Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 128 #2
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—¿Tienes frío? —preguntó, poniendo la calefacción al máximo.

—Estoy bien —dijo Elaine, aunque aún tenía el pelo de la nuca algo húmedo.

—Perdona por la ventanilla. No sube.

Se preguntó qué habría pasado. Al subir al coche, había visto trozos de cristal esparcidos por el suelo.

Cattoretti dio un par de curvas más por el campo y empezó a subir una colina.

El sol se estaba poniendo, oculto por otra colina al oeste que ella supuso que sería la cima de uno de los desfiladeros del río.

Aminoró la marcha y giró por el largo camino de entrada de lo que parecía una casa grande.

Había alcanzado a ver un cartel que decía VILLA EN ALQUILER en inglés y francés.

Elaine se preguntó cómo demonios ella y Luna lo habían pasado por alto.

Quizás simplemente no estaba anunciada en internet o era una de las pocas cuyo propietario no habían podido localizar.

—Bienvenida a mi nuevo hogar —dijo Cattoretti con orgullo—. Temporal, por supuesto.

Salió y rodeó el coche para abrirle la puerta, pero ella se le adelantó y bajó sola.

Él intentó tomarle la mano, pero ella la apartó.

—¿Dónde está Tony?

—Dentro, sano y salvo.

Elaine no se movió.

—No te preocupes, no voy a hacerte daño, y Tony está bien. Tienes mi palabra.

Elaine supuso que su palabra era lo único en lo que podía confiar en ese momento, así que lo siguió a regañadientes por el camino. Cattoretti sacó una llave y abrió la puerta principal.

—He pensado que podríamos cenar junto a la piscina —dijo, señalando hacia los grandes ventanales del salón que daban a un patio—. La vista es fantástica, y hay calefactores de gas...

—¿Dónde está Tony? —repitió Elaine, esta vez con abierta sospecha.

—En su habitación —Cattoretti señaló con elegancia hacia el patio—. Ven a sentarte fuera y voy a buscarlo. Por desgracia, tuve que dejarlo encerrado mientras iba a recogerte. Seguro que lo entiendes.

Elaine dejó que Cattoretti la condujera afuera, sintiéndose más segura allí. Cerca de la piscina, una mesa de cristal estaba elegantemente dispuesta para dos, con servilletas de tela amarillas y dos velas amarillas a juego.

Cattoretti le retiró la silla y ella se sentó de cara a la piscina, de espaldas a la villa.

Las luces de la piscina estaban encendidas y emitían tonos azulados.

La piscina estaba diseñada de modo que el lado más alejado parecía precipitarse hacia las colinas del fondo.

En el cielo, una espectacular puesta de sol con tonos de arcoíris empezaba a formarse.

—Encantador, ¿eh? —dijo Giorgio. Encendió las velas con estilo y luego alargó el brazo para encender dos altos calefactores de gas sobre soportes a cada lado de la mesa—. Voy a buscar a Tony.

Cuando se alejó, Elaine miró por encima del hombro y lo vio entrar en la villa. No le gustaba estar sentada de espaldas a la casa.

Asegurándose de que él no pudiera verla, Elaine se llevó el reloj al oído para comprobar si funcionaba, pero seguía sin oír nada. Miró la esfera: marcaba la misma hora que cuando cruzó el río a nado, alrededor de las 5:20.

Era evidente que se había parado, y con una sensación de impotencia, Elaine supuso que la función GPS tampoco funcionaría ya.

Miró la mesa y notó que, aunque había platos y copas de vino y agua, no había cubiertos: ni cuchillos, ni tenedores, ni cucharas.

Giorgio no corría riesgos. Elaine sabía que iba armado.

Cuando salió del Clio, lo había visto sacar con disimulo una pistola de debajo del asiento y guardársela en el bolsillo.

Pensó que era una Sig del Servicio Secreto como la suya, una que debía de haberle quitado a uno de los agentes que vigilaban la casa cuando secuestró a Tony.

Elaine esperó impaciente, contemplando la puesta de sol. Al cabo de un momento, empezó a sonar una suave música de ópera desde unos altavoces cercanos.

Oyó abrirse una puerta y se dio la vuelta. Tony había salido por una puerta junto a la cocina. Llevaba un delantal blanco y tenía el rostro demacrado. Cattoretti caminaba detrás de él con una botella de vino.

Elaine se levantó de un salto y corrió hacia Tony.

Él fue a su encuentro y la estrechó entre sus brazos.

—Gracias a Dios que estás bien —dijo ella, abrazándolo, sin querer soltarlo.

—No debería haber venido —le susurró él al oído—. ¿Por qué, Signora?

—Ya basta —dijo Cattoretti, apartándolo.

Entonces Elaine se fijó en que Tony tenía los dedos vendados.

—¿Qué te ha pasado en las manos? —preguntó Elaine, y entonces reparó en que el lado izquierdo de su rostro parecía ligeramente amoratado. Fulminó a Cattoretti con la mirada y volvió a mirar a Tony—. ¿Te ha hecho daño?

—Tony y yo hemos tenido un altercado hoy —dijo Cattoretti, encogiéndose de hombros—. Todo ha sido culpa de Tony. ¿No es así?

—No lo sé —murmuró Tony—. Puede ser.

Giorgio dio una palmada.

—No nos quedemos en el pasado...

—Suéltalo —dijo Elaine.

—¿Cómo dices?

—Suéltalo. Ahora. Has conseguido lo que querías: estoy aquí. Ya no hay razón para retenerlo.

Cattoretti soltó una risita.

—Por favor, no insultes mi inteligencia, Elaine. En cuanto salga de aquí, encontrará la manera de contactar con tu gente. Además, no ha terminado de preparar nuestra cena.

Cattoretti volvió a retirarle la silla a Elaine.

—Por favor, siéntate mientras Tony sirve el vino.