Lumpini Park (Thriller del FBI de Abby Kane 4) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Ban se despertó a la mañana siguiente, sorprendida de seguir en la cama de su cliente.

Rara vez pasaba la noche, aunque le pagaran y esperaran otro polvo por la mañana.

Pero esta vez sí lo había hecho, no porque el tipo fuera simpático ni porque fuera bueno en la cama ni porque le diera pereza marcharse.

Había pasado la noche porque una cuerda le ataba firmemente las muñecas y los tobillos al marco de la cama.

¿Cómo pude ser tan descuidada? Una y otra vez repasó los acontecimientos de la noche anterior, buscando el error que estaba tan segura de no haber cometido jamás.

Ban llevaba en el negocio casi cuatro años: era una profesional experimentada.

Había aprendido de otras y de sus propios errores cómo manejar a estos hombres.

Tenía unas reglas estrictas que nunca incumplía.

Las más importantes las seguían casi todas las chicas.

Regla Uno: Nunca terminarse una copa de señorita.

Cumplía esa regla a rajatabla, daba igual cuántas copas le compraran, ni siquiera las diez que su único cliente de la noche le había pagado.

Bebió de un vaso que ella misma había cogido de manos de la anfitriona.

Imposible que estuviera adulterado. Conservaba todas sus facultades, como siempre, sin haber bebido más que unos pocos sorbos.

Regla Dos: Nunca, jamás conformarse. Ban siempre conseguía el precio que pedía. Siempre.

Regla Tres: Tomar el control de la situación. Control significaba poder, y el poder garantizaba seguridad. Siempre era ella quien decidía qué hacían y durante cuánto tiempo. Y anoche había hecho exactamente eso. Lo recordaba todo de principio a fin. Él duró treinta segundos.

Regla Cuatro: Condón. Condón. Condón.

Regla Cinco: Nunca aceptar comida ni bebida. Había hombres retorcidos que drogaban a sus citas una vez a puerta cerrada. Daba igual la sed que tuviera, daba igual el hambre, siempre había un 7/11 a un paso.

Regla Seis: Largarse en cuanto se duerman. Y siempre lo hacían justo después de vaciarse.

Pero esta vez las cosas no habían salido según lo previsto.

Ban forcejeó contra las ataduras que la inmovilizaban. Estaban bien apretadas, sin posibilidad alguna de soltarse. Recorrió el dormitorio con la mirada. La única ventana tenía unas cortinas gruesas que la cubrían, y supuso que estaría bien cerrada.

Recordó cómo él la había pillado desprevenida en el último momento, al llegar al viejo edificio de apartamentos. Ban nunca iba a esos sitios salvo con un cliente habitual.

—Lo siento, querida. Pensé que había quedado claro que vivía en Bangkok y tenía un apartamento —dijo mientras le apoyaba la mano en la parte baja de la espalda y la empujaba hacia delante.

¡Mentiroso! No tenía problema en trabajar en apartamentos con servicio o en algunos de los nuevos pisos de lujo que se habían construido en los últimos tres años, sobre todo porque los hombres que se alojaban allí estaban en Tailandia por negocios y sus empresas corrían con los gastos.

Casi todos tenían mujer e hijos en casa.

Las probabilidades de que alguno fuera un psicópata eran mínimas.

Esos edificios también tenían cámaras de vigilancia en el vestíbulo, los ascensores y los pasillos.

Había guardias de seguridad las veinticuatro horas, y en algunos tenía que dejar el carné en recepción.

Se sentía relativamente segura en esas viviendas bien equipadas.

Pero los edificios más viejos... bueno, cualquiera podía alquilarlos, y no habría forma de demostrar que Ban hubiera estado allí: las condiciones perfectas para hacer desaparecer a alguien.

Aparte de eso, lo que realmente inquietaba a Ban eran las paredes del dormitorio. Estaban forradas con planchas de espuma gris. Parecían grandes hueveras y daba la impresión de que las habían grapado toscamente a las paredes mientras ella dormía. Juraba que la noche anterior no estaban allí.

Un golpe fuerte en la puerta atrajo la atención de Ban; después, el sonido de algo duro raspando contra la madera la puso en alerta. No era un sonido rápido y repetitivo, sino lento y prolongado. Recorrió toda la puerta.

Un instante después, la puerta se abrió de golpe. Allí estaba él, su cliente. Iba desnudo salvo por un tanga blanco. El suyo. Apenas le cabía. El escroto se le desbordaba por ambos lados de la tela tirante.

Sonrió mientras cerraba la puerta tras de sí. Tenía las rodillas juntas y apoyaba el dorso de las muñecas en las caderas mientras sacaba pecho y se paseaba por la habitación con una pésima imitación de Mick Jagger.

—Hola, preciosa. ¿Has dormido bien? —preguntó.

Ban solo pensaba en cómo escapar, pero primero tenía que recuperar el control de la situación. —Me duelen los brazos —arrulló—. ¿Puedes soltarme? Quiero jugar contigo otra vez.

Era muy consciente de lo vulnerable que estaba: desnuda y atada. Intentó adoptar una pose sexy, pero con tan poca movilidad le resultó difícil. Hizo pucheros y pestañeó coqueta, pero no pareció surtir efecto en el hombre, que se había quedado embobado mirándose en el espejo de la cómoda.

—Cariño —lo llamó.

Él la ignoró, fue hacia una mesita escondida en la esquina de la habitación y encendió un estéreo portátil.

De repente la habitación se llenó de música, música rock, de la que la mayoría considera ruido.

Era fuerte, pero no tanto como para molestar a un vecino.

A Ban se le aceleró el corazón. Empezó a preocuparse.

¿Y si aquello no fuera un juego? ¿Y si no pudiera engatusarlo para salir de esta?

¿Y si hubiera cometido un terrible error al decir que sí cuando debería haber dicho que no?

Lo observó vaciar el contenido de una bolsa de papel marrón que había traído consigo: un plato y una especie de instrumento metálico cuadrado. Se dio cuenta de que era un rallador cuando él se lo enseñó.

—Desátame, cariño. Deja que me ocupe de ti —lo intentó una vez más.

Él se acercó, sonriendo pero sin responder. Se sentó en el borde de la cama, cerca de sus piernas. Dejó el plato junto a ella y señaló la espuma gris de las paredes. —Nadie te oirá.

¿Oír qué?

Lo vio posar la mano en su espinilla y agarrársela con suavidad. Se le tensó la piel de inmediato mientras intentaba apartar la pierna de un tirón.

—Shhhhhh, no tengas miedo.

Él cerró los ojos e inspiró hondo mientras deslizaba la mano hacia arriba.

La piel áspera y seca de su palma le raspaba.

Cuando llegó a la cara interna del muslo, trazó pequeños círculos con el índice.

Su contacto le provocó escalofríos por todo el cuerpo, escalofríos que más bien le daban ganas de vomitar que placer sexual.

Quería apartarse, quitarse de encima aquella zarpa violadora, pero se quedó quieta. Se preguntó, aunque solo por un segundo, si aquello sería otra de sus rarezas sexuales. ¿Acabaría pronto? Siguió fingiendo interés con la esperanza de satisfacerlo rápido y conseguir que la soltara.

Forzó otra sonrisa, pero la de él se desvaneció.

Él le agarró un puñado de carne blanda y la amasó lentamente entre los dedos.

Ella dejó escapar un gemido y meció las caderas con suavidad, mientras por dentro gritaba pidiendo ayuda.

Hizo todo lo posible por mantener la calma, temiendo que él le oyera el corazón desbocado.

Rezumaba sexualidad, pero luchaba por contener las lágrimas.

Ban rezó por tener control. Rezó por tener fuerzas para aguantar aquello.

Se repitió una y otra vez: Hazlo feliz. Haz que se corra. Vete.

Pero Ban ya no podía contenerse. Una lágrima escapó y le rodó por la mejilla. El labio inferior empezó a temblarle sin control. El corazón le latía cada vez más fuerte. Seguro que él podía oírlo por encima de la música.

«Aguanta, Ban». No podía. No era un cliente cualquiera. Había tomado el control.

Le soltó el muslo y cogió el rallador. Ella lo vio colocarlo sobre su muslo derecho.

—Nooo —dijo solo con los labios, negando con la cabeza para que quedara claro.

Los dientes del utensilio se clavaron en su piel y tiraron un poco.

—Por favor. Se lo suplico —rogó Ban una vez más, pero sus palabras cayeron en saco roto.

—Me gusta la ensalada de papaya verde. Som tum , ¿no es así como la llaman aquí? —Se pasó la lengua por el labio inferior y se lo mordió—. Esto podría doler —susurró antes de cerrar los ojos y aspirar hondo.