Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
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CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO

Un golpe demoledor en la mejilla izquierda lanzó al hombre esposado de la silla al suelo mojado de la pequeña habitación. El lado izquierdo de su rostro se había hinchado como un pez globo, y el ojo había desaparecido entre dos pliegues de carne tumefacta.

Dos hombres lo levantaron del suelo y lo sentaron de nuevo en la silla.

Un segundo después, otro golpe en la cara lo devolvió al mismo sitio.

Esta vez se oyó un chasquido al impactar.

El pómulo había aguantado todo lo que podía y se había fracturado.

De nuevo, los mismos dos hombres lo levantaron y lo volvieron a sentar.

Antes de que el que pegaba pudiera tomar impulso para asestar otro golpe, la puerta de la habitación se abrió y entró Artie.

Los tres hombres, todos miembros de la Policía Real Tailandesa, se volvieron hacia el detective.

El que había propinado la paliza cogió un trapo y se limpió el puño ensangrentado.

Artie se acercó hasta quedar frente al hombre sentado.

Le puso una mano en la barbilla y le alzó el rostro para mirarlo al único ojo que le quedaba sano.

—¿Te estás divirtiendo? —preguntó Artie con tono inexpresivo.

El hombre, conocido en la calle como Chan, no dijo nada.

—Mis hombres no están cansados. Les encanta esta parte del trabajo.

Chan seguía sin decir nada.

Artie le soltó la cara y preguntó a sus hombres si había dicho algo.

Bo, el que se había encargado de los golpes, respondió:

—Nada todavía, pero la noche es joven.

Artie no tenía toda la noche. Necesitaba respuestas ya. Miró alrededor del almacén vacío. Había algunas latas de pintura medio llenas contra la pared, junto a una mesa. Pero en el suelo, en la esquina, Artie vio algo que le interesó: un martillo.

Lo recogió del suelo y ordenó a uno de sus hombres que pusiera una mesa delante del prisionero.

Aquello llamó la atención de Chan.

—¿Qué quieres?

—¿Que qué queremos? Creo que sabes muy bien por qué estamos aquí.

El hombre negó con la cabeza y bajó la mirada. Un hilo de saliva teñida de rojo le colgaba de la comisura de la boca y le caía sobre el pantalón. Artie hizo una seña a dos de sus hombres para que sujetaran a Chan mientras indicaba al tercero que le inmovilizara la mano derecha.

Artie apoyó la cabeza plana del martillo sobre los nudillos de Chan.

—Quizá esto te refresque la memoria.

Respiró hondo, levantó el martillo por encima de la cabeza y lo descargó con todas sus fuerzas.

El martillo se estrelló contra los dedos de Chan, destrozando huesos y abriéndole un dedo por el costado. La sangre salpicó hacia arriba.

Artie no se detuvo ahí. Siguió golpeando la mano tan rápido y tan fuerte como pudo.

Un alarido brotó de la boca de Chan. Les suplicó que pararan mientras forcejeaba por liberarse.

Pero Artie siguió martillando como si estuviera ablandando un trozo de carne cruda. Y eso era exactamente lo que hacía.

Solo cuando la mano de Chan dejó de parecerse a una mano se detuvo Artie. La sangre se había acumulado bajo el amasijo de carne. A un lado yacía una uña desprendida. Chan lloraba con la boca abierta en una mueca congelada, mirando el destrozo sanguinolento en que se había convertido su mano.

El hombre de Artie soltó la mano derecha de Chan, pero enseguida le agarró la izquierda y se la sujetó contra la mesa. Artie volvió a apoyar el martillo sobre los nudillos.

—¡No! ¡No! —gritó Chan.

Artie levantó el martillo por encima de la cabeza.

—Somchai nos ordenó atacar al agente del FBI y al detective. Por favor, estoy diciendo la verdad.

Artie había oído hablar de ese tal Somchai, pero no había tenido el placer de conocerlo en persona.

—¿Dónde podemos encontrarlo?

—Chinatown... el edificio detrás del restaurante T&L Seafood... quinto piso.

—¿Hay hombres apostados fuera?

—Sí, dos en la entrada del edificio y dos más en cada piso.

—Y en la habitación, ¿cuántos hay?

Chan se lo pensó un momento.

—Quizá tres o cuatro, sin contar a Somchai. Por favor —continuó—, tienes que creerme. Te estoy diciendo la verdad.

Artie le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Muy bien. Te agradezco la colaboración.

Pero como ya tenía la herramienta en alto, la descargó una última vez.