Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 116 #2
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Se levantó con desgana y miró el móvil. Las 5:49.

Ahora que había dormido un poco y tenía la mente más despejada, se dio cuenta de que el comportamiento de Lexy había sido bastante extraño... pedirle prestada la tableta, aparecer en la puerta con aquella horrible mascarilla verde...

Se vistió rápidamente, salió al pasillo y llamó a su puerta.

—¡Lexy! —la llamó, y pegó la oreja a la madera. Volvió a golpear—. ¡Lexy, abre la puerta!

No oía nada salvo la banda sonora de aquella maldita película griega.

Probó el pomo, pero la puerta estaba cerrada con llave.

—¡Lexy! —volvió a gritar, y tras sacudir bruscamente el pomo varias veces, intentando forzar la puerta, bajó corriendo las estrechas escaleras hacia el vestíbulo.

Con su hijo dormido en brazos, Lexy se detuvo en la puerta principal; el pulso le latía en las sienes. Colgados en la parte de atrás había una enorme parka amarillo chillón y un par de botas que parecían de gigante.

Sudando, deslizó el cerrojo con cuidado, pero al abrirse del todo, hizo un clic bastante fuerte.

Sin mirar atrás, salió y bajó trotando del porche hacia la acera.

Anders Lundström levantó la cabeza de la almohada y aguzó el oído.

—¿Has oído algo? —le preguntó a su esposa en sueco.

—Acabo de ver al bebé —murmuró ella—. Está bien, vuelve a dormirte.

—He oído otra cosa.

Anders se levantó de la cama, desnudo, se puso la bata y las zapatillas, y miró el reloj de la mesita de noche. Las 5:54.

Se ajustó el cinturón de la bata, salió al pasillo y se detuvo en la puerta del estudio. Por alguna razón pensó que el sonido había venido de allí, un clic.

Entró y encendió la luz; entornó los ojos ante el repentino brillo y recorrió la habitación con la mirada hasta detenerse en la ventana.

Estaba a punto de apagar la luz cuando algo en el suelo, debajo de la ventana, le llamó la atención.

Una colilla...

Al acercarse y agacharse para recogerla, vio que el suelo estaba cubierto de cenizas; parecía que el cenicero se había caído del alféizar, o que el viento lo había vaciado.

¿Habría dejado la ventana entreabierta sin darse cuenta?

Pero entonces, ¿quién había puesto el cenicero de nuevo en el alféizar y cerrado la ventana? Signe jamás habría dejado semejante desorden...

Con el corazón desbocado, salió disparado por la puerta y entró en la habitación del bebé, corriendo hacia la cuna.

—¡Herre Gud! —gritó—. ¡Pablo ha desaparecido!

Lexy bajó por Gotenhofsgaten tan rápido como pudo, con Pablo escondido bajo el abrigo. Resultó que no tenía que preocuparse por llamar la atención porque, al doblar la siguiente esquina, vio a varias personas que también corrían con la esperanza de alcanzar el ferry.

Ahora podía ver la terminal del ferry a lo lejos; no le llevaría más de dos o tres minutos llegar.

Aceleró aún más el paso, casi trotando, y miró por encima del hombro.

Lo primero que vislumbró fue un abrigo amarillo: Anders Lundström la perseguía mientras gritaba algo.

Dmitry acababa de salir de la habitación vacía de Lexy en el hotel y casi atropelló a la anciana que dirigía el lugar.

Medio corrió y medio bajó a trompicones por la escalera, con la cabeza a mil: ¿dónde demonios se había metido?

Al salir por la entrada principal del hotel, oyó la bocina del ferry.

Por alguna razón que no podía explicar, pensó que ella podría haber encontrado a Pablo de algún modo y estar ya a bordo del ferry.

Vaciló medio segundo, mirando hacia el coche de alquiler, y decidió que sería más rápido ir corriendo hasta el edificio del ferry; estaba a solo media manzana por una acera que pasaba justo detrás del hotel.

Dmitry echó a correr por ella, a punto de caerse un par de veces sobre el hielo que se había formado durante la noche, cruzó otra calle esquivando un par de coches que giraban y divisó a Lexy.

Entraba en el aparcamiento por otra entrada, con algo bajo el abrigo, trotando mientras miraba nerviosamente por encima del hombro.

Cambió de dirección y se dirigió hacia el muelle del ferry con la esperanza de interceptarla. La tripulación desataba las amarras del muelle y hacía subir por la rampa a los últimos coches.

Otras personas también corrían por el aparcamiento para intentar alcanzar el barco a tiempo.

—¿Qué estás haciendo? —gritó Dmitry cuando se encontraron en la entrada, e intentó agarrarla.

Lexy retrocedió y la mano de él no llegó a alcanzarle el brazo.

—¡Nadie me va a quitar a mi bebé! —gritó, y pasó junto a él mientras miraba aterrada por encima del hombro.

Ahora Dmitry podía ver a un hombre en particular que corría por la puerta del aparcamiento con tanta agresividad y determinación que no podía ser alguien que simplemente intentaba coger el ferry. Vio a Lexy cruzar la pasarela que conducía al barco, gritó algo en sueco y aceleró aún más.

Dmitry no sabía qué hacer.

Caminó lentamente de vuelta por el aparcamiento, alejándose del ferry, mientras el hombre venía disparado hacia él.

El tipo era mayor que Dmitry, con el pelo canoso, pero enorme y parecía estar en una forma física increíble.

A medida que se acercaba corriendo, Dmitry pudo ver que no prestaba atención a nada excepto a la joven que aparentemente se había llevado a su bebé, o al bebé que se suponía que debía cuidar, y parecía no reparar en Dmitry en absoluto.

Sin dejar de caminar despacio, Dmitry cambió ligeramente de dirección para que sus caminos casi se cruzaran.

Cuando el hombre pasó volando a su lado, Dmitry levantó de golpe el brazo derecho y le asestó un golpe con la palma en plena barbilla.

Las piernas del sueco salieron volando por los aires y un instante después estaba tirado de espaldas... ¡inconsciente!

Dmitry nunca había hecho algo así en su vida. En los últimos diez segundos había recordado que había leído en algún sitio que una de las formas más fáciles de noquear a un hombre era un golpe directo en la barbilla... y por lo visto había funcionado.

El grandullón apenas se movía; de sus labios escapaba un gemido sordo.

Dmitry estaba aterrorizado. Aquello le recordó la vez que Janet le había obligado a estrellar su Lada contra la parte trasera de un todoterreno de la mafia rusa.

Una mujer que venía corriendo, al parecer para coger el ferry, vio que llegaba tarde y se desvió hacia ellos.

—Vad hände med honom? —dijo mientras miraba al hombre tendido.

Dmitry no sabía exactamente qué había dicho, pero podía imaginárselo.

—Se... se ha caído sin más... ¡Creo que le ha dado un infarto!

—Herre Gud...

—¡Llame a un médico, por favor! —dijo mientras miraba por encima del hombro hacia el ferry, cuyos motores rugían mientras se alejaba del muelle—. No tengo teléfono.

Lexy estaba en la cubierta superior del ferry, temblando de miedo y mirando por una ventana hacia el aparcamiento, que se alejaba.

Al parecer, Dmitry había conseguido detener a Anders Lundström de algún modo, porque apenas distinguía su parka amarilla: el hombre yacía de espaldas, con una mujer junto a él que parecía hablar por teléfono.

Pablo estaba llorando. Probablemente tenía hambre, el pobrecito.

—Shhh, pequeño —dijo en griego—. Nadie nos impedirá estar juntos.

Pero estaba más asustada que nunca en su vida, incluso más que cuando pensó que Xavier iba a matarla.

¿Qué pasaría cuando Anders despertara, si es que seguía vivo?

¿Tendría amigos que trabajaran en este ferry?

¿Y si llamaba y les decía a los guardias de seguridad que la detuvieran, o que dieran la vuelta al barco?

El corazón le latía con fuerza mientras todo esto le pasaba por la cabeza, con la frente perlada de sudor.

Tenía que esconderse en algún lugar... pero ¿dónde?

Cuando bajara del ferry en el otro extremo, probablemente habría hombres esperándola...

Pero aunque consiguiera evitarlos, ¿adónde iría después? ¿Podría escapar de Suecia con Pablo sin que la atraparan?

Todo su dinero estaba en su cuenta bancaria en Chipre... ni siquiera tenía la tarjeta de débito; se había estropeado cuando Xavier intentó ahogarla.

Y peor aún, también se dio cuenta de que no tenía ningún documento que la autorizara a sacar a Pablo de Suecia, ni a cruzar ninguna otra frontera...

Quizá debería haber dejado que Elaine se encargara de todo, al fin y al cabo, pensó.

Pero ya era demasiado tarde. Tendría que confiar en su instinto maternal para salir de esta...

Un reguero continuo de gente subía desde la zona de aparcamiento en dirección al restaurante.

Lexy se metió en la escalera, a contracorriente, y de repente tuvo una idea.

Bajó las escaleras a toda prisa.

Cuando llegó a la cubierta del aparcamiento, había un guardia de seguridad en la entrada que recogía los tiques de la gente que salía.

—Eh —dijo él cuando ella pasó a su lado.

—Me dejé algo en el coche —le gritó sin detenerse, y siguió adelante.

Zigzagueó entre las filas de vehículos aparcados y echó otro vistazo atrás: el guardia ya no le prestaba atención, seguía recogiendo tiques.

Se dirigió hacia la proa del ferry. Después de pasar junto a un par de mujeres de mediana edad, que parecían ser las últimas personas que quedaban por allí, empezó a probar con disimulo los tiradores de los maleteros y los portones traseros de los coches.

Todos parecían cerrados con llave, pero cuando probó el tirador del portón de un Volkswagen Golf rojo, notó que cedía con un clic.

Miró atrás para asegurarse de que nadie la observaba, abrió la puerta deprisa, se metió dentro y la cerró tras de sí.

Había dos maletas pequeñas en el maletero, pero Lexy consiguió tumbarse boca arriba y acunar a Pablo cómodamente entre sus brazos.

Con tanto movimiento había dejado de llorar, y ahora la miraba con sus inocentes ojos marrones.

—Nadie volverá a separarte de mí —susurró, besándole la suave frente—. Nunca más.