122
Giorgio Cattoretti regresó a la villa en Ardèche justo antes del mediodía, cargado de bolsas de la compra. Había pasado toda la mañana de tiendas por el pueblo de Vallon-Pont-d'Arc, ultimando los preparativos para la visita de Elaine.
Mientras subía por la acera, entrecerró los ojos bajo el sol del mediodía; el tiempo era inmejorable, la temperatura rondaba los veinte grados y no había ni una nube en el cielo. Sería una velada maravillosa y romántica.
Tras dejar todas las bolsas en la encimera de la cocina, bajó a sacar a Tony del sótano.
Ni siquiera la visión del flacucho traidor, sentado en el suelo de hormigón con las manos atadas a la tubería del agua, logró alterarlo; estaba de un humor excelente.
—Me muero de hambre —dijo mientras le quitaba los grilletes a Tony—. Quiero que me hagas lasaña para comer.
—Sì —murmuró Tony mientras se levantaba; le crujieron las rodillas por la postura incómoda en la que había estado. Giorgio no sintió la menor compasión por él.
Una vez arriba, cuando Tony empezó a colocar la compra, Giorgio dijo:
—Para esta noche, quiero que cocines exactamente los mismos platos que preparaste la primera noche que Elaine estuvo en Fontanella. ¿Te acuerdas?
Tony pensó un momento, con la puerta del frigorífico abierta.
—Gnocchi con trufa, porchetta, vincisgrassi... ¿y spiedini?
Giorgio sonrió.
—Exacto. Pero hoy tienes que darte prisa, tenerlo casi todo listo antes de las cuatro y media. Tengo que salir a recogerla y mientras tanto tendrás que quedarte en el sótano.
Tony suspiró.
—Vale.
—Ahora creo que me daré un chapuzón.
Giorgio dio un paso hacia el patio, pero se volvió hacia Tony.
—Sobre la cena de esta noche...
—¿Sì?
Giorgio miró a Tony a los ojos.
—Quiero que la prepares como si fuera la última.
Dos horas más tarde, Giorgio estaba sentado en el patio junto a la piscina, devorando la lasaña, que estaba deliciosa, y acompañándola con Perrier y lima; quería mantener la cabeza despejada.
Cuando terminó, estaba tan lleno que temió una indigestión. Ya notaba la presión en el esternón y los primeros síntomas.
Sacó un puro cubano de 200 euros que había comprado esa mañana y lo encendió; fumar un buen puro siempre le sentaba bien para la digestión.
Giorgio se quedó allí junto a la piscina, fumando despacio, relajándose y disfrutando del sol. El Gato sonrió para sus adentros mientras imaginaba a Elaine sentada frente a él esa noche, radiante y hermosa, y pensaba en las cosas que le diría.
Al cabo de unos minutos, Tony salió tranquilamente a recoger los platos, lo que sacó a Giorgio de su agradable ensoñación.
—¿Y qué tal la lasaña, Signore?
—Fantástica, como siempre.
Tony pareció satisfecho.
—¿Preparada justo como le gusta?
—Sì. Perfecta.
Giorgio notó que el humor de Tony parecía de pronto tan radiante como el día.
«Quizá esté tan contento de ver a Elaine esta noche como yo», pensó.
—¿Estaban bien las especias? —insistió Tony—. ¿El orégano, la albahaca y el perejil en las proporciones correctas?
—Bueno... sì.
Ahora Giorgio empezaba a recelar.
—¿A qué vienen tantas preguntas?
—¿No notó nada raro, Signore?
Cattoretti se incorporó en la silla, alarmado.
—No, ¿por qué?
Tony se encogió de hombros y sacó algo del bolsillo del delantal. Era una pequeña caja de cartón vacía y aplastada. La levantó y se la mostró a Giorgio con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Porque he puesto esto en la lasaña, la caja entera!
Giorgio leyó la etiqueta en francés.
MORT AUX RATS
¡Veneno para ratas!
—¿Que qué? —jadeó, y se puso de pie tan bruscamente que volcó la silla hacia atrás.
Tony se quedó allí plantado, sonriendo.
Giorgio retrocedió tambaleándose, agarrándose el estómago hinchado; ¡se había comido toda la fuente de lasaña, hasta el último bocado!
Dio un paso hacia Tony.
—¡Más te vale llegar rápido a un hospital o te mueres! —dijo Tony mientras retrocedía.
Todo tipo de pensamientos cruzaron la mente aterrorizada de Giorgio. Hospital, médico, lavado de estómago, antídoto.
Había una clínica en Vallon-Pont-d'Arc; la había visto esa mañana.
Giorgio se volvió y dio dos pasos vacilantes hacia la cocina, luego miró atrás: Tony seguía allí de pie junto a la piscina, observándolo. Volvió corriendo y lo agarró del brazo.
—¡Baja al sótano de una puta vez! —dijo, empujando a Tony bruscamente hacia la casa mientras se sujetaba el estómago dolorido con la otra mano.
¿Cuánto tardaría en desmayarse o en tener convulsiones?
Estaba absolutamente aterrorizado, pero si sobrevivía, no iba a dejar que aquella asquerosa alimaña se saliera con la suya.
Cattoretti empujó a Tony escaleras abajo. El hombre flacucho tropezó en los peldaños y cayó de lado sobre el sucio suelo de hormigón.
—¡Voy a matarte cuando vuelva! —gritó Giorgio. Agarró a Tony por las muñecas, lo arrastró hasta la tubería del agua, sacó las esposas del bolsillo y se las puso.
Giorgio bajó a toda velocidad por la carretera rural que conducía a Vallon-Pont-d'Arc, con el acelerador a fondo, exprimiendo el pequeño Renault Clio al máximo. Estaba empapado en sudor. Cuando se miró en el espejo, le pareció que tenía la cara más blanca que la pintura del coche.
Sentía que el estómago le iba a explotar.
Dio un frenazo y el Clio derrapó hasta detenerse.
Abrió la puerta de golpe y salió tambaleándose hacia la cuneta.
Se agachó y se metió el dedo en la garganta, intentando vomitar...
pero no salía nada. Solo había vomitado un par de veces en su vida, y nunca había sido capaz de hacerlo a voluntad.
Atragantándose con los dedos, finalmente logró expulsar unos trozos de lasaña, pero después nada más.
«Se me ha cerrado el esófago por el veneno», pensó, y el pánico se apoderó de él.
Casi podía ver las sustancias tóxicas vertiéndose en su torrente sanguíneo.
¡Probablemente solo le quedaban unos minutos de vida!
Por suerte, había tenido la presencia de ánimo de llevarse la caja vacía del veneno, y había vislumbrado la palabra ARSÉNICO: ese era el ingrediente principal.
Volvió a saltar al coche y pisó el acelerador a fondo, haciendo chirriar los neumáticos.
Voló por la carretera con el sudor corriéndole por los ojos, tomando las curvas tan rápido como podía sin salirse del arcén.
Al acercarse a Vallon-Pont-d'Arc se saltó un semáforo en rojo a toda velocidad, casi rozando una camioneta que circulaba despacio, ajeno a otro coche que había derrapado para evitarlo.
Mientras atravesaba el pueblo a toda velocidad, casi atropelló a una anciana que cruzaba la calle. Su mente iba a mil por hora intentando recordar exactamente dónde había visto la clínica. Derrapó hasta detenerse cuando pasó una calle lateral y vislumbró la entrada principal.
Metió la marcha atrás y retrocedió hacia un coche que se aproximaba; la conductora parecía asustada y confundida.
—¡Apártate de mi camino! —le gritó, y giró el volante a la derecha. El coche coleó al esquivarla y raspó el lateral contra un muro de piedra al otro lado de la calle.
Hubo más bocinazos mientras metía primera y recorría a toda velocidad la corta distancia hasta el aparcamiento de la clínica.
Giorgio derrapó hasta detenerse junto a una ambulancia polvorienta y salió del coche de un salto, sin molestarse siquiera en cerrar la puerta.
Solo dio dos pasos frenéticos antes de darse cuenta de que llevaba la pistola en el bolsillo de la chaqueta, así que retrocedió, la tiró dentro del coche, echó el seguro y cerró de un portazo.
Treinta segundos después irrumpió en una pequeña sala de urgencias: había una docena de personas sentadas en sillas, un par de ellas con escayolas y otra en silla de ruedas.
Unas cuantas personas hacían cola frente a una ventanilla de recepción con una enfermera de aspecto aburrido sentada detrás. Estaba ayudando a un anciano a rellenar un formulario mientras otras dos enfermeras charlaban tranquilamente a su espalda.
Giorgio apartó de un empujón al anciano que estaba al frente de la cola.
—¡Me han envenenado! —jadeó, golpeando la ventanilla para llamar la atención de la enfermera.
Ella levantó la vista y frunció el ceño.
Se dio cuenta de que había hablado en italiano, y aquello era Francia.
—¡Me han envenenado! —dijo en inglés, llevándose las manos al cuello dramáticamente para asegurarse de que lo entendiera.
Ella le entregó tranquilamente un papel.
—S'il vous plaît remplir le formulaire.
Señaló el final de la cola.
—¿Qué? —dijo incrédulo. Se esforzó por encontrar las palabras en francés—. Je—je l'ai été...empoisonné!
Ella negó con la cabeza, molesta, y miró su chaqueta Armani.
—¿No lo entiende? —dijo, volviendo al inglés—. ¡Me han envenenado, maldita sea!
Empezó a golpear el cristal para llamar la atención de las otras dos enfermeras, pero ellas solo lo miraban como si fuera un loco de la calle.
—Idiotas, he comido veneno para ratas, ¡una caja entera! ¿Van a quedarse ahí paradas como robots y dejarme morir?
El alboroto había llamado la atención de un médico al fondo del mostrador de enfermería, un hombre alto con una barba gris bien recortada y un estetoscopio alrededor del cuello.
«Gracias a Dios», pensó Giorgio, mientras el hombre se dirigía hacia una puerta que daba a la sala de espera.
—Quel est votre problème? —preguntó irritado, mirando a Giorgio de arriba abajo y fijándose en el parche del ojo.
—¡Me han envenenado! —soltó Giorgio en inglés.
—Monsieur, estamos en Francia, no en América. Por favor, hable francés.
Giorgio no podía creer que el idiota estuviera discutiendo sobre idiomas en un momento como aquel.
—¿Qué más da? ¡Soy italiano y me han envenenado!
—Ah —asintió el médico, como si su nacionalidad explicara las circunstancias.
—¡Por Dios, me he comido una caja entera de esto! —dijo Giorgio, sacando el cartón aplastado del bolsillo de su chaqueta deportiva.
El médico tomó la caja vacía y leyó los ingredientes, luego miró a Giorgio.
—¿Por qué demonios haría algo así?
—¡No lo hice intencionadamente, imbécil! ¡Me envenenaron!
El médico arqueó una ceja y luego sonrió levemente.
—¿Su esposa, eh?
Giorgio estaba indignado.
—¡Maldita sea, me estoy muriendo aquí y usted hace bromas!
—¿Y cuánto tiempo ha pasado desde que ingirió esto?
—Yo... —Giorgio miró su reloj—. Al menos hace media hora, quizá más. Por eso tenemos que actuar rá...
—¿Ha vomitado?
—No. Bueno, un poco, pero apenas salió nada.
El médico suspiró.
—Monsieur, puedo asegurarle que si hubiera ingerido esta caja entera de veneno para ratas hace tan solo quince minutos, no estaría aquí de pie hablando conmigo ahora mismo.
Giorgio miró la caja sin comprender, luego volvió a mirar el rostro del médico.
—¿Qué?
El médico le palpó la frente sudorosa, le tomó el pulso y le examinó el ojo bueno con una pequeña linterna.
—Es muy poco probable que haya sido envenenado. Creo que su esposa le ha gastado una broma pesada, Monsieur. Si quiere esperar pacientemente unos minutos, estaremos encantados de hacerle algunas pruebas...
Giorgio ya había salido por la puerta.
Tony intentaba desesperadamente cortar la tubería de agua con una sierra de arco oxidada que había encontrado en el cobertizo mientras Cattoretti nadaba.
Había escondido la herramienta debajo de una caja de cartón vacía que quedaba justo al alcance de la tubería, valiéndose de un viejo palo de escoba que llevaba tirado en el suelo del sótano de la villa desde que habían llegado.
Tony estaba empapado y tiritando, con los pies cubiertos por varios centímetros de agua acumulada en el suelo de hormigón del sótano, mientras el agua silbaba furiosa desde la tubería.
Cada vez le costaba más mover la sierra de un lado a otro en la hendidura que había logrado cortar.
La presión del agua que salía disparada de la grieta dificultaba incluso mantener la sierra dentro de la ranura, por no hablar de hacer suficiente palanca para cortar el metal restante.
Para colmo, le dolían las manos y los grilletes limitaban su movimiento horizontal. ¡Y la maldita agua! Estaba tan fría que cada vez que le salpicaba en la cara o el pecho se quedaba sin aliento.
Se detuvo un momento para descansar las manos, preguntándose cuánto tiempo habría pasado ya y si Giorgio habría descubierto que el envenenamiento era un engaño.
Tony había encontrado la caja vacía de veneno para ratas mientras buscaba la sierra, y en su momento la idea le había parecido brillante.
Simplemente había subestimado cuánto tardaría en serrar la maldita tubería y lo difícil que resultaría.
Agachó la cabeza y se limpió el agua de los ojos, esquivando el chorro helado que le pasaba rozando la cara, y con una mueca de dolor volvió a forzar la sierra de un lado a otro.
Giorgio Cattoretti volvió a la villa hecho una furia, como uno de los toros de los famosos Sanfermines.
Había llegado a la clínica tan presa del pánico que se dejó las llaves dentro del coche, y cuando salió tuvo que romper la ventanilla con el codo para poder entrar.
Estaba tan furioso que apenas sintió el golpe.
Ahora el viento rugía por el hueco de la ventanilla rota mientras llevaba el pequeño vehículo al límite, superando los ciento veinte kilómetros por hora.
Estaba casi tan furioso consigo mismo por haber caído en la estratagema como lo estaba con Tony.
¡Era tan obvio! Ese pequeño finocchio jamás tendría agallas para envenenar a nadie, por mucho que le desagradara o incluso detestara a esa persona.
Ni el refinadísimo paladar de Tony le habría permitido jamás preparar una comida tan vil y atroz.
Giorgio debería haberse dado cuenta: llevaba diez años empleando al hombre.
Se había dejado cegar por completo por su propio pánico, por su voluntad de vivir, por sus ganas de vivir.
Cuando el Gato tomó la curva del camino que llevaba a la villa, cayó en la cuenta de que en aquellos terribles momentos en que temió estar muriendo de envenenamiento por arsénico, su mayor pesar no había sido la falta de logros reconocidos en su vida, ni el distanciamiento de su familia,
sino el simple hecho de que la encantadora velada que había planeado con Elaine Brogan se había echado a perder trágicamente y jamás tendría lugar.
Cuando le pusiera las manos encima a Tony, iba a matar a ese pequeño finocchio de mierda.