Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO CUARENTA
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CAPÍTULO CUARENTA

Antes de separarnos, Artie se ofreció a apostar a algunos hombres en las inmediaciones del Landmark Plaza. Un gesto amable, pero como no nos alojábamos allí, rechazamos la oferta.

—No queremos llamar la atención —dijo Kang.

Yo, en cambio, no me sentía cómoda con la idea de quedarnos de brazos cruzados. Cuando Artie se marchó, me volví hacia Kang.

—De ninguna manera vamos a quedarnos cruzados de brazos hasta que encuentre a ese tipo.

—Exactamente lo que pienso. ¿Vamos tras el Creeper?

—Es lo único que tiene sentido. Tenemos una descripción bastante buena del tipo. Seguro que aparece por Nana Plaza o Soi Cowboy.

—¿Crees que pasará de la misión que le encargaron, ya sabes, la de venir a por nosotros?

—No necesariamente. Pero seguro que priorizará. Esta ciudad es como una tienda de golosinas para él. Hay un suministro inagotable del tipo de mujeres que satisfacen sus deseos. Aprovechará la situación al máximo y se dará el festín que pueda.

—Bueno, lo primero es lo primero: necesitamos conseguirte un arma y un teléfono.

Dos días después, estaba equipada con una Glock sin registrar.

Esperaba un montón de trámites burocráticos, pero el hombre al que Artie nos mandó no me pidió ni firma ni datos.

Le dije quién era y me entregó una bolsa de compras.

Dentro había un arma, una funda y una caja de munición.

Nada más. Eso sí que era discreción. Si hubiera seguido el protocolo y acudido a mi enlace en la embajada, a esas alturas estaría enfrentándome a una investigación por mi arma perdida antes de que nadie hablara de reemplazarla.

Reilly también lo sabía, y por eso me había dado su bendición.

El arma era un modelo antiguo que había conocido tiempos mejores. La empuñadura tenía una pequeña abolladura, pero parecía funcionar. Aun así, Kang y yo compramos lo necesario para que pudiera limpiar bien el arma antes de buscar un campo de tiro. Funcionaba.

Para entonces, habíamos trasladado todas nuestras pertenencias del Landmark Plaza al Sheraton.

Debatimos si de verdad necesitábamos quedarnos en el nuevo sitio.

En los últimos días habíamos averiguado lo suficiente sobre el Creeper como para saber a quién nos enfrentábamos.

Eso había reducido la incertidumbre, pero aun así, ¿para qué arriesgarse?

Teníamos una diana en la espalda. No tenía sentido hacerla más grande.

Mientras esperábamos el arma, Kang había conseguido un mapa turístico de Bangkok para que pudiéramos empezar a planear cómo localizar al Creeper antes de que él nos localizara a nosotros.

Marcamos tanto Nana Plaza como Soi Cowboy como puntos calientes.

Nana quedaba a diez minutos andando de nuestro hotel; Cowboy a menos de cinco.

Sabíamos que, entre esos dos sitios, había trabajadoras en un montón de bares, sin contar los chiringuitos que montaban por la noche en las aceras y los vestíbulos de la mayoría de los hoteles.

El Creeper tenía muchos lugares adonde ir, y no podíamos estar en todas partes a la vez.

Tendríamos que apostar a que rondaría por los dos centros de ocio.

—Oye —empezó Kang—, podrías pasar por tailandesa, sobre todo si te hicieras ese maquillaje de ojos que llevan todas.

Hizo un gesto vago señalándose el rabillo de los ojos.

Sabía a qué se refería Kang. Desde que llegué a Bangkok, había notado que las mujeres de aquí se pintaban la raya del ojo de una forma muy concreta: la alargaban hacia fuera hasta formar una punta en el rabillo.

Era muy característico de su look, pero eso no era lo que Kang quería decir en realidad.

—¿Quieres que me haga pasar por trabajadora?

Se encogió de hombros.

—Tiene todo el sentido, teniendo en cuenta dónde vamos a estar. Podrías ser el tipo de mujer que le gusta al Creeper. Yo puedo hacerme pasar por cliente.

—¿Por qué no hacernos pasar por novios?

—Tú misma dijiste que el Creeper tiene un fetiche con las trabajadoras.

Kang tenía razón. Hacerme pasar por chica de bar sería la mejor estrategia, pero desde luego que no pensaba subirme a un escenario a menear el trasero.

Una vez que tuvimos el plan listo, me pasé por el centro comercial Terminal 21 a comprar maquillaje y un atuendo apropiado. Al final compré un vestido de cóctel negro, unos tacones y un bolso de mano.

Cuando volví a la habitación, le enseñé a Kang mi nuevo look y me dio el visto bueno.

—¡Vaya, estás increíble! —soltó Kang.

Al instante se puso rojo como un tomate.

—Quiero decir que has clavado el look.

—¿En serio? —dije mientras volvía al baño a mirarme otra vez en el espejo.

—Sí, el maquillaje está clavado —oí que decía Kang desde fuera.

—¿Eso es lo que te vas a poner? —pregunté al salir del baño.

Kang asintió.

—¿Por qué?

Llevaba unos bermudas cargo de color canela y una camisa azul de manga corta, y la verdad es que quedaba bien. La mayoría de los hombres que veíamos por la ciudad iban vestidos de manera muy informal.

—Estás bien —dije—. Pareces un turista.

Kang sonrió.

—Un cliente —corrigió mientras levantaba el pulgar.