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Cuando Lexy salió de la pasarela de embarque en el Aeropuerto de París-Charles de Gaulle, Dmitry la estaba esperando.
Mientras continuaban hacia Estocolmo en un vuelo de SAS, él no se separó de ella; estaba segura de que Elaine le había ordenado que no la perdiera de vista, igual que cuando estaban en San Petersburgo.
Dmitry era bastante amable y tan aburrido como siempre.
No parecía especialmente contento de verla.
Mientras pasaban por la recogida de equipaje en Estocolmo, Lexy se indignó al recordar cómo la habían tratado todos en casa de Elaine, como a una vulgar delincuente, alguien en quien no se podía confiar ni un milímetro.
Esto era particularmente doloroso porque ahora admiraba profundamente tanto a Elaine como a Luna.
Había sentido celos de Elaine antes de conocerla, porque sabía que Xavier la amaba, pero una vez que trató un poco más a la agente del Servicio Secreto, Elaine se convirtió en su ídolo.
¡Qué vida tan emocionante se había forjado Elaine Brogan, persiguiendo a grandes criminales como Xavier!
Era inteligente y muy valiente, pero también compasiva, sin dejar de ser muy femenina.
Y Luna, qué ser humano tan increíble, sin miedo a Xavier, dispuesta a enfrentarse a él cuerpo a cuerpo si era necesario para proteger a todos en la casa.
Lexy se maravilló de lo diferentes que eran ambas mujeres de las de su pequeño pueblo en Chipre, que solo se dedicaban a las tareas domésticas y a tener hijos.
Aquello hizo que Lexy anhelara una vida diferente. Cuando recuperara a Pablo, haría algo interesante; tenía bastante dinero ahorrado en su cuenta bancaria de Chipre.
Cuando salieron al vestíbulo del aeropuerto, la vista le trajo recuerdos agradables. Lexy había estado en Estocolmo con Xavier cuando recorrían Europa inspeccionando museos de arte. Decidió no compartir eso con Dmitry y fingir que era su primera vez allí.
A Dmitry no le hacía ninguna gracia que Lexy lo acompañara. Se preguntaba por qué Elaine había decidido enviarla en el último momento.
—Debemos conseguir coche —le dijo Dmitry mientras caminaban por el vestíbulo del aeropuerto de Arlanda.
Al examinar su nuevo entorno, tuvo que admitir que Suecia era muy diferente de Rusia, al menos en apariencia: todo parecía tan limpio y bien organizado.
Había muchas ventanas y los suelos eran de madera pulida.
Supuso que necesitaban tantas ventanas para dejar entrar la escasa luz del día, estando tan al norte.
Nunca había salido de Rusia ni de las antiguas repúblicas soviéticas, ni tampoco había volado en avión.
Ese primer vuelo había sido toda una experiencia.
Parecía como si la tripulación esperara que el avión se estrellara incluso antes de despegar.
Una azafata dio interminables instrucciones sobre qué hacer durante el inminente desastre, parloteando sobre procedimientos de seguridad, puertas de emergencia y chalecos salvavidas; Dmitry había sacado bolígrafo y papel e intentado tomar notas, pero ella hablaba demasiado rápido.
Llegó a preguntarse si quizá no tenían suficiente dinero para llenar los depósitos de combustible, o si los pilotos acababan de graduarse de la academia de vuelo.
En cualquier caso, el avión no se había estrellado, y cuando la tripulación repitió todo el ritual en el segundo vuelo, después de recoger a Lexy, Dmitry se dio cuenta de que debía de ser el procedimiento estándar en los aviones comerciales.
Extraño, pensó, ya que sabía que los autobuses y trenes se accidentaban con mucha más frecuencia, pero en ellos no había anuncios de ese tipo.
Otra cosa que notó del aeropuerto fue que ninguna banda de taxistas agresivos los había abordado, como sí ocurría en Sheremétevo, en Moscú. Supuso que la mafia sueca debía de tenerlos a todos acorralados fuera. Sí, los suecos eran definitivamente más organizados.
Dmitry examinó los mostradores de alquiler de coches, buscando la oferta más barata.
Al día siguiente tendrían que volver y pasarse el día hablando con todas las compañías, a ver si alguien recordaba haber alquilado un coche a un hombre tuerto con un bebé hacía unos meses.
Pero de momento, él y Lexy necesitaban alquilar un coche y encontrar un hotel cercano donde alojarse; eran casi las diez de la noche.
Le inquietaba un poco la idea de quedarse en un hotel, estando casado y a solas con una mujer tan joven y guapa.
Dmitry se acercó a la compañía de alquiler de coches que parecía más barata, con grandes carteles de colores anunciando descuentos espectaculares. No se creía ni una palabra de aquello.
—¿Puedo ayudarle, señor? —dijo el hombre del mostrador, mirando a Lexy y luego a Dmitry.
—Da. Necesitamos alquilar coche por algunos días.
—¿Qué tipo de...?
—Barato. Modelo económico, dos puertas. Aire acondicionado y calefacción no importantes.
Lexy frunció el ceño.
—¡Nos vamos a congelar! ¿Por qué tiene que ser tan barato?
El empleado sonrió con gesto tranquilizador.
—Todos nuestros coches incluyen calefacción y aire acondicionado, sin coste adicional. Tenemos el Ford Fiesta, Volkswagen Golf, Toyota Yaris...
—¿Tiene Lada?
—¿Perdón?
—Lada. Fabricado en Rusia por AvtoVAZ, en Óblast de Samara.
—Eh, no, no tenemos ese modelo.
—Debería. Muy fiable, piezas de repuesto muy baratas.
—De acuerdo.
—Debería recomendar Lada a su jefe.
—Señor, me temo que esas decisiones se toman en nuestra sede central.
—Ah —dijo Dmitry con un suspiro—. Entiendo.
Las cosas no eran tan diferentes como pensaba. Una gran mafia.
Al final alquilaron un Ford Fiesta, y mientras subían al pequeño coche y empezaban a buscar un hotel, Lexy se sintió aún más vulnerable y sola.
Dmitry la trataba como si fuera un estorbo.
Una vez más la invadió esa horrible sensación paralizante de que a nadie en el mundo le importaba ella ni su bebé.
Miró al grandullón ruso con aspecto de oso, con su chaqueta de cuero negro y su gorra de conductor.
Era un buen hombre. Aburrido y quizá no muy guapo, pero bueno, honesto y fiable, y Lexy empezaba a comprender que encontrar a un hombre así en este mundo cruel no era fácil.
Cuando recuperara a Pablo —y lo recuperaría— necesitaría a alguien que hiciera de padre para su hijo. Un niño necesitaba un padre.
Volvió a mirar a Dmitry mientras conducía despacio bordeando el aeropuerto, observando los distintos hoteles por las ventanillas y murmurando para sí en ruso.
Sabía que estaba casado; cuando estaban en Rusia, le había hablado con orgullo de su esposa y de su hija, que era médica.
También sabía que los hombres casados de mediana edad solían aburrirse de sus esposas, sobre todo en lo sexual, y buscaban sustitutas más jóvenes.
Y la hija de Dmitry ya era adulta y tenía su carrera, así que él no tenía otras ataduras.
—Este hotel parece barato —dijo, y entró en el acceso de un edificio cuadrado de cinco plantas.
—¿Por qué todo tiene que ser tan barato?
—Porque Janyet confía en que no gaste demasiado dinero.
—¿Y por qué siempre la llamas Janet? Su nombre es Elaine.
—Para mí siempre es Janyet. Además, tú siempre dices «Xavier» cuando hablas de Giorgio Cattoretti.
Tenía razón. Aun así, muchas cosas de Dmitry la irritaban.
Supuso que Xavier la había malacostumbrado.
Cuando Dmitry se acercó al mostrador de recepción del hotel, se sintió un poco nervioso. ¿Qué cosas extrañas le esperaban allí, en un hotel sueco? ¿Le abrirían la cama y le dejarían bombones en la almohada, como habían hecho en el de San Petersburgo?
—¿Cuánto cuestan las habitaciones? —preguntó Dmitry con cautela al empleado detrás del mostrador.
El hombre de mediana edad miró a Lexy y luego de nuevo a Dmitry.
—¿Sería una habitación doble?
—Nyet, dos habitaciones. Una para mí y otra para mi hija.
Elaine había sugerido que se hicieran pasar por padre e hija excepto cuando estuvieran investigando los movimientos de Cattoretti.
—Y no habitaciones para zares —añadió Dmitry—, solo para gente corriente.
El empleado enarcó una ceja y citó el precio. A Dmitry casi le dio un infarto, pero la cantidad estaba en coronas suecas. Cuando hizo la conversión mental a dólares estadounidenses, no era ni de lejos tanto como había temido.
—¿Qué hay de la seguridad? —preguntó Dmitry.
—¿Seguridad?
—¿Qué presidentes estadounidenses se han alojado aquí, por ejemplo?
—Eh, no sabría decirle sobre presidentes estadounidenses, pero tenemos una seguridad excelente. Cámaras en todos los pasillos, los códigos de las tarjetas se cambian con cada huésped nuevo, hay un guardia de servicio las veinticuatro horas...
Dmitry no estaba convencido, pero supuso que tendría que valer. El empleado empezó a teclear.
—¿Podemos tener habitaciones comunicadas? —dijo Lexy, acercándose un poco más a Dmitry.
Él la miró.
—¿Qué significa eso, Hija? ¿Habitaciones comunicadas?
—Dos habitaciones con una puerta entre ellas, Papá.
Dmitry miró de nuevo al empleado, incómodo.
—Hija, ¿no puedes caminar dos metros por el pasillo si me necesitas?
—Es más práctico, Papá.
El empleado esbozó una leve sonrisa mientras escuchaba aquel intercambio forzado. Dijo con simpatía:
—Descubrirá que los suecos somos muy abiertos de mente y progresistas.
Dmitry frunció el ceño.
—¿Quiere decir que tienen agua caliente las veinticuatro horas?
Poco después de que se instalaran y Dmitry cerrara la puerta que comunicaba las habitaciones, Lexy llamó suavemente.
—Da? —dijo él, abriendo la puerta y mirándola con los ojos entornados. Ya se había desvestido y llevaba una camiseta y unos bóxers arrugados.
—No puedo dormir. No sé cómo encender la tele.
Él se acercó al escritorio, cogió el mando a distancia y pulsó el botón de encendido.
—Ahí está. Cambias de canal con estos botones. ¿Ves?
Se dio la vuelta para volver a su habitación.
—¿Quieres ver...?
Él cerró la puerta, dejándola con la palabra en la boca.
Unos minutos después, Lexy volvió a llamar. Se había quitado los vaqueros y la blusa y ahora solo llevaba una camiseta que apenas contenía sus pechos y le cubría justo hasta las caderas.
—Da? —dijo él, mirándola de nuevo con los ojos entornados.
—Me molesta mucho el cuello —dijo ella, dándose la vuelta y levantándose el pelo para dejarlo al descubierto—. ¿Está hinchado por ese lado? A veces se me inflama por el frío... había corriente en el avión.
Esperó a que la tocara, conteniendo la respiración, y entonces lo oyó coger el teléfono.
—¿Hola? Sí, ¿es posible tener un masaje ahora? —Hizo una pausa—. Ah, entiendo.
Colgó y dijo:
—No es posible masaje hasta mañana por la mañana. Pero espera...
Pasó junto a ella y entró en su habitación, dejando la puerta abierta.
Lexy estaba medio de espaldas a la puerta, todavía sujetándose el pelo en alto.
Dmitry extendió su brazo grande por encima del hombro de ella.
—Esto debería ayudar.
Le dejó caer dos aspirinas en la mano.
—Pero tú podrías...
Él cerró la puerta.
Lexy decidió que quizás no resultaba lo bastante atractiva, así que se duchó, se lavó y secó el pelo, se puso el albornoz blanco del hotel, se maquilló un poco y se pintó los labios de rojo, y se echó perfume detrás de las orejas y entre los pechos.
Se miró en el espejo, satisfecha de lo sexy que estaba, y volvió a llamar a la puerta.
—Da —suspiró él, mirándola otra vez con los ojos entornados.
—Tengo frío y mi radiador no parece funcionar. ¿Puedes mirarlo?
Sin siquiera volver a mirarla, Dmitry se acercó a la ventana y se agachó, buscando la ruedecilla de la válvula.
—Está justo ahí —dijo ella, inclinándose sobre él y señalando. Sus pechos «accidentalmente» se salieron del albornoz y el izquierdo le golpeó en la mejilla.
Sin dejar de manipular la válvula, él levantó la mano y se rascó la mejilla como si se le hubiera posado una mosca.
—La válvula está abierta ahora. Quizás la giraste en la dirección equivocada.
Volvió a su habitación y cerró la puerta.
Lexy estaba tan furiosa y humillada que apenas pudo dormir. Había hecho el ridículo más absoluto. ¡Había hecho todo lo posible para seducirlo excepto meterle la mano entre las piernas y agarrarle la hombría!
Sabía que era hermosa: en Chipre, Xavier la había elegido como su amante y ama de llaves entre docenas de chicas. O al menos eso creía.
¡El estúpido taxista ruso! Ningún hombre podía ser tan corto.
Ella y Dmitry se encontraron por la mañana a las seis, en el restaurante del hotel, para estar en los mostradores de alquiler de coches en cuanto abrieran.
Cada uno se sirvió por separado en el bufé y comieron unos minutos en silencio.
Dmitry intentó entablar conversación sobre la comida y lo que tenían que hacer ese día.
Lexy respondió con monosílabos y tono apagado.
Cuando subieron al coche, Dmitry metió la llave en el contacto, pero luego se recostó en el asiento, mirando al frente.
—Lexy, eres una chica muy guapa y sexy. No es porque esté casado. Es porque soy leal a Janyet, y sé que a ella no le gustaría.
Lexy se giró y lo miró. Él arrancó el coche y salió del aparcamiento. Sus palabras aliviaron un poco el escozor.
Sin embargo, esto no duró mucho.
Para cuando llegaron al aeropuerto, Lexy se sentía aún peor que antes.
Todo el mundo estaba en su contra.