Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE
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CAPÍTULO CUARENTA Y SIETE

Pasaba de medianoche. Kang y yo habíamos llegado a la conclusión de que necesitábamos la ayuda de Artie y su departamento para localizar al Equipo Creeper.

Habíamos querido evitar, o al menos minimizar, involucrar a la policía, ya que no estábamos aquí oficialmente para investigar y no queríamos que nada se malinterpretara.

Pero a estas alturas, necesitábamos poder vigilar el local o los alrededores del bar sin que nos molestaran las mama-sans o las bailarinas. Esperábamos que Artie pudiera organizarlo sin que se filtrara información sobre nuestra presencia. Tenía mis dudas, pero intentaba mantenerme positiva.

También necesitábamos otros equipos apostados a lo largo del soi para que nos ayudaran a vigilar a este tipo. Desde nuestro punto de vista, no había otra forma de evitar buscar una aguja en un pajar.

Llamé a Artie, pero me saltó el buzón de voz.

Dejé un breve mensaje explicando nuestra situación y pidiendo una reunión.

Después de colgar, Kang y yo dimos la noche por terminada y salimos del bar.

Antes de irme, miré hacia donde se había sentado el rubio que me había echado el ojo y vi que el sitio estaba vacío.

Supuse que había encontrado otro juguete.

El camino de regreso al hotel transcurrió sin incidentes.

Me moría de ganas de quitarme el vestido y los zapatos y ponerme mis cómodos pantalones de chándal.

Kang quería picar algo rápido antes de subir a nuestra habitación, pero yo no tenía fuerzas para pararme en un puesto de fideos cercano.

Lo sé, increíble, ¿verdad? Pero estaba agotada.

Después de despedirme de Kang, crucé el vestíbulo y al doblar la esquina vi que no había nadie junto a los ascensores, lo cual me encantó, por supuesto. Subida directa a mi piso.

Por supuesto, ¿en qué estaba pensando? Ahí llegaba alguien a aguarme la fiesta.

Justo antes de que se cerrara la puerta del ascensor, una mano se coló entre las hojas y las hizo rebotar. Pensé que Kang había cambiado de opinión sobre lo de comer. Me equivocaba. Frente a mí estaba el caballero rubio del bar, y me quedé sorprendida.

—Oh, hola —dijo, y se detuvo un momento antes de entrar al ascensor—. No me estarás siguiendo, ¿verdad?

—Casi te digo lo mismo.

—¿Qué pasó con tu cita? —pulsó de nuevo el botón del piso que yo ya había marcado.

—Está en la habitación esperándome. Sigues sin suerte.

—Eso parece. Eso parece —sonrió y fijó la mirada en los números digitales que marcaban los pisos.

Cuando el ascensor se detuvo y las puertas se abrieron, extendió la mano para indicarme que saliera primero.

—Espero que disfrutes la noche.

Sonreí pero no dije nada al pasar junto a él.

Giré a la izquierda y, por el sonido de sus pasos, supe que él había girado a la derecha.

Me alivió que su habitación estuviera en la dirección opuesta.

Después de unos pasos, miré hacia atrás, porque tanta coincidencia me resultaba sospechosa.

Fue entonces cuando sonó mi teléfono. Vi que era el móvil de Po Po y respondí de inmediato.

—¡Hola, mami!

Lucy había aprendido hace poco a llamarme desde la lista de «favoritos» de Po Po y le había cogido la costumbre de birlarle el teléfono para llamarme.

—Hola, cariño. ¿Cómo estás?

—Estoy bieeeen.

Era temprano el sábado por la mañana en San Francisco, no había cole.

Supuse que se había levantado para ver los dibujos, pero no oía la tele de fondo, lo cual era bueno.

La regla de la tele: treinta minutos por la mañana, por la tarde y por la noche.

¿Duro? Probablemente. Pero sentía que su tiempo estaba mejor empleado dibujando, leyendo, cantando, jugando a disfrazarse o lo que fuera.

Mientras no se quedara embobada delante del televisor, yo era feliz.

—¿Po Po sabe que tienes su teléfono?

—Nooooo. Estoy escondida —Lucy soltó una risita.

No pude evitar reírme. Acababa de abrir la puerta de mi habitación cuando un dolor agudo me atravesó la espalda y salí disparada hacia delante.