con nosotros.
Sí, claro, eso está funcionando de maravilla. No quería entrar en una discusión moral, así que me obligué a centrar la conversación en el motivo por el que estaba allí.
—¿A quién voy a interrogar? Quiero empezar ya.
—Tenía pensado dejarte a la chica que te dio las respuestas a tus acertijos, pero...
—¿Pero qué? No hay problema. Me quedo con ella.
Era una de las que más me interesaba interrogar.
—Puede parecer inocente, pero no lo es.
—Sé cuidarme sola.
—Atacó a uno de mis hombres hace un rato. Tienes suerte de que siga viva.
Artie bajó la mirada y negó con la cabeza antes de volver a mirarme.
—¿Qué pasó?
—Mientras la traían, le clavó un lápiz en la garganta a uno de mis hombres. Se les debió de pasar en el cacheo.
—¿Está bien?
—Sobrevivirá.
No podía creer lo que Artie me había contado. ¿Esa mujer menuda, con aquellos ojos grandes de muñeca, había hecho eso con un lápiz? Negué con la cabeza. No sabía qué decir.
Artie me llevó pasillo adelante hasta otra puerta donde uno de sus hombres montaba guardia.
Intercambiaron unas palabras y el guardia abrió con cautela.
Aquella habitación tampoco tenía ventanas, pero estaba sorprendentemente bien iluminada por dos fluorescentes.
La chica estaba sentada en el suelo, acurrucada contra la pared del fondo.
A ella también le habían quitado casi toda la ropa; solo llevaba bragas y sujetador.
—¿Dónde está su ropa? —pregunté, notando cómo me subía la rabia.
Artie señaló con la cabeza hacia una mesa en la esquina donde estaba la ropa.
—Quitarles la ropa les hace sentirse indefensos. No te preocupes, mis hombres no hacen lo que estás pensando.
Cogí su ropa y se la lancé.
—Vístete.
El flequillo le caía sobre los ojos, pero aun así pude ver que tenía uno hinchado, con un buen ojo morado. Tenía sangre seca alrededor de las fosas nasales. Uno de los hombres de Artie hizo rodar una botella de agua hacia ella. La chica la agarró del suelo y la vació de un trago.
Me volví hacia Artie.
—¿Habla inglés?
Se encogió de hombros.
—Hola —dije en tono suave, y di un paso hacia ella—. Me llamo Abby Kane. ¿Puedo hablar contigo?
—¿Me entiendes?
Esperaba que sí. No me hacía ninguna gracia que Artie tuviera que traducir nuestra conversación.
Di otro paso más.
Miré al guardia. Tenía el ceño fruncido: motivo de sobra para que la chica no se fiara de nadie. También supuse que había sido él quien le había dado el puñetazo en el ojo.
—Déjame intentar hablar con ella a solas —le susurré a Artie.
—No creo que sea buena idea —dijo en voz baja pero firme—. Es peligrosa.
—Lo entiendo, pero creo que podría ayudar si estuviéramos solo la chica y yo. Deja la puerta entreabierta. Podrás oír todo lo que hablemos.
Artie sopesó mi propuesta antes de acceder a salir de la habitación, dejando la puerta entornada. Él y su hombre se quedaron fuera, tal como le había sugerido.
Cuando me di la vuelta, la chica ya había acortado la distancia entre nosotras y estaba a punto de abalanzarse sobre mí.