Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 116
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Lexy hizo el descubrimiento crucial justo antes del amanecer.

Encontró la información que buscaba en un archivo PDF que jamás habría aparecido en las búsquedas de Internet.

Era una entrada en un boletín poco conocido distribuido por una sociedad de marina mercante en Bélgica.

El archivo PDF se había creado escaneando una copia en papel del boletín y estaba un poco torcido, con letras tan tenues que costaba distinguirlas.

Una de las muchas entradas en la sección de noticias de los socios decía lo siguiente:

«Anders Lundström, de 59 años, capitán del buque portacontenedores italiano Myriam, se ha jubilado oficialmente. El mes pasado se casó con su amor de la infancia, Signe Dahlman, y se ha mudado de vuelta a su ciudad natal de Visby, Suecia (isla de Gotland). ¡Felicidades, Anders y Signe,

os deseamos lo mejor!»

El corazón le latía con tanta fuerza que se sintió mareada.

Mientras se ponía el abrigo a toda prisa, un sonido la detuvo en seco y se quedó completamente inmóvil.

Venía de fuera y lo reconoció: era el sonido grave y lejano de la bocina del ferry.

Miró la hora en el portátil de Dmitry: las 5:45.

Había consultado el horario del ferry el día anterior y sabía que el primer barco del día salía hacia el continente a las seis en punto. La bocina debía de ser la primera llamada de embarque.

Echó un vistazo a su maleta y decidió dejarla atrás; lo único que realmente necesitaba era el bolso, donde llevaba el pasaporte y la cartera. Decidió dejar la tableta encendida y rebobinó la película griega que había estado reproduciéndose toda la noche hasta el comienzo.

Lexy bajó a toda prisa por la calle empedrada cubierta de nieve, dirigiéndose a la cabina telefónica tan rápido como sus piernas flojas se lo permitían.

Mantuvo la cabeza agachada, con la capucha puesta, y confió en que nadie reparara en ella.

Un coche se acercó y se apartó hacia el borde de la carretera, avanzando con rapidez.

Iba en dirección al ferry, así que con suerte cualquiera que la viera pensaría simplemente que iba a cogerlo.

Echó un vistazo a su alrededor y se deslizó dentro de la cabina telefónica, cerrando la puerta para que se encendiera la luz interior. Con las manos temblorosas y vaho escapando de su boca abierta, abrió la guía, que era sorprendentemente fina.

Encontró rápidamente la L y pasó el dedo por las páginas, tratando de concentrarse en las letras; tenía los ojos inyectados en sangre y le escocían de tanto mirar la pantalla de la tableta toda la noche.

Larson...

Lundborg...

Lundeil...

Lundström, Anders - Gotenhofsgaten 12 Tel. 21-32-73

Jadeó: ¡ahí estaba, justo ahí en la guía telefónica, con su dirección a la vista de cualquiera!

Le pareció un milagro.

El mapa de Visby le vino a la mente con tanta claridad como cuando se había propuesto memorizarlo durante el viaje hasta allí. Gotenhofsgaten 12. No podía pronunciar el nombre de la calle, pero sabía exactamente dónde estaba, a solo tres manzanas de donde se encontraba.

Al salir de la cabina telefónica y encaminarse en esa dirección, pensó brevemente en Elaine.

Por mucho que la respetara, ella nunca entendería lo que estaba a punto de hacer.

Era imposible que Elaine amara a sus propios hijos tanto como Lexy amaba a Pablo.

De lo contrario, no habría concebido un plan tan frío y lógico para localizar al niño, fiándose de procedimientos gubernamentales y burocracias, y de que «tal vez» el bebé fuera devuelto a su legítima madre en algún momento difuso en el futuro.

Lexy iba a actuar de forma rápida y contundente.

Dios estaba de su lado.

Momentos después, Lexy caminaba por Gotenhofsgaten, con la capucha aún puesta, ocultándole el cabello y el rostro.

Unos muros de hormigón a la altura de la cintura separaban la hilera de casas de las aceras a ambos lados.

Frente a cada casa había un portón de hierro forjado, con los números marcados en buzones fijados en lo alto.

Lexy se detuvo frente al número 12.

Era una vivienda de estuco, de dos pisos, con un porche delante, dos grandes ventanas a cada lado de la puerta principal y un tejado naranja de tejas de barro, como la mayoría de las casas de Chipre.

Las ventanas estaban completamente a oscuras. No había ningún coche en el camino de entrada.

¿Y si la pareja estaba fuera y Pablo no estaba allí?

Lexy apartó aquel pensamiento desalentador de su mente: ¡su bebé tenía que estar allí!

Abrió el portón en silencio, lo cerró tras de sí y se dirigió hacia la puerta principal.

En lugar de subir al porche, se desvió hacia el lado izquierdo de la casa, con la confianza algo mermada.

¿Era este realmente el Anders Lundström que había trabajado para la compañía naviera de Xavier, la persona que de verdad estaba cuidando de Pablo?

Sabía que había hecho muchas suposiciones, y las numerosas conexiones lógicas que había trazado para llegar hasta aquella pequeña casa en Visby distaban mucho de ser evidentes.

Mientras rodeaba el lateral de la casa, divisó un garaje en la parte trasera. Tenía ventanas y le pareció distinguir la silueta de un coche dentro.

Las ventanas laterales de la propia casa eran tan altas que tuvo que ponerse de puntillas para mirar dentro.

La sala de estar.

Se agachó rápidamente y pasó a la siguiente ventana.

La cocina.

La siguiente era una ventana alta, fuera de su alcance; probablemente un baño.

La ventana más alejada estaba tapada por cortinas.

¿Quizá un dormitorio?

Volvió a rodear hacia el frente de la casa, pegada a las sombras, y subió al porche. Tras echar un vistazo a la calle para asegurarse de que nadie miraba, probó con cuidado el picaporte de la puerta principal.

Parecía no tener el pestillo echado, tal como decían los folletos turísticos de Visby.

Pero cuando empujó suavemente la puerta, esta no se movió.

Parecía haber un cerrojo echado por dentro.

Bueno, pensó, si uno cuidaba de un bebé para uno de los criminales más astutos del mundo, era de suponer que la política de puertas abiertas no regía.

Bajó del porche y fue al otro lado de la casa.

La primera ventana también daba a la sala de estar, y ahora veía el espacio desde otro ángulo. En la esquina había una chimenea con brasas que aún brillaban con un tenue resplandor anaranjado.

¡Sí! ¡Estaban en casa!

Pasó a la segunda ventana y se puso de puntillas de nuevo. Un despacho. Veía un escritorio con un ordenador encima, cuyo salvapantallas mostraba un velero surcando el mar.

Cuando se puso de puntillas para mirar por la siguiente ventana, tuvo que contener el grito de alegría que le subió a la garganta.

Allí, al otro lado de la habitación, había una cuna.

«Dios mío», pensó. «¡Está aquí, está aquí, está aquí!».

Alzó el brazo e intentó abrir la ventana. Eran de doble acristalamiento y se abrían hacia dentro.

La ventana no cedió.

Volvió sigilosamente a la anterior, la que daba al despacho.

En cuanto empujó, cedió.

No le resultó fácil a Lexy auparse y colarse por el alféizar, y tuvo cuidado de no caer al suelo y armar jaleo.

Pero justo cuando sus pies tocaron la madera, el codo golpeó algo en el interior del alféizar.

Increíblemente, atrapó el objeto antes de que cayera al suelo.

Un cenicero de cerámica.

Las colillas y las cenizas se habían desparramado por todas partes.

Se quedó quieta un momento, escuchando, y luego recogió rápidamente las colillas, las devolvió al cenicero y lo colocó en el alféizar, con cuidado de no hacer ruido.

Se agachó allí un momento, escuchando... y entonces volvió a oír la bocina del ferry, más lejos esta vez. ¿Serían las 5:45 o las 5:50? No estaba segura.

Esperaba que Anders o Signe no tuvieran pensado coger el ferry al continente esa mañana...

Al no oír ningún ruido dentro de la casa, se incorporó lentamente y avanzó hacia la puerta del pasillo, temiendo que la madera crujiera bajo sus pies, pero no se oyó nada. La casa parecía sólidamente construida y, salvo por el cenicero lleno de colillas, estaba impecablemente cuidada.

Se detuvo a escuchar en la puerta del pasillo durante unos segundos, asomó lentamente la cabeza y luego avanzó por él y giró bruscamente a la derecha hacia la habitación donde había visto la cuna.

Del techo colgaba un móvil de pajaritos de colores...

Lexy tragó saliva mientras se acercaba en la oscuridad, temiendo encontrar la cuna vacía.

Se aproximó lentamente, se inclinó sobre el borde y miró hacia abajo.

«Dios mío», allí estaba, su pequeño Pablo, profundamente dormido.

Supo que era su bebé en cuanto vio su carita... ¡Tenía tanto pelo ahora! ¡Y estaba tan grande!

Lexy se sintió tan abrumada por la emoción que pensó que se derrumbaría allí mismo.

«Tienes que mantener la calma», se dijo. «¡Tienes que sacar a tu pequeño de aquí y subir a ese ferry!».

Con movimientos lentos y cuidadosos, metió las manos en la cuna, deslizándolas bajo las mantas y el cuerpecito cálido.

Alguien tosió en la habitación contigua.

Lexy se quedó inmóvil, mirando el rostro dormido de Pablo.

De repente, abrió los ojos y se quedó mirando a Lexy.

—¡Gaaa! —dijo, agitando los bracitos.

Oyó el chirrido de los muelles de la cama en la habitación contigua.

Miró frenéticamente a su alrededor y vio un gran armario; sacó las manos de debajo de Pablo y se dirigió hacia él, ocultándose detrás justo en el instante en que alguien entraba en la habitación y encendía la luz.

Lexy se acurrucó en la esquina, de espaldas a la puerta, deseando ser invisible.

Una voz femenina empezó a arrullar y a hablarle con voz mimosa en sueco. Pablo hizo algunos ruiditos más y luego volvió a quedarse callado. Lexy no tenía ni idea de lo que había dicho la mujer, pero al cabo de un momento oyó movimiento y la luz se apagó.

Luego el sonido de la tapa del váter al bajar.

Tras un largo y angustioso momento, tiraron de la cadena, se oyeron más pasos y la casa volvió a quedar en silencio.

Dmitry llevaba unos minutos tumbado, medio dormido. Al despertarse del todo, se dio cuenta de que lo había despertado la bocina del ferry.

Por fin se incorporó un poco en la cama, ladeó la cabeza y aguzó el oído. ¿Lexy seguía viendo vídeos? Aún podía oír débilmente el griego a través de la pared.