CAPÍTULO DIEZ
Más tarde esa noche, Artie visitó la escena del crimen. Quería interrogar a la joven que había hecho el macabro descubrimiento. Era la gerente de un salón de masajes en el soi veintidós, a la salida de Sukhumvit. Esperaba que pudiera aportar algo útil a lo que ya sabía.
—Llegué temprano al trabajo el miércoles por la mañana para preparar una ofrenda a Buda —dijo ella.
—¿Y fue entonces cuando vio el plato?
—Sí. Vi un plato de comida y me pregunté quién lo habría dejado. Cuando lo miré más de cerca, me di cuenta de que era carne cruda desmenuzada. Al principio me enfadé, pensando que alguien me había gastado una broma. Pero entonces vi la sangre y supe que algo iba mal.
—¿Y fue entonces cuando llamó a la policía?
Ella asintió. Artie insistió un poco más, pero no tenía nada más que contar.
Le agradeció el tiempo y salió del local.
Se quedó de pie en la acera y miró a su alrededor.
Al otro lado de la calle estaba el Queens Park Plaza, una zona con quince o veinte bares pequeños.
También era donde trabajaban varias chicas de alterne.
Había forjado una relación de confianza con una de ellas en particular.
Lucky llevaba tres años trabajando en el bar al aire libre cerca de la entrada de la plaza y se la consideraba toda una veterana entre la constante rotación de mujeres que probaban suerte en el oficio.
Aunque la mayoría de las mujeres de la plaza habían conocido tiempos mejores, Lucky destacaba: solo treinta años, vientre plano y un inglés más que aceptable.
Artie la vio sentada en la parte delantera del bar, con la mirada atenta al ir y venir del soi. Llevaba un vestido negro con tacones a juego.
Lucky reparó en Artie casi al mismo tiempo. Sabía lo que significaba una visita del detective. Se levantó del taburete con disimulo y se acercó al extremo de la barra, lejos de oídos indiscretos.
—Hola, Lucky. ¿Cómo va el negocio?
—Tranquilo ahora. Temporada baja. Creo que el mes que viene repuntará. ¿Por qué? ¿Quieres ir short time conmigo? —se rio entre dientes y le dio un golpecito juguetón en el pecho.
—No creo que pudiera contigo —bromeó él.
Lucky bajó la voz y su sonrisa se desvaneció.
—Artie, ¿por qué me visitas? ¿Qué necesitas?
—¿Te has enterado de lo que pasó enfrente, delante del salón de masajes? —señaló con la cabeza mientras esperaba respuesta.
—Me enteré. ¿Qué clase de persona hace algo así?
—Eso es lo que intento averiguar. ¿Viste algo raro anoche?
—¿Como qué? Veo muchas cosas raras todas las noches.
—¿Viste a alguien rondando por el santuario de Buda?
Lucky miró a un lado mientras pensaba en la pregunta de Artie.
—Mira, vi a un farang observándolo anoche. Pero ¿qué tiene eso de raro? A muchos farangs les gusta mirar y sacar fotos de los pequeños santuarios de la ciudad.
—¿Puedes describirlo?
—Parecía un farang —Lucky frunció el ceño—. Un hombre blanco —continuó—. Pelo castaño. No muy alto. Complexión normal. Sin barriga.
Artie sabía que necesitaría más para hacerse siquiera una idea de a quién buscaba.
—¿Qué llevaba puesto?
Lucky lo pensó un momento.
—Vaqueros... una camisa oscura. Es todo lo que recuerdo. No estaba prestando atención. Estaba con un cliente.
Artie no estaba avanzando mucho. Las pistas eran escasas. Si Lucky no podía darle algo sustancial, el caso se enfriaría enseguida. No es una opción.
—Gracias por tu tiempo, amiga —le deslizó doscientos baht, como hacía siempre después de sus conversaciones.
Justo cuando se daba la vuelta para irse, ella lo agarró del brazo y apretó.
—Espera, recuerdo algo.
—¿Qué? Dime.
—El hombre tenía algún problema físico.
—¿Quieres decir que iba en silla de ruedas?
—No, cojeaba.