Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Me pilló un poco desprevenida aquel desconocido que parecía haber aparecido de la nada.

Había otros asientos libres. ¿Por qué sentarse a mi lado?

Y mejor aún, ¿por qué no sentarse más cerca del escenario?

Me aparté un poco y, al hacerlo, me di cuenta de por qué se había sentado junto a mí. Vestido. Maquillaje. Ya lo pillaba.

Siguió sonriendo cuando crucé las piernas, así que le devolví la cortesía.

Luego se inclinó y me preguntó cómo me llamaba.

¡Mierda! Mi mente echó a correr, buscando un nombre creíble, un apodo tailandés creíble.

El único que se me ocurrió fue el de la placa identificativa de la mujer que me había vendido café esa misma mañana.

—Me llamo Toon.

—¿Toon? —Arqueó las cejas.

Me limité a sonreír y repetí el nombre.

—No lo había oído nunca.

No dije nada y seguí sonriendo.

—¿Hablas inglés? —Seguía con su interrogatorio.

—Sí. ¿Y tú cómo te llamas?

El hombre se relajó y cruzó las piernas.

—Me llamo John.

¿John? Supongo que los dos queremos mantener nuestras identidades en secreto .

Me giré un poco hacia él. Quería ver mejor a mi pretendiente.

Llevaba pantalones negros y una camisa blanca impecable por dentro del pantalón.

En la muñeca izquierda lucía un reloj plateado de buen tamaño.

Destacaba entre los demás clientes, sobre todo porque no mostraba ningún interés en las mujeres del escenario.

No las había mirado ni una sola vez desde que se sentó.

—¿No te gusta lo que ves? —pregunté, señalando con la cabeza hacia el escenario.

—Sí me gusta, pero lo que veo aquí es mucho más interesante —dijo, repasándome con la mirada.

Era encantador, eso había que reconocérselo. Ni una sola vez apartó la mirada de mí para echar un vistazo por la sala. Podía hacer fácilmente que una mujer se sintiera como si fuera la única en el mundo. Pero yo no me dejaba engañar.

Para no hacer pensar a la mama-san que no estaba con Kang, me mantuve distante.

Kang y yo habíamos pensado en acercarnos a ella y explicarle quiénes éramos y qué queríamos hacer, pero parecía que eso traería más problemas de los que valía la pena.

La cosa habría sido distinta si Artie lo hubiera organizado, pero estaba ocupado siguiendo la otra pista.

Mi actuación de desinterés no funcionó demasiado bien. En cuestión de segundos, me había puesto la mano en el muslo y me lo había apretado suavemente. Más le vale no subir esa mano.

Se había acercado más, y me llegó el olor de su colonia.

Un aroma ligero, amaderado. No abrumador, justo lo necesario para resultar agradable.

Le eché un vistazo a las manos: uñas cuidadas y palmas suaves.

¿Trabajador de oficina? La camisa era suave, algodón de calidad.

Llevaba gemelos plateados en forma de «C».

¿Serían de algún diseñador o un diseño personalizado?

—¿Trabajas aquí? —preguntó.

—No bailo.

—Ya lo veo —dijo, mirando mi vaso—. ¿Te invito a una copa?

¿Dónde diablos se ha metido Kyle?

—Sí. Jameson, solo.

Hizo una señal al camarero y pidió nuestras bebidas.

Aproveché para echar otro vistazo a la sala.

Seguía sin ver a ningún hombre que encajara con nuestra descripción.

Volví a mirar el reloj. Había pasado media hora.

Seguro que a Kang no le llevaba tanto tiempo inspeccionar el segundo nivel, a menos que hubiera más plantas.

Para no delatarme, seguí con la conversación con el hombre que se hacía llamar John. Qué irónico.

Durante nuestra charla intrascendente, fingí dar sorbos al cóctel para mantener la cabeza despejada.

No pareció darse cuenta de que mi copa seguía igual de llena.

Seguí sonriendo mientras me hablaba de su trabajo y de por qué estaba en Bangkok.

De pronto sentí que empezaba a entender lo que estas mujeres tenían que aguantar cada noche.

Seguro que todos los hombres y todas las conversaciones acababan difuminándose.

Aunque no estaba terriblemente aburrida, me descubrí escuchándolo solo a medias.

Me preocupaba más vigilar a los hombres que entraban en el local.

Pasados otros quince minutos, mi paciencia empezó a agotarse.

En ese momento, no me quedó más remedio que quitarme el sombrero ante estas mujeres.

No sé cómo fingían interés toda la noche, todas las noches.

Casi puse los ojos en blanco cuando empezó a contarme que era el director regional de ventas de bla, bla, bla y que había ganado un premio por bla, bla, bla.

Que te paguen por tener sexo puede parecer fácil, pero lo que aprendí esa noche fue que había mucho trabajo tedioso y embotador antes de llegar a cobrar.

Esta conversación me recuerda a algunas citas que he tenido.

Por mucho que quisiera averiguar qué estaba haciendo Kang, sabía que tenía que vigilar la entrada. Además, John me proporcionaba la tapadera perfecta. Pero con la suerte que tengo, la dinámica cambió cuando me subió la mano por el muslo y preguntó:

—¿Quieres venir a mi hotel?