Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
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CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

El Creeper se levantó y cruzó la sala, alejándose de la mujer cuyo muslo había disfrutado manoseando hacía poco. Se sentó en el nivel superior y le ladró al camarero lo que quería beber; este acudió en segundos. Su sonrisa encantadora se había transformado en un ceño fruncido digno de Scrooge.

Nunca le habían rechazado sus avances, al menos no una mujer en un bar.

Pero supuso que ella tenía una buena razón: ya estaba con alguien, que había vuelto justo cuando la mano del Creeper alcanzaba su ropa interior de encaje.

Para no montar una escena, había optado por retirarse con dignidad, tan rápido como había llegado.

Allí estaba sentado, solo, aferrando la botella de cerveza con más fuerza de lo habitual.

Una sarta de improperios brotó de sus labios, pero quedó ahogada por el enorme altavoz montado en la pared sobre su cabeza.

Siguió observando fijamente a la mujer y a su acompañante.

Qué estúpidos eran si pensaban que se iba a rendir tan fácilmente.

«Es mía. Es mía» , articuló el Creeper sin emitir sonido.

Le daba igual que fuera la cita de otro; nadie le decía a quién podía o no tener.

«¿Cómo se atreven a faltarme al respeto?

» . Había matado a muchos por menos. Quería matarlos.

Pero sabía que la imprudencia era su enemiga.

Tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no cruzar la sala corriendo y estrellarles la botella de cerveza en la cabeza.

El Creeper metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó el móvil. Abrió el navegador y entró en el juego Chasing Chinatown. La curiosidad por la siguiente tarea le había podido el otro día, aunque una semana antes había jurado no volver a jugar.

«Qué curioso cómo funcionan las cosas» , pensó mientras observaba el pergamino animado desenrollarse y revelar dos fotografías: una de la agente Abby Kane y otra del detective Kyle Kang.

Aunque le había intrigado en su momento, aún no había decidido si llevar a cabo esa tarea o no, hasta aquella noche.

Supuso que toda la suerte del mundo debía de haber conspirado a su favor para que se encontrara con la menuda agente por pura casualidad. Aquello había decidido por él.

El Creeper levantó la vista del teléfono y clavó los ojos en la pareja de incautos acurrucados al otro lado de la sala. La sonrisa había vuelto a su rostro.