112
Esa misma mañana, Elaine y Luna madrugaron y siguieron llamando a casas y villas en alquiler en el sur de Francia.
Ahora iban a toda máquina, impulsadas por la cafeína, y se turnaban para cuidar de los niños.
De vez en cuando, Elaine bajaba a preparar las bebidas con la complicada cafetera italiana manual de Tony: el café aguado de Luna y sus propios espressos bien cargados.
Elaine estaba decidida a dar con Cattoretti, pero comprobar quiénes eran los inquilinos de las propiedades en alquiler no resultaba fácil.
Algunas casas aparecían en varios portales grandes de reservas online, otras en sitios «boutique» más pequeños.
Y otras simplemente tenían su propia página web con sistema de reservas, a menudo con un diseño rudimentario y sin actualizar.
Descubrió que algunos arrendadores poco éticos lo hacían adrede: mostraban las propiedades como mucho más disponibles de lo que estaban en realidad, solo para que la gente llamara o escribiera un correo y así intentar convencerles de reservar en las fechas que sí tenían libres.
Para colmo, algunos no se creían que fuera del Servicio Secreto de Estados Unidos, o simplemente les daba igual, y se negaban a facilitar información sobre sus inquilinos, muchas veces con malos modos.
En esos casos, Elaine le pasaba el teléfono a Luna, y en cuanto oían su voz grave e intimidante, solían cambiar de actitud.
A primera hora de la tarde habían comprobado cerca del ochenta por ciento de las villas del sureste de Francia que parecían bastante privadas y lujosas para los fines de Giorgio Cattoretti.
Elaine empezaba a pensar que se había equivocado de instinto.
Ahora barajaba la posibilidad de que Cattoretti hubiera llevado a Tony en coche a Suecia, a recoger a su hijo, o a los países bálticos, a recuperar su dinero.