CAPÍTULO DOCE
Reilly ya nos había advertido de que no habría ninguna congregación tailandesa esperándonos en el aeropuerto. Por mí, perfecto; no necesitaba que nadie nos parara un taxi y le dijera al conductor en qué hotel nos alojábamos.
En lugar de seguir a la multitud, Kang, cómo no, fue directo a un mapa en la pared para intentar averiguar dónde estábamos y adónde teníamos que ir para pasar por inmigración y recoger el equipaje.
—Ni hablar —dije—. Sígueme.
Y me sumé al flujo de pasajeros de nuestro vuelo. Más de cien viajeros no pueden ir todos en la dirección equivocada, ¿no?
Lo último que quería era perderme. No había pegado ojo en el avión, gracias a los ronquidos de Kang: lo bastante fuertes para mantenerme despierta a mí, pero no a los demás pasajeros.
En ese momento solo podía pensar en desplomarme sobre una cama limpia.
No hay nada como esa sensación perfecta y fugaz de las sábanas frescas contra la piel desnuda.
Teníamos reserva en el Hotel Landmark Plaza, en Sukhumvit Road.
La agente de viajes que gestionaba los desplazamientos de mi departamento me había dicho que era una zona céntrica y que sería fácil moverse por la ciudad.
Le había creído, pero ahora empezaba a dudarlo mientras el taxi giraba hacia la calle principal y avanzaba a paso de tortuga hacia nuestro hotel.
Las aceras bullían de grupos de hombres con mujeres ligeras de ropa colgadas de sus brazos. Luces de neón parpadeaban sobre bares abarrotados donde se veía más de lo mismo. Vendedores ambulantes de baratijas y comida completaban el animado panorama nocturno.
Kang resumió mis pensamientos a la perfección:
—¿Nos vamos a alojar en el barrio rojo?
—Eso parece.
Aunque era popular entre turistas y viajeros de negocios, resultó que el Landmark también quedaba a un paseo de Nana Plaza, que el recepcionista nos describiría más tarde como un «centro de entretenimiento divertido y animado».
Después de registrarnos, Kang lo buscó en Google desde el móvil.
—La meca de los bares de gogós, con una buena mezcla de mujeres y ladyboys.
—¿Ladyboys?
—Sí. Son hombres que se visten de mujer, solo que estos parecen mujeres de verdad, y la mayoría de la gente no distingue...
—Ya sé lo que son. Lo que me sorprende es que esta plaza de «entretenimiento» esté en plena zona turística.
Aunque enseguida me respondí sola, al caer en la cuenta de por qué tantos hombres vienen a Tailandia: sol y diversión.
La insistencia de Kang en que saliéramos a probar la comida callejera que había por todas partes me hizo olvidar lo de subir a mi habitación. No tuvo que insistir mucho después de pronunciar la palabra mágica: comida. ¿Qué puedo decir? Me encanta comer.
Dejamos las maletas en recepción y volvimos a salir a la noche bochornosa. Aunque eran casi las tres de la mañana, el calor se hacía notar, y la humedad se me pegó al cuerpo con esa sensación pegajosa que sabía que tendría que aguantar todo el tiempo que estuviéramos en Tailandia.
Eché un vistazo a lo largo de Sukhumvit y vi un flujo constante de juerguistas a ambos lados de la calle.
Kang me guio más allá de un bar con ruedas aparcado en la acera.
Delante había cinco taburetes, dos ocupados por mujeres que le sonrieron a Kang al pasar.
A él se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
Por lo visto, una de las mujeres se lo tomó como una invitación, le agarró del brazo y tiró de él hacia ella.
Kang no parecía oponer mucha resistencia.
Debía de haberse olvidado de su novia, Sushi, o como demonios se llame la boba esa.
En fin, era demasiado bueno para dejarlo pasar.
Aflojé el paso y me quedé rezagada, dando la impresión de que no íbamos juntos. Que empiece el espectáculo .
En cuestión de segundos, ella le había rodeado el torso con las piernas, aferrándose con fuerza. No es que él se resistiera. Le cogió la mano y entrelazó los dedos con los suyos de forma juguetona. Él se rio como un crío tímido a punto de dar su primer beso. Los hombres... tan predecibles .
—¿Cómo te llamas? —preguntó ella con un marcado acento.
—Kyle —respondió él mirando al suelo, intimidado por la intensidad de su mirada.
Se había olvidado por completo de mí. Eso esperaba, al menos; desde luego yo no me habría puesto en ridículo así delante de un compañero de trabajo, pero me estoy yendo por las ramas. Volvamos al espectáculo.
En cuestión de segundos, Kang se había convertido en una marioneta dispuesta a hacer lo que esa mujer le pidiera. Constrúyeme una casa. Vale. Cómprame esa pulsera de diamantes. Vale. Llévame de viaje. Vale. Mantén a toda mi familia. Vale... Ay, Kyle, por favor, no me obligues a salvarte de esta.
Su interrogatorio infantil continuó:
—¿De dónde eres?
—San Francisco.
—¡California! —exclamó ella encantada.
—Eso es. Vaya, qué lista eres.
¿Lista? Anda ya. Eso es geografía básica.
—¿Vienes de vacaciones o por trabajo?
—Estoy aquí por trabajo.
Ella apretó el agarre.
—¿Cuánto tiempo te quedas en Tailandia?
—No estoy seguro.
Le acarició la barbilla con la mano y pestañeó coqueta.
—¿Me invitas a una copa?
—Eh, no sé...
—¿Por qué, cariño? ¿No te parezco guapa?
—No, claro que eres guapa, muy guapa.
El espectáculo mejoraba por momentos. Para entonces ya me había acomodado en un murete, encantada de que Kang hubiera insistido en salir a comer algo. Saqué el móvil y empecé a hacer fotos por si le fallaba la memoria y necesitaba que se la refrescaran.
Kang sucumbió a su petición de una copa, sin volverse ni una sola vez para comprobar si yo seguía allí.
Ella dio un sorbo al líquido de colores del vaso mientras con la otra mano jugueteaba con los botones de su camisa.
Por mucho que quisiera ver cómo acababa este espectáculo, no podía ignorar los rugidos de mi estómago.
Me levanté, dispuesta a cortar el rollo, cuando ocurrió lo inesperado.
La mujer se inclinó hacia él y su voz bajó a un barítono grave. —¿Te gustan los ladyboys?
La cara de Kang no tenía precio. Juro que forcejeó más para escapar de sus garras que unas semanas antes, cuando salíamos a duras penas de los túneles subterráneos de Chinatown.
Solté una carcajada mientras lo veía quitarse de encima aquellos brazos y zafarse de sus muslos, ahora visiblemente musculosos; el vestido se le había subido en el forcejeo.
Me lloraban los ojos. Me dolían los abdominales mientras intentaba encontrar un respiro en aquel ataque de risa incontrolable para recuperar el aliento.
Me dejé caer al suelo a cuatro patas en un espectáculo digno de un Óscar a la Mejor Interpretación de Risa.
Resoplé como un cerdo, me di palmadas en el muslo.
Diablos, creo que hasta me hice pis un poco ahí mismo en la acera.
Había perdido el control por completo, y me daba igual porque no me había reído así en... bueno, nunca.
—¡Abby! ¡Abby!
Oía las palabras que salían de su boca, pero no podía parar. Levanté la vista con los ojos vidriosos. Kang estaba plantado frente a mí, con la cara roja.
—¿En serio? —Se agachó e intentó levantarme del brazo, pero estaba muerta de risa.
Al final, me recompuse lo suficiente para ponerme de pie y alejarme del bar dando tumbos—.
Dios mío —jadeé, tratando de recuperar el aliento—.
¡Tu cara! «¿Te gustan los ladyboys?» —Me agarré a su brazo para mantener el equilibrio mientras volvía a desternillarme.
Durante la cena, me fulminaba con la mirada mientras picoteaba su calamar a la parrilla. Por lo visto, mis estallidos de risa contenida entre bocado y bocado de som tum le habían quitado el apetito.
Después de despedirnos aquella noche, me dormí entre risas. Pasara lo que pasara a partir de entonces, aquella noche había hecho que todo el viaje mereciera la pena. Y me seguiría haciendo reír durante al menos dos años más.