Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO ONCE
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CAPÍTULO ONCE

Habían pasado unos días desde que había empezado a informar a las fuerzas del orden en las ciudades que aparecían en la tabla de clasificación de Chasing Chinatown.

Acababa de terminar una teleconferencia con Interpol y la Policía Estatal Italiana en Milán.

La PEI había logrado conectar dos asesinatos ocurridos en las últimas tres semanas con el juego.

Ambas víctimas eran niños —ya de por sí perturbador—, pero cuando describieron la escena del crimen, la cosa empeoró.

Habían encontrado a un niño pequeño en el escaparate de un local comercial vacío.

Lo habían vestido de Versace y lo habían ensartado en una barra de metal para mantenerlo erguido como un maniquí.

Se me encogió el estómago mientras el inspector desgranaba los detalles.

No pude evitar pensar en mis dos hijos. ¿Qué habría hecho yo si eso le hubiera pasado a Lucy o a Ryan?

Pensé en los padres y en lo que debieron de sentir cuando se enteraron de la muerte de su hijo.

Al principio, me dieron náuseas. Luego llegó la ira.

Quería coger el siguiente vuelo a Milán y trabajar en el caso.

Quería atrapar al hijo de puta que había hecho aquello.

Quería coger una barra de metal, metérsela por el culo y preguntarle qué tal le sentaba.

Mientras echaba humo y tramaba venganza por el niño, Reilly asomó la cabeza por la puerta de la sala de conferencias.

—¿Tienes un minuto?

—Claro —dije mientras cerraba el portátil y giraba en la silla, con el rostro todavía tenso.

Se sentó frente a mí.

—¿Cómo van las sesiones informativas?

—Bien. Cuesta al principio cuando menciono el juego, pero una vez que les explico nuestro caso y la conexión con el juego, se vuelve más fácil.

Reilly juntó las manos.

—Abby, voy a encargarle a Tracy House que termine las sesiones informativas. Conoce los detalles y puede hacerse cargo.

—¿Por qué? —exigí, preguntándome qué había hecho mal. House era la agente que había iniciado la investigación que llevó a la captura de los Carlson. También era amiga mía.

—Acabo de recibir noticias de nuestro agente en Bangkok. Tú y tu amigo el detective tenéis luz verde. Te quiero allí lo antes posible. Atrapa al cabrón que está detrás de este juego, Abby.

La noticia sobre Bangkok, aunque estupenda, me había pillado desprevenida.

Mis emociones seguían revueltas por la sesión informativa de Milán.

Había estado tan concentrada en la muerte del niño italiano que había perdido de vista el panorama general: para evitar más muertes innecesarias, había que atrapar al cerebro del asunto y cerrar el juego.

Era hora de controlar mis sentimientos y volver a centrarme en mi misión.

Reilly había dado el pistoletazo de salida, y yo salí disparada.

Llamé a Kang de inmediato y le dije que teníamos luz verde.

Quería irme a Bangkok lo antes posible, lo que significaba que él tenía que dejar sus asuntos en orden.

Yo también tenía responsabilidades que resolver antes de marcharme.

Sobre todo, tenía que decirle a mi familia que debía salir de la ciudad por un caso.

Eso significaba que mi suegra, Po Po, asumiría las funciones de cabeza de familia.

No me hacía ninguna gracia esa conversación.

Lucy, mi hija pequeña, de seis años, siempre era la que peor llevaba mi ausencia.

—¿Por qué, mami? —preguntó durante la cena, más tarde aquel día. Siempre intentaba dar las malas noticias a la familia mientras comíamos. De alguna manera pensaba que la comida suavizaba el golpe, aunque no estaba segura de cuánto ayudaba.

—Hay un hombre malo en Bangkok que está haciendo daño a la gente. Mami va a ir allí para detenerlo.

—¿Cuándo vas a volver a casa?

—Todavía no lo sé, pero te llamaré todos los días, ¿vale?

—Vuelve pronto a casa, ¿vale?

Se bajó de la silla y vino hacia mí. La senté en mi regazo.

—Lo haré, cariño. Te lo prometo.

—¿Qué hizo este tipo? —Ryan se había interesado cada vez más en mi trabajo.

Compartir los detalles era algo que me costaba.

¿Ocultarle información para protegerlo, o decirle la verdad?

Cada vez más, me inclinaba por lo segundo, y no solo con él, sino con todos, aunque tendía a suavizar mis respuestas cuando Po Po y Lucy estaban presentes.

—Bueno, este tipo creó un juego que anima a los jugadores a hacer daño a otras personas.

—¿Por qué hizo eso? —Ryan había dejado el tenedor y había parado de masticar un momento.

—Bueno, es un tipo malo. Los malos hacen cosas malas.

—¿Por qué la policía de Bangkok no atrapa a este tipo? —intervino Po Po.

—Voy a trabajar con ellos.

Po Po negó con la cabeza mientras se levantaba a recoger la mesa, empezando por su plato y el de Lucy. Ryan y yo habíamos repetido, como siempre.

—Sigo sin entender por qué tienes que ir tú.

Po Po nunca dejaba de hacerme saber cuánto desaprobaba mis viajes de trabajo.

Sus comentarios lo dejaban perfectamente claro.

La responsabilidad de cuidar de Ryan y Lucy recaía por completo en ella, algo que disparaba mi sentimiento de culpa hasta el infinito.

No es que le molestara, pero como había señalado en el pasado, yo era su madre.

Había asumido esa responsabilidad cuando me casé con mi difunto esposo y adopté a los niños como propios.

—Tú decides —murmuró mientras se dirigía a la cocina.

Últimamente, había empezado a soltar esa frase cuando no le gustaba algo que yo hacía o si discrepaba de ella.

No estaba muy segura de qué quería decir con eso.

¿Estaba diciendo que el viaje había sido decisión mía?

¿Estaba insinuando que, si seguía adelante con este viaje, solo la veía como la canguro de la casa?

No era así. Habíamos tenido muchas discusiones sobre ese tema, pero mis acciones siempre acababan contradiciendo lo que decía.

Seguro que le di muchas más vueltas de las necesarias. A lo mejor ni siquiera entendía lo que había dicho, pero le gustaba cómo sonaba. Me gustaría pensar que su comentario era inocente, pero conocía a mi suegra y sus mañas pasivo-agresivas mejor de lo que a ella le gustaba admitir.

Unas horas más tarde, había acostado a los dos niños y le había dado las buenas noches a Po Po antes de retirarme a mi habitación.

Acababa de empezar mi rutina nocturna de lavarme e hidratarme la cara y cepillarme el pelo negro, que me llegaba a los hombros, cuando oí la sintonía de las noticias de la noche desde la pequeña pantalla plana de mi cuarto.

El presentador se deshacía en elogios para dar la bienvenida a una nueva presentadora.

Con la cabeza medio metida en el lavabo, no estaba prestando mucha atención a tanta fanfarria hasta que una voz familiar me llamó la atención.

Levanté la vista hacia el espejo. La mitad de mi cara seguía cubierta de una espesa pasta blanca.

Cerré el grifo y salí corriendo del baño para ver la pantalla del televisor, y que me aspen si no estaba ahí, mirándome fijamente, la temida mujer dragón: Suzi Zhang.

Su sonrisa de plástico, más ancha que el morro de un tiburón martillo, dejaba ver su hilera de carillas perfectamente pagadas.

—Gracias, Jack. Buenas noches, San Francisco.

Me hace muy feliz estar de vuelta en el Área de la Bahía y poder reunirme con mi familia aquí en KTVU.

Muchos de ustedes me recordarán de las noticias matutinas, antes de que me marchara a la soleada Orlando.

Pues bien, he vuelto, y tengo que decir que eché mucho de menos esta maravillosa ciudad y a su gente.

Mientras seguía parloteando sobre lo maravilloso que era todo, yo solo podía pensar en lo injusta que era la situación en ese momento.

Era como si esa mujer se hubiera infiltrado en cada rincón de mi vida.

Ya bastante tenía con soportar la cháchara constante de Kang sobre lo maravillosa que era, y por supuesto, con aguantar los encuentros ocasionales y nauseabundos, pero ahora además formaba parte de mi programa de noticias favorito, ese con el que me quedaba dormida casi todas las noches, arrullada por la voz tranquila y reconfortante del apuesto y distinguido Jack Archer.

Y ahora esa arpía chillona lo había arruinado todo. Tendría que buscar otro canal de noticias. No soportaba la idea de tener que verla todas las noches. Y eso me sacaba de quicio. «¿Por qué no se busca otra cadena?»

Siguió dale que te pego con su estúpido regreso, como si su vuelta hubiera sacado milagrosamente a toda el Área de la Bahía de una depresión provocada por su ausencia. «¿Acaso Orlando se hartó de ti y te dio la patada?»

Mientras volvía al baño, juro que sus ojos me siguieron. Era como si supiera que la estaba escuchando y disfrutara restregándomelo desde mi televisor.