CAPÍTULO OCHO
Songwut Soppipat, conocido desde su nacimiento como Artie, serpenteaba entre la multitud de la abarrotada acera de Sukhumvit Road.
Con una multitud de carritos de comida y comerciantes ocupando la mayor parte del pavimento, los peatones quedaban relegados a un estrecho carril central donde los tailandeses se daban codazos y avanzaban a trompicones, esquivando alguna que otra motocicleta y algún perro callejero.
Las aceras de Tailandia servían de escaparate para los numerosos emprendedores que montaban y desmontaban sus negocios ambulantes en aquel codiciado espacio a diario.
Solo a los turistas les molestaba la falta de espacio para caminar.
Artie había desarrollado una rutina diaria que se esforzaba por mantener, incluso en un trabajo tan impredecible como el suyo: detective de la Policía Real Tailandesa, donde llevaba casi once años y no tenía intención de parar.
Estaba asignado a la comisaría de Thong Lo, que supervisaba el distrito de Watthana.
Esto implicaba que la comisaría se encargaba de vigilar la popular franja de Sukhumvit Road, que incluía las famosas atracciones de Nana Plaza y Soi Cowboy, además de numerosos salones de masajes.
Artie rara vez se ocupaba de los delitos menores y el desorden de esas zonas; prefería centrarse en los homicidios.
Caminaba con paso ligero, ansioso por celebrar un caso que había cerrado esa mañana.
Habían encontrado el cuerpo de una mujer dentro de una maleta grande que flotaba en uno de los muchos canales que serpenteaban por la ciudad.
Se trataba de un novio celoso que había llevado una discusión demasiado lejos.
Su destino era un diminuto carrito de comida callejera cerca de la entrada del soi treinta y ocho. Artie llevaba comiendo en aquel restaurante improvisado casi a diario desde hacía tres o cuatro años. Para él, la dueña, Pik, preparaba la mejor comida de la manzana.
— Sawadee ka —saludó la anciana al ver a lo lejos el rostro familiar de Artie.
Maniobró con su corpulenta figura alrededor del carrito de comida, que también hacía las veces de cocina, para retirar rápidamente los platos sucios de una de las cuatro mesas.
Le hizo señas a Artie para que se sentara en un taburete de plástico medio desvencijado, cuyas patas se habían desgastado al menos dos centímetros y que jamás había conocido un paño húmedo, y mucho menos desinfectante.
— Sawadee kup —respondió él con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Lo de siempre? —preguntó Pik antes de volver a su puesto detrás del carrito.
Artie asintió y cogió una botella de agua sin abrir que había sobre la mesa. Unos segundos después, uno de los ayudantes de Pik dejó una taza de metal llena de hielo junto a él. Artie vertió el agua en la taza y se la bebió de un trago antes de que pudiera enfriarse.
Cuando iba por la mitad de sus dos platos favoritos —som tum y cerdo a la parrilla—, Artie recibió la llamada, la que arruinaría su humor y su almuerzo.