Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 135
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Wurzburgo, Alemania

Niklas Kaiser vivía en la zona de Zell am Main de la pequeña ciudad, a pocos minutos a pie de la planta de KBA Giori, donde llevaba trabajando veinticinco años.

Niklas era un hombre de costumbres.

Cada mañana se despertaba exactamente a las 6:10 y comía exactamente lo mismo para el Frühstück, o desayuno: cuatro huevos pasados por agua, cinco panecillos Brötchen untados con mantequilla y mermelada, tres salchichas, dos tazas de café y un litro de zumo de naranja.

Niklas pesaba ciento treinta y seis kilos.

Aquella mañana en particular, algo era diferente. No sabía qué, pero algo no encajaba.

Sentado a la mesa en bata, mientras comía, miró hacia la silla vacía del otro lado.

No pasaba un día sin que pensara en el monstruo que le había arruinado la vida cinco largos años atrás.

Todavía podía verlo sentado allí frente a él, la cicatriz que le recorría la mandíbula, la mano firme pelando una manzana con un cuchillo de hoja larga mientras hablaba alemán con acento extranjero.

Lo que aquel demonio le había obligado a hacer era impensable, atroz, absolutamente ignominioso.

Su padre había trabajado para Giori, y su abuelo también.

A Niklas le habían concedido una autorización de seguridad gubernamental de alto nivel para trabajar en aquella prestigiosa empresa bicentenaria.

Si lo pillaban, lo considerarían un traidor.

Su hija se moriría de vergüenza.

Su exmujer se encogería de hombros y diría: «No me sorprende».

Y lo atraparían, lo sabía. Lo había sabido desde el principio. Nadie se salía con la suya con algo así en KBA Giori, ni en Alemania en general.

Niklas ya había decidido que no lo cogerían vivo.

Se levantó de la silla, y el suelo de la cocina crujió bajo su peso. Apartó con cuidado la esquina de la cortina.

Se quedó allí un minuto entero, inmóvil, observando la calle en la penumbra del amanecer.

Ahora sabía qué era lo que fallaba.

No había tráfico.

Ninguno en absoluto.

A esas horas solía haber peatones de camino al trabajo y coches saliendo de la urbanización, pero no se oía el más mínimo sonido.

Entonces algo se movió en el jardín delantero y le llamó la atención.

Dos figuras vestidas de negro rodearon el seto a toda prisa y avanzaron sigilosamente hacia la puerta principal.

Niklas llevaba tanto tiempo esperando aquel momento que casi sintió alivio.

Empezó a subir las escaleras con calma, encajando a duras penas en el estrecho tramo que llevaba al ático.

Alemania tenía las leyes de control de armas más estrictas del mundo. Pero escondida en su ático, en un viejo baúl de su padre, había una Luger antigua de la Segunda Guerra Mundial.

Fuera, tres agentes armados del Bundeskriminalamt, la Oficina Federal de Policía Criminal, se acercaron sigilosamente al porche de Niklas Kaiser y se apostaron junto a la puerta principal.

Otros dos hombres vigilaban la puerta trasera desde detrás de la casa.

Habían cortado el tráfico en toda la calle.

No tenían ni idea de a quién se enfrentaban.

El agente al mando llamó a la puerta.

—¿Herr Kaiser? Somos la Polizei. Tenemos que hablar con usted.

No hubo respuesta.

—Herr Kaiser, abra la puerta, por favor. Tenemos que hablar con usted, ¡es muy importante!

Siguió sin haber respuesta.

Uno de los hombres llevaba un ariete, y el agente al mando le hizo una señal con la cabeza.

Retrocedió mientras los otros dos agentes empuñaban sus pistolas, listos para disparar, y descargó el pesado artefacto contra la puerta.

La madera cedió con un estruendo y la puerta se abrió de golpe, pero pareció sonar un segundo estruendo dentro de la casa justo después, casi como un eco.

Todos llevaban chalecos antibalas y cascos. Avanzaron con cautela: uno revisó el salón, otro se dirigió a la cocina y el tercero subió las escaleras.

—¡Verdammit! —gritó el que llegó al ático—. ¡Kommt hierher!

Los otros dos agentes subieron las escaleras a toda prisa.

El hombre enorme yacía desparramado en el suelo en bata, como una ballena varada, con el cañón de la Luger todavía en la boca.