Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 120
93%

120

Nick LaGrange acababa de colgar tras hablar con Elaine. Estaba asombrado por la noticia de que Lexy no solo había localizado a su bebé, sino que se lo había arrebatado al hombre que lo cuidaba y, al menos hasta ahora, con la ayuda de Dmitry, parecía haber conseguido escapar de él.

La primera reacción de Nick había sido que esto empeoraba las cosas, igual que había pensado Elaine al principio, pero ella lo convenció de que podría jugar a su favor.

Estaba de pie fuera del restaurante del hotel lituano, con el teléfono aún en la mano, observando a través de la ventana a sus tres «colegas», si es que se les podía llamar así.

Como no tenían nada mejor que hacer la noche anterior, el trío se había ido de juerga: Zack y Marcel se habían liado con prostitutas locales y luego las habían llevado a la habitación, algo que Nick toleraba a regañadientes porque básicamente estaban mano sobre mano, esperando nuevas órdenes.

Andrey había bebido vodka a solas en el bar del restaurante.

Ahora Nick tenía que tomar una decisión difícil.

Por teléfono, Elaine le había dado el nombre y la dirección del sueco que había estado cuidando al bebé de Lexy, al parecer un antiguo empleado de Cattoretti, y quería que vigilaran la casa por si el criminal italiano no sabía que el bebé había desaparecido y aparecía por allí a recogerlo.

Los otros dos tipos de «operaciones especiales» —Nick aún no le había dicho a Elaine que en realidad eran mercenarios a sueldo, pues no creía que a estas alturas importara— debían acompañarlo de vuelta a Francia.

Elaine seguía convencida de que Giorgio Cattoretti tenía retenido a Tony en el sur de Francia, a poca distancia en coche de la granja, y como de momento no tenían información que indicara lo contrario, pensó que ir a Francia era lo más sensato.

El móvil que habían encontrado en la furgoneta no había aportado información adicional, y a Nick no le gustaba estar tan lejos de ella cuando Cattoretti podía llamar en cualquier momento.

Además, quería alejar a esos tres tipos de Lituania y de cualquier dinero que Cattoretti pudiera tener escondido allí.

Mientras observaba a los tres hombres a través de la ventana, con resaca y devorando sus desayunos, supuso que Andrey sería la mejor opción para enviar a Suecia.

Físicamente, Andrey era el menos llamativo, el que mejor encajaría entre los lugareños de piel clara de la isla de Gotland.

Pero era un comodín. Su apariencia normal y aseada quedaba contrarrestada por su reticencia y su personalidad fría y distante.

A Nick le daba la impresión de que el ruso siempre ocultaba algo.

Probablemente solo fuera el hecho de que no era un verdadero soldado de la OTAN, pero aun así no se fiaba de él.

Ni de ninguno de los tres, en realidad. No conseguía quitarse de encima esa sensación de peligro.

Tras observarlos un momento más, Nick tomó su decisión.

Enviaría a Marcel a Suecia. Marcel era afable y tranquilo, y levantaría menos sospechas al tratar con los lugareños.

Zack y Andrey lo acompañarían a Francia.

En ese mismo momento, el Artista estaba planeando los detalles de la muerte de Nick LaGrange.

La hermosa arma para el trabajo, el garrote antiguo comprado en la India, estaba escondida detrás del hotel, enterrada en la nieve cerca de uno de los desagües del canalón.

LaGrange ya estaría muerto si hubieran coincidido a solas en la habitación del hotel, pero esa oportunidad aún no se había presentado.

El momento llegaría pronto, Areli lo presentía.

Areli observó cómo Nick volvía a entrar en el restaurante del hotel y se dirigía hacia la mesa donde estaban sentados los tres hombres.

Unos minutos después, Nick y los tres soldados estaban de vuelta en la habitación del hotel, haciendo el equipaje.

Los mercenarios no se habían tomado bien la noticia.

O, al menos, Marcel no. Le parecía «incrrreíble» que él, siendo el único francés entre ellos, fuera enviado a Suecia mientras los otros tres iban a su tierra natal.

—¿Quién te ha puesto al mando de esta operación? —murmuró, cerrando con rabia la cremallera de su petate lleno de armas—. ¿Los estúpidos burócratas de Washington?

A Zack solo le preocupaba si podrían alquilar un Hummer en Marsella.

A Andrey parecía darle igual ir a Francia o a cualquier otro sitio. Hizo su petate en silencio, sin siquiera mirar a Nick.

Nick le dijo a Marcel:

—Esta es la dirección de la casa que tienes que vigilar.

Le entregó un papel con toda la información.

—Volarás a Estocolmo y de ahí a la isla de Gotland.

Marcel gruñó y se metió el papel en el bolsillo del uniforme de combate.

—¿Tienes el permiso de armas?

El francés suspiró. Todos necesitaban un permiso especial de la UE para llevar armas de fuego en vuelos comerciales, que debían ir facturadas en la bodega.

—¿Acaso soy idiota?

—Déjame verlo. Y vosotros también, venga, dejadme ver vuestros permisos.

—Joder —murmuró Zack mientras sacaba los documentos, pero Andrey no dijo nada y se limitó a entregar el suyo—. ¿Contento?

Nick devolvió los documentos. Elaine ya había hecho todas las reservas y los billetes los esperaban en los aeropuertos. Nick y el resto de su equipo volarían desde Vilna, pero Marcel saldría de Riga, donde había un vuelo directo a Estocolmo a la una y media.

Marcel se echó el petate al hombro y se dirigió hacia la puerta.

—Avísame en cuanto llegues a la isla de Gotland —dijo Nick.

—Je m'en vais —murmuró, y se marchó.

Zack le hizo un gesto a Andrey.

—¿Vienes conmigo, bruva?

—Él viene conmigo —dijo Nick rápidamente. Quería que los dos hombres pasaran el menor tiempo posible juntos sin su supervisión.

—Pues me largo —dijo Zack, y salió por la puerta—. Nos vemos en el aeropuerto.

Ahora él y Andrey estaban solos en la habitación.

—Dame un segundo —dijo Nick. Se sentó al escritorio, que daba a la pared lateral, pero se volvió y miró a Andrey.

—¿Estás listo para irnos?

—Quiero comprar cigarrillos —dijo, y salió por la puerta.