Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 126
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Elaine empezaba a preocuparse. Llevaba más de una hora y media conduciendo por la A7, respetando el límite de velocidad casi todo el tiempo, y no había sabido nada de Giorgio Cattoretti. Acababa de dejar atrás Aviñón.

Nick había llamado desde el aeropuerto de Marsella y habían discutido un poco.

Él quería coger el helicóptero y darle alcance, pero ella se lo prohibió y le dijo que se quedara a la espera de más instrucciones.

Temía que Cattoretti detectara de algún modo la aeronave, como había hecho en Moscú, y que a Nick le ocurriera algo terrible.

—Vale, ¿y si alquilo un coche y sigo a Luna? Mis dos hombres pueden quedarse aquí con el helicóptero en espera.

Elaine había accedido: a Nick le llevaría un rato alcanzar a Luna, pero conduciendo como conducía, no tardaría demasiado.

Elaine condujo cinco minutos más y por fin sonó el teléfono desechable.

Sacó el móvil de inmediato y llamó a Luna.

—Está sonando —dijo.

—Vale, estamos en ello.

Elaine respiró hondo y contestó el otro teléfono.

—¿Sí? —dijo sin entonación.

—A estas alturas deberías estar cerca de Bollène.

Elaine miró el mapa.

—Sí...

—Cuando llegues allí, dirígete al oeste por la D994, hacia Pont-Saint-Esprit.

—De acuerdo, pero quiero hablar con Tony y asegurarme de que está bien.

—Bien. Te lo paso.

A Elaine le sorprendió que Cattoretti fuera tan complaciente. Se oyó un sonido amortiguado: le estaba diciendo algo a otra persona, seguramente a Tony.

—Signora, ¡no venga aquí! —gritó Tony al teléfono—. ¡La engañará!

Se oyó otro ruido amortiguado y Cattoretti volvió a ponerse.

—¿Por qué has dicho eso, Tony? —preguntó irritado.

Silencio, solo un crepitar de fondo.

—Ha tenido un mal día, Elaine. Nos está preparando una cena deliciosa mientras hablamos. ¿Verdad, Tony...?

No hubo respuesta, solo el sonido crepitante.

—Se está poniendo difícil, ya sabes cómo es. Los dos tenemos ganas de verte pronto.

—Yo...

—Cuando entres en el primer túnel de la D994, para en el arcén a mitad de camino y quédate allí diez minutos, luego sigue. Después, cuando llegues a Pont-Saint-Esprit, gira al norte por la D86.

—Pero...

La línea se cortó.

Un momento después sonó el móvil de Elaine.

—Aún no ha sido tiempo suficiente —dijo Luna—. Ha llamado desde otro teléfono, así que hemos perdido unos segundos.

Elaine le contó las instrucciones y lo de tener que pararse en medio del túnel.

—Sí, allí no hay cobertura de radio —dijo Luna—. Seguramente esté en algún sitio cerca del túnel, vigilando el cielo con prismáticos por si aparece un helicóptero o un dron, que tendría que dar vueltas y esperar hasta que salieras.

Elaine se alegró de haber impedido que Nick cogiera el helicóptero.

—¿Qué quieres que haga, cielo?

—Sigue detrás de mí. Mantén la misma distancia y para cuando entre en el túnel.

—Entendido.

Elaine se detuvo dentro del túnel y esperó los diez minutos indicados. El tiempo pasaba despacio mientras los coches la adelantaban. El túnel apestaba a gases de escape: esperaba no intoxicarse con el monóxido de carbono, aunque había enormes ventiladores en el techo.

Aliviada de salir de allí, arrancó el motor y enseguida volvió a ver el sol. Cuando llegó al pueblo de Pont-Saint-Esprit vio la señal de la D86 y tomó esa dirección.

Cayó en la cuenta de que ya había estado allí, cuando Nick y ella habían hecho una acampada y bajado en canoa los rápidos del río Ardèche. Al mirar el mapa, vio que en unos pocos kilómetros entraría en la Reserva Natural del Ardèche, donde estaban los famosos y espectaculares desfiladeros.

El teléfono desechable sonó de nuevo.

—Gira a la izquierda en la D290 y conduce hacia la reserva —dijo Cattoretti.

La línea se cortó.

Cuando Giorgio colgó, tiró el teléfono al suelo de la cocina de la villa, lo aplastó con el pie, recogió los pedazos y los echó en un vaso alto de agua que había sobre la mesa. Había cuatro vasos idénticos en fila, con teléfonos desechables destrozados sumergidos en tres de ellos.

Giorgio se recostó en la silla del comedor mientras fumaba su puro y observaba a Tony cocinar. No iba a quitarle el ojo de encima al pequeño traidor esa tarde, no después de lo que había pasado.

Miró el gran mapa desplegado frente a él, cubierto de marcas en X y anotaciones. Consultó el reloj e hizo algunos cálculos más.

—¿Ya casi terminas? —le preguntó a Tony con impaciencia.

—Si, Signore. En cuanto el vincisgrassi esté listo, puedo guardar todo y hacer el resto cuando... cuando llegue la Signora.

—Bien.

Giorgio dio otra calada a su puro y, con la vista en el último vaso de agua vacío sobre la mesa, abrió el paquete de otro teléfono desechable.

Solo una llamada más, pensó, y Elaine será mía.