Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 119
92%

119

A la mañana siguiente, Giorgio Cattoretti estaba sentado junto a la piscina de la lujosa villa del Ardèche, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, disfrutando de la cálida caricia del sol.

Aunque era invierno y la temperatura la noche anterior había bajado hasta casi cero grados, no corría ni una brisa, y los rayos del sol mediterráneo eran tan intensos que iba en mangas de camisa.

El Gato no llevaba puesto el parche. A pesar de su discapacidad, seguía siendo vanidoso: no quería que la correa de cuero le dejara una marca en la piel.

Acababa de terminar un delicioso desayuno preparado por Tony: pan filone recién horneado untado con mantequilla y mermelada de fresa de la región, junto con un gran café con leche para mojarlo.

Durante los últimos minutos, había estado absorto en sus pensamientos, dándole vueltas a un problema de oportunidad.

Giorgio siempre había tenido un don intuitivo asombroso para elegir el momento adecuado, pero este problema era especialmente difícil.

¿Cuándo exactamente debería llamar a Elaine?

Sin duda sería mejor tenerla allí antes de que se enterara de que habían asesinado a su marido, porque tendría la mente más despejada y estaría más receptiva a todo lo que él quería decirle.

Ya había visto de primera mano lo mucho que el dolor había afectado a Elaine en otra ocasión, la primera vez que ella creyó que Nick estaba muerto, y no quería que estuviera distraída.

Pero, lo que era más importante, había preparado una coartada bien pensada que estaba seguro disiparía cualquier sospecha que ella pudiera tener de que él estaba de algún modo implicado en la muerte de su marido.

La coartada, que consideraba bastante elegante, sería mucho más efectiva si se la contaba antes de que ella se enterara, y no después.

Por otro lado, en cuanto Nick LaGrange estuviera muerto, tendría que volver a Lituania y recuperar parte de su dinero escondido para hacer el segundo pago al Artista.

Ahora mismo tenía menos de cien mil euros en efectivo, y una vez ejecutado el golpe, le debería al Artista dos millones de dólares estadounidenses.

Recordó las siniestras palabras que el difunto Yuri Zubov había pronunciado al dar instrucciones a Pável, su secuaz, para encargar el trabajo contra Giorgio.

«¿Sabes por qué el Artista nunca se preocupa por cobrar la segunda mitad de su dinero después de hacer su "retrato"? Porque si no le pagan, hace tu retrato también. Sin cargo adicional».

Giorgio no tenía ninguna intención de poner a prueba la veracidad de esa afirmación.

En cuanto LaGrange estuviera muerto, el reloj empezaría a correr. Poniéndose en el lugar del Artista, supuso que el hombre esperaría cobrar en un plazo de siete días también por el «trabajo urgente». Ahora mismo, no necesitaba ese tipo de presión.

Mientras Giorgio seguía dándole vueltas al asunto, Tony apareció en la terraza de la piscina. Recogió los platos y la taza de café vacía y miró a su amo.

—¿Puedo traerle algo más, Signore?

Giorgio tomó una decisión y se levantó de golpe de la silla.

—Hoy es un día muy especial —dijo Giorgio, sacando la pistola del bolsillo.

Tony tragó saliva y retrocedió un poco; los platos entrechocaron.

—¿Y... p-por qué?

Giorgio sonrió.

—Elaine Brogan viene a cenar.

Unos minutos más tarde, Tony estaba encadenado a la tubería de agua en el sótano. Cattoretti había dicho que iba al mercado a comprar más comida, porque quería los ingredientes más frescos posibles para el «suntuoso festín» que Tony prepararía para aquella ocasión especial.

Tony decidió que de ningún modo podía permitir que ese loco trajera a Elaine Brogan allí esa noche. Estaba seguro de que ella acabaría muerta, y le debía todo a Elaine.

Tenía que poner fin a aquella pesadilla, como fuera...

Tony clavó la mirada en la tubería de agua que pasaba entre sus muñecas y siguió su trayectoria desde la pared de hormigón hasta el contador justo debajo del techo.

El conducto de metal era grueso y pesado, imposible de romper o desconectar sin herramientas.

Las esposas eran profesionales, grilletes de los que usa la policía, robados a uno de los agentes del Servicio Secreto que Cattoretti había dejado fuera de combate en la casa.

Era imposible romperlas, y Tony no tenía ni idea de cómo forzar cerraduras.

Se dio la vuelta y escudriñó el sótano en penumbra, lleno de trastos viejos cubiertos de polvo, en busca de algo útil.

Ya se había escabullido hasta allí una vez, cuando Cattoretti estaba nadando, para buscar algo con que cortar o romper la tubería, algo que pudiera esconder cerca, al alcance de la mano para la próxima vez que lo encerraran.

Pero allí no había nada útil, ninguna herramienta.