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Anders Lundström, pensó Elaine mientras anotaba el nombre. Dmitry acababa de dárselo por teléfono. Estaba en su despacho, dando el biberón a Amelia. Luna estaba abajo, preparando el desayuno para Ryan.
La primera llamada de Dmitry la había despertado de golpe: una manera brusca de empezar el día. Elaine se sintió aliviada al saber que él estaba relativamente a salvo. Dmitry hacía cola en la puerta de embarque del aeropuerto de Visby, a la espera de subir al vuelo a Estocolmo.
—Por lo que estoy leyendo —dijo Dmitry en voz baja—, este Anders era capitán de un buque portacontenedores propiedad de Cattoretti. Ahora está jubilado, casado y vive en Visby.
—Entendido —dijo Elaine mientras anotaba la información en su bloc.
Esta noticia también la sorprendió, aunque de forma bastante intrigante.
Esa mañana, Elaine había pasado por una serie de reacciones ante la noticia de que Lexy había encontrado a Pablo y se había largado con él.
Su primer impulso fue enfadarse con Dmitry por permitirlo, pero luego se dijo que no debería haber enviado a Lexy, que había sido una decisión imprudente.
Sin embargo, al pensarlo mejor, se dio cuenta de que seguía siendo positivo que Lexy hubiera ido y localizado a Pablo.
Si ella no hubiera estado allí con Dmitry, con la determinación inquebrantable de una madre por reunirse con su hijo desaparecido, Dmitry podría no haber localizado a Pablo en absoluto.
En el peor de los casos, podría haber alertado sin querer a Anders Lundström de que alguien andaba por la ciudad buscando al bebé, y Dmitry podría simplemente haber desaparecido en la isla de Gotland sin dejar rastro.
Al mirar las notas que había tomado, Elaine empezó a atar cabos.
La investigación del Servicio Secreto tras el arresto de Cattoretti en Italia había determinado que alguien más, además del topo dentro de la fábrica KBA Giori, lo había ayudado a robar la prensa de impresión que usó en su operación de falsificación en Milán.
Ese alguien había intercambiado los números de los contenedores después de que colocaran la máquina en un buque de carga con destino a Chile, y luego había logrado introducir de contrabando la prensa en Italia.
Y ahora resultaba que Anders Lundström, el hombre que cuidaba del hijo de Cattoretti, había sido capitán de un buque portacontenedores y había trabajado para la compañía naviera italiana de Giorgio Cattoretti durante muchos años...
Raj Malik estaría encantado de recibir esta información.
—¿Janyet? —dijo Dmitry—. ¿Estás ahí?
—Sí, aquí estoy. Estaba pensando en lo que me has contado.
—Lo siento, Janyet —dijo Dmitry con desánimo—. Te he causado muchos problemas.
—No, eso no es verdad. Es la mejor noticia que he tenido en semanas.
—¿De verdad?
—Totalmente.
Elaine era consciente de que aquel giro inesperado había creado una oportunidad para ella.
Era tan deliciosa que sus labios se curvaron en una sonrisa diabólica.
Si Lexy lograba escapar con Pablo y evadir a cualquiera que intentara atraparla cuando bajara del ferry esa misma mañana —y conociendo a Lexy, era totalmente posible—, Giorgio Cattoretti se volvería loco.
Mejor aún, podría no enterarse de que su precioso hijo había desaparecido hasta pasado un tiempo.
Era poco probable que Anders pudiera comunicarse fácilmente con él en ese momento, y además no era el tipo de noticia que Anders estaría deseando compartir con un hombre como Cattoretti; el sueco probablemente lo retrasaría todo lo posible mientras intentaba recuperar al bebé.
Lo que significaba que podría pasar mucho tiempo antes de que Giorgio se enterara siquiera de que el pequeño Pablo había desaparecido.
Esto podría darle a Elaine una verdadera ventaja con el criminal italiano. De hecho, podría ser un as en la manga.
—Hiciste un trabajo admirable, Dmitry. La información que acabas de darme me resulta muy útil. Sube al avión y vuelve a Moscú. Tu trabajo en este caso ha terminado. ¡Bien hecho!
Cuando Elaine colgó, se quedó mirando la nota y el teléfono desechable que Cattoretti le había dejado en el escritorio. Hasta hacía cinco minutos, cada vez que miraba ese maldito teléfono pensaba: «Por favor, no llames todavía, por favor, no llames».
Ahora deseaba tener la oportunidad de reunirse con el Gato en persona, incluso a solas.
No podía esperar a ver la cara que pondría cuando le dijera que su querido Pablo ya no estaba con Anders Lundström ni en el refugio seguro y remoto de la isla de Gotland.