Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO VEINTE
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CAPÍTULO VEINTE

El Creeper permanecía sentado en silencio en la silla coja, tarareando una canción de jazz mientras observaba cómo el fluido oscuro manaba de la herida en el abdomen de Gai.

Había usado un cuchillo de trinchar para abrirlo en canal.

Sabía que eso lo inmovilizaría de inmediato.

Por desgracia, esta muerte le proporcionaba muy poco placer al Creeper.

Era más una necesidad; una tarea, en realidad.

Lo que más disfrutaba el Creeper, lo que más anhelaba cuando jugaba con sus víctimas, era una muerte lenta. Cuanto más tiempo las mantuviera con vida mientras se entretenía con ellas, mejor. Eso era lo que satisfacía sus impulsos. Lo que le hacía levantarse por las mañanas.

El Creeper se había aburrido del juego y sabía que violaría las reglas al abandonar su papel de participante; las reglas dejaban claro que todos debían jugar hasta que se determinara un ganador. Una vez aceptabas, no había vuelta atrás. Nada de renunciar. Nada de tomarse un descanso.

Pero al Creeper le importaban un bledo esas reglas tontas. Nadie le decía lo que tenía que hacer. Sabía que los guardianes del juego enviarían a alguien, y había decidido responder con un símbolo de lo que pensaba de su pequeña y estúpida distracción.

Observó a Gai unos instantes antes de decidir que era hora de marcharse y dejar que el cuerpo cumpliera su función de transmitir el mensaje.

Se inclinó y se subió la pernera derecha del pantalón.

Alrededor de la rodilla y a lo largo de la espinilla llevaba dos barras de metal, una a cada lado.

Aquel artilugio casero le dificultaba el caminar. Lo hacía cojear.

Se quitó el dispositivo y estiró la pierna antes de ponerse de pie. Ah, mucho mejor. Era un maniático de los detalles. Aunque podría haber fingido la cojera, el dispositivo garantizaba que cojeara siempre igual, con cada paso.

Se puso de pie y caminó con paso perfecto hacia el espejo del baño, donde se quitó las lentillas grises, dejando al descubierto sus ojos azul claro.

El Creeper parpadeó para aclararse la vista.

Se llevó la mano al rabillo del ojo izquierdo y se rascó, levantando un pliegue de piel.

Lo agarró y retiró la prótesis, repitiendo el proceso con el otro ojo.

Desaparecieron las arrugas que daban intensidad a su mirada.

Ahora parecía más joven, más afable... digno de confianza.

El Creeper se llevó la mano a la maraña lacia de pelo castaño y se quitó el peluquín, dejando al descubierto su cabello rubio, corto pero ondulado.

Se puso unas gafas de montura metálica —falsas— y luego se cambió de ropa: pantalones caqui planchados, camisa de rayas abotonada y mocasines marrones.

Por último, se limó las uñas hasta dejarlas de una longitud respetable y usó quitaesmalte para eliminar aquel feo tono amarillento de viejo.

Recogió las pocas pertenencias que tenía y se las guardó en los bolsillos antes de rodear a Gai y salir de la habitación. Creep. Creep. Creep.