Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 128
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El agua no estaba tan fría como Elaine temía, posiblemente porque estaba sometida a tanta tensión. La corriente era muy fuerte. Para cuando llegó a la mitad del río, había sido arrastrada más de la mitad del camino hacia los segundos rápidos.

Nadó con más fuerza, al principio a braza para no mojarse el pelo, pero luego pasó a un crol americano enérgico, o su versión de él, sacando la cabeza del agua todo lo posible.

Jadeó cuando su pie rozó algo con tentáculos viscosos, pero enseguida se dio cuenta de que solo era una rama del árbol que debía usar para llegar a la orilla.

Se acercaba rápidamente al tronco del árbol caído.

Se impulsó hacia delante pataleando, agarró un puñado de ramas empapadas y se arrastró hacia la orilla, mano sobre mano, hasta ponerse de pie con las piernas temblorosas.

Con el barro hasta los tobillos, avanzó vadeando hasta que pudo trepar a unas rocas planas. Volvió a meter los pies en el agua, uno a uno, y los sacudió bien hasta dejarlos limpios. Odiaba estar sucia, sobre todo de barro.

Se abrazó a sí misma, temblando, y miró a su alrededor, casi esperando ver a Cattoretti allí de pie, aguardándola, pero solo había árboles, matorrales y rocas.

Cayó en la cuenta de que probablemente había estado observando desde lo alto del desfiladero, desde donde tendría buena vista de la zona, y que tardaría un par de minutos en bajar.

Divisó la roca que él había señalado, se dirigió rápidamente hacia ella y encontró la bolsa de basura justo detrás.

La bolsa estaba llena de ropa cuidadosamente doblada, apilada sobre una gran toalla blanca y esponjosa.

La sacó enseguida y se secó los brazos, las piernas y el torso. Luego se envolvió en ella.

Tenía que admitir que el agua fría y vigorizante la había dejado fresca. Y, de repente, con la mente sorprendentemente despejada.

Echó un vistazo a la ropa de la bolsa...

Prada. Fendi. Levante. Valentino. Las mismas marcas de diseñador que Cattoretti le había dado cuando llegó a su castillo en Italia. Era un conjunto completo a juego: bragas, sujetador, medias de liga y zapatos.

De hecho, parecía exactamente el mismo vestido. Lo recordaba bien: negro, de manga corta, con cuello redondo, de cachemira y seda.

Lo examinó más de cerca. No, no era el mismo vestido, pero casi.

Volvió a mirar a su alrededor y, sujetando la toalla como pudo, se quitó la ropa interior mojada y se puso el conjunto nuevo. Después se pasó el vestido por la cabeza y se lo alisó sobre el cuerpo, aún ligeramente húmedo.

«No voy a ponerme esas medias», pensó, pero luego sintió la piel de gallina en las piernas y recordó que era finales de noviembre y que haría bastante frío en cuanto se pusiera el sol. Cambió de opinión y, apoyada torpemente contra la roca, se las puso.

—¡Magnifico! —dijo una voz profunda justo cuando terminó.

Se volvió hacia el bosque. Cattoretti estaba allí de pie, observándola con su único ojo bueno, el parche negro sobre el otro, con una sonrisa en los labios.

—¡Eso sí que es una mujer!

El saludo desconcertó un poco a Elaine.

Él se acercó con aire sereno y confiado. Llevaba una elegante chaqueta sport, pantalones y mocasines: parecía recién salido de un club nocturno de lujo.

Le tendió la mano.

—Vamos, rápido, tenemos que salir de aquí.

Apenas tuvo tiempo de ponerse las bailarinas Valentino de la bolsa —los primeros pasos los dio a la pata coja— antes de que él la guiara sendero arriba por un camino empinado y rocoso.

Elaine miró por encima del hombro hacia el río, que iba desapareciendo de la vista.

De algún modo, ya había sucumbido un poco al hechizo carismático que él ejercía sobre todos los que lo rodeaban...

Era como si el río no solo hubiera sido una barrera física que la aislaba de quienes podían ayudarla, sino también una puerta de entrada a su mundo.

Momentos después, Elaine se encontró en la parte trasera de una moto de cross, agarrada a Cattoretti, aferrada como si le fuera la vida en ello mientras él conducía agresivamente ladera arriba por el desfiladero.

Las rocas y la tierra salían volando por todas partes y el motor gemía bajo el peso de ambos.

A veces parecía que subían en vertical por la montaña.

Elaine tuvo que cerrar los ojos cuando atravesaron el interior de un barranco profundo y saltaron por encima del borde, despegándose del suelo un segundo para volver a caer con tanta fuerza que le castañetearon los dientes.

Giró bruscamente a la izquierda y volaron por un canal rocoso que parecía haberse formado tras años y años de riadas... y de pronto se encontraron en un camino de tierra razonablemente liso que atravesaba matorrales y árboles dispersos.

De repente aminoraron la marcha cuando Cattoretti giró a la derecha por otro camino que se adentraba en una zona de matorrales más densos. Entraron en un grupo de árboles y finalmente se detuvieron.

Frente a ellos, oculto entre los arbustos, había un pequeño Renault Clio blanco.

Se bajaron de la moto y Cattoretti la empujó hacia los matorrales. Mientras tanto, Elaine echó un vistazo rápido al reloj. No tenía segundero, así que no podía saber si aún funcionaba. Se lo acercó brevemente al oído, pero no oyó el tictac.

Bajó el brazo justo cuando Cattoretti se volvió hacia ella y se acercó al coche para abrirle la puerta del copiloto.

—Debería haber alquilado una limusina para la ocasión —dijo—, pero, por desgracia, dadas las circunstancias...

Elaine lo miró un momento y subió resignada. Olía a su loción de afeitado.

«Soy agente del Servicio Secreto», se dijo, «y estoy aquí para rescatar a Tony».

Y entonces se preguntó por qué sentía la necesidad de recordárselo.

Momentos antes, Luna había entrado en el aparcamiento donde estaba el Suburban de Elaine.

Se había detenido en el desvío principal y había intentado llamar a Elaine, pero le había saltado un mensaje en francés: «El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura».

El rastreador GPS mostraba que Elaine se había detenido en el aparcamiento junto al río.

Luna había llamado entonces a Nick, que casi la había alcanzado, y él le había dicho que siguiera adelante e investigara, pero que tuviera mucho cuidado y procurara no delatarse.

Con la pistola desenfundada, Luna entró en el aparcamiento, miró a su alrededor y aparcó junto al Suburban de Elaine.

Abrió la puerta y se quedó inmóvil, a la escucha.

En algún lugar cercano oyó lo que parecía el rugido de un motor de moto. Aguzó el oído, pero los rápidos hacían tanto ruido que había una capa de ruido blanco que lo cubría todo.

Para cuando salió del coche, el sonido de la moto había cesado. No había dado dos pasos cuando divisó el móvil destrozado junto a la puerta del conductor de Elaine.

—Maldita sea —murmuró entre dientes. Pero no había ni rastro de Elaine por ninguna parte, ni otros coches, nada más que un aparcamiento vacío y un contenedor de basura. Estuvo tentada de gritar «¿Elaine?» para hacerse oír sobre el estruendo, pero claro, podía delatarse.

Luna caminó con cautela por la orilla, río abajo, mirando el agua y el desfiladero del otro lado mientras se preguntaba si la motocicleta habría venido de allí.

Entonces el sendero se volvió escarpado e intransitable.

Dio media vuelta, pasó de nuevo junto al aparcamiento y avanzó un poco río arriba.

Pronto divisó algo oscuro en la hierba, en lo alto de la ribera.

Ropa...

Al acercarse, vio la chaqueta azul marino de Elaine... su falda a juego... su blusa blanca, sus zapatos... y su funda de hombro vacía. Todas las prendas estaban tiradas de cualquier manera en la hierba, como si Elaine se hubiera desnudado sin más y las hubiera dejado caer allí.

Luna miró con inquietud al otro lado del río.

¿Cattoretti la habría obligado a cruzar a nado? La motocicleta que había oído podría haber venido de esa dirección.

Mientras lo pensaba, se dio cuenta de que la estrategia tenía mucho sentido.

El río formaba una barrera natural, imposible de cruzar en un vehículo con ruedas, y no había puentes por ninguna parte; lo había visto en el mapa.

Y si Cattoretti la obligaba a desnudarse y cruzar nadando, inutilizaría cualquier dispositivo electrónico que llevara encima.

¡El reloj GPS!

Luna se agachó y levantó con cuidado cada prenda, procurando no alterar su posición, revisando la hierba y el suelo debajo, y el interior de los zapatos.

El reloj no estaba.

Luna se incorporó de golpe al oír el motor de un coche y apuntó con la pistola hacia el aparcamiento. En ese mismo instante, el móvil empezó a vibrarle. Lo sacó de la chaqueta y miró la pantalla.

Era Nick.

—Acabo de llegar al aparcamiento —dijo—. ¿Has encontrado a Elaine?

Luna tragó saliva, mirando la ropa amontonada en la hierba.

—A menos que el reloj de rastreo GPS que le diste fuera sumergible, puede que la hayamos perdido.

Nick estaba de pie en el lado opuesto del río, chorreando, vestido solo con los bóxer.

Era mejor nadador que Elaine, y había cruzado el frío canal a propósito a un ritmo que calculó similar al de ella.

Para cuando llegó al otro lado, la corriente lo había arrastrado hasta un árbol caído que usó para izarse a la orilla.

Moviéndose entre las rocas planas, Nick no tardó en encontrar una toalla blanca, unas bragas y un sujetador. Estaba casi seguro de que eran de Elaine.

Se acercó la toalla húmeda a la nariz e inhaló. Ahora estaba completamente seguro de que su esposa había estado allí mismo hacía apenas unos instantes...

Alzó la vista hacia el desfiladero rocoso, sintiendo una mezcla salvaje de miedo y celos. ¿Cattoretti se la habría llevado completamente desnuda en la parte trasera de la moto?

Apartó aquel pensamiento repugnante, recordándose que debía mantenerse objetivo y racional, como si fuera una operación de extracción.

Nick se dio la vuelta y saludó a Luna agitando la mano hacia el otro lado del río, luego levantó la toalla y la ropa interior para que ella las viera.

Pero no pudo evitar pensar: «Dios mío, Elaine. ¿En qué te has metido ahora?».

Giorgio Cattoretti conducía el Clio a un ritmo más relajado que la moto de cross, con el viento entrando por la ventanilla abierta.