129
Nick y Luna escudriñaban el mapa que mostraba todas las villas de alquiler que ella y Elaine habían investigado en el sur de Francia. Había círculos rojos alrededor de aquellas cuyos propietarios o agentes no habían conseguido localizar.
Unas seis de estas villas se encontraban dentro de un semicírculo de veinte kilómetros que Nick había trazado en el lado este del río Ardèche. Nick coincidía en que Cattoretti probablemente había alquilado una casa; ninguna otra opción tenía sentido para mantener a alguien secuestrado en secreto.
—¿Has probado todos los contactos posibles de estas propiedades? —preguntó Nick—. Correo electrónico, teléfono fijo, agencias...
—Sí —dijo Luna—. La mayoría las gestionan los propios dueños.
Nick recorrió el semicírculo con el dedo, pensativo. El reloj GPS que le había dado a Elaine había dejado de funcionar sin duda: su portátil ya no mostraba su posición junto a la orilla del río. Cabía la posibilidad de que se secara y volviera a transmitir señal, pero era remota.
—No nos queda otra que comprobar todas estas propiedades una por una, en persona —le dijo a Luna—. No quedan tantas; podemos repartírnoslas y revisarlas por separado.
Sacó el móvil y llamó a Zack. Los dos mercenarios seguían en el aeropuerto de Marsella, haciendo tiempo con el piloto del helicóptero a la espera de instrucciones.
Que Nick supiera, ni ellos ni el piloto conocían la situación, salvo que el «terrorista» había sido visto en la zona de Marsella y que Nick y otros agentes intentaban localizarlo.
Ahora bien, no sabía qué les habría contado Raj al contratarlos.
Zack no cogía el teléfono. Nick había decidido hablar con él en lugar de con Andrey, ya que el británico hablaba mejor inglés que el ruso. Más o menos. Se preguntó si estarían en algún bar del aeropuerto, ya borrachos.
Por fin se oyó un clic al otro lado de la línea.
—Zack al habla.
Sonaba razonablemente sobrio.
—Nos estamos acercando a nuestro hombre —dijo Nick—. Parece que está en la zona de la Reserva Nacional del Ardèche.
—Ni idea de dónde es eso, bruva.
—Saca el mapa y busca un pueblo llamado Pont-Saint-Esprit. Está al norte de Aviñón, que queda al norte de Marsella...
Nick oía el crujido de papeles. También se oía música bailable de fondo.
—Lo tengo —dijo Zack.
—¿Está el piloto contigo? ¿Y Andrey?
—Aiii, están los dos conmigo, tío, el ruso y el piloto del helicóptero.
—Bien. Dile al pilo... dile al piloto que os lleve hasta Pont-Saint-Esprit y que busque un campo apartado donde aterrizar, y que luego esperen instrucciones. ¿Entendido?
—Aterrizar en Pont-Saint-Esprit en un sitio apartado y esperar instrucciones. ¿Todo bien, bruva?
Nick suspiró.
—Afirmativo, Zack. Avísame en cuanto aterricéis.