Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 109
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Eran casi las nueve en Provenza-Alpes-Costa Azul.

Elaine tenía un dolor de cabeza insoportable y los ojos enrojecidos de haber trabajado en el ordenador todo el día.

Después de enviar a Lexy a Suecia a primera hora de la tarde, había empezado a llamar a propiedades de alquiler vacacional por todo el sur de Francia, comprobando la disponibilidad para la semana siguiente y, si estaban ocupadas,

probando distintas estrategias para intentar averiguar si Giorgio Cattoretti podría ser el inquilino actual.

Elaine había llegado a la conclusión de que probablemente ese había sido el plan de Giorgio: alquilar un alojamiento con suficiente privacidad para retener a Tony como rehén, lo bastante cerca de su casa para organizar el encuentro que quería,

pero lo suficientemente lejos como para resultar difícil de localizar.

El problema era que había miles de villas de ese tipo en alquiler repartidas por todo el sur de Francia. Como el Gato estaba forrado gracias al robo de arte ruso, empezó por las más caras y fue descendiendo.

Pero era un proceso lento. Algunos propietarios no contestaban, y otros se mostraban reacios a dar información. Y sin Tony para cuidar de Ryan y Amelia, a Elaine le costaba concentrarse. Tener a Tony cerca la había malacostumbrado.

Elaine echó un vistazo al teléfono desechable que Cattoretti había dejado en su escritorio. Estaba allí, inactivo, enchufado a un cargador. La nota que lo acompañaba estaba debajo, tapando su nombre. Ver ELAINE escrito con la caligrafía fluida y extravagante de Cattoretti le provocaba escalofríos.

El teléfono de su escritorio sonó y dio un respingo. Era el fijo, que habían reparado esa mañana.

Elaine lo cogió con cautela.

—Allô? —dijo, respondiendo al estilo francés y disimulando la voz.

—Hola, muñeca, ¿cómo estás? —Era Luna. Su tono grave y profundo hizo que Elaine sintiera una cálida oleada de alivio.

—Cansada. ¿Y tú?

—Voy de vuelta del aeropuerto. Tengo buenas y malas noticias. ¿Cuáles quieres primero?

Elaine suspiró.

—Las buenas noticias, por favor.

—Cattoretti llegó aquí en avión, eso seguro, y alquiló un coche en el aeropuerto.

Por fin conseguí una identificación positiva de un empleado de uno de los mostradores de alquiler de coches que acaba de entrar de turno.

Saqué su foto de la cámara de seguridad de enfrente y la rastreé hasta las cámaras de recogida de equipaje.

Todavía no sé con qué seudónimo viajó, pero era el Gato sin duda.

Llevaba gafas oscuras y el empleado recuerda haberse fijado en un ojo izquierdo falso.

—¡Eso es genial! —dijo Elaine, animándose—. ¡Fantástico trabajo, Luna!

—Tengo la marca del coche, el modelo, todo. Pero el vehículo no tiene GPS, es un modelo económico, así que no se puede rastrear, por desgracia.

—¿Esas son las malas noticias?

—No. Las malas noticias son que es un Renault Clio, color blanco.

Elaine estaba confundida.

—¿Por qué son malas noticias?

—Porque el Renault Clio es el coche más popular de Francia, y el blanco es el color más popular. Hay más de medio millón de esas cajitas de hojalata circulando por las carreteras de este país, así que encontrarlo será como buscar una aguja en un pajar.

Cuando Nick y los tres supuestos hombres de operaciones especiales volvieron al motel en Lituania, todos fueron al restaurante y cenaron copiosamente. Los platos eran de estilo lituano: carne y patatas servidas con ensaladas finamente picadas y pan «negro».

Nick se dio cuenta de que no tenía mucho apetito.

Le preocupaba aún más saber que los tres hombres que Raj había enviado para ayudarlo eran mercenarios.

Ahora comprendía que no podía confiar en ellos.

El plan era separarse a la mañana siguiente y comprobar los principales aeropuertos y estaciones de tren de los tres países bálticos para ver si podían seguir el rastro de Cattoretti.

Pero durante el viaje de vuelta, le había asaltado un pensamiento alarmante: ¿qué pasaría si uno de ellos se encontraba con Giorgio Cattoretti por su cuenta, o Cattoretti contactaba con ellos de alguna manera antes de que Nick pudiera localizarlo?

Giorgio Cattoretti tenía dinero de sobra para gastar como le diera la gana. Podía superar con creces lo que Raj les estuviera pagando.

Entonces se preguntó si Cattoretti ya podría haberse puesto en contacto con uno de ellos...

«¿Me estoy volviendo paranoico?», pensó, observando a los tres hombres mientras se preparaban para dormir un poco.

Zack rebuscaba en su bolsa de lona una camiseta.

Andrey se dirigía al baño para ducharse; aparentemente era el único de los tres que consideraba importante la higiene personal.

Los otros dos apestaban y les daba igual.

Marcel estaba sentado en el borde de la cama contigua a la de Nick, que estaba cerca de la puerta.

Marcel hablaba en voz baja en francés por teléfono, con su esposa. Supuestamente.

Nick se sorprendió preguntándose si Cattoretti sabría hablar francés...

Decidió que necesitaba un cigarrillo; con suerte le aclararía la cabeza y pondría fin a esos pensamientos paranoicos.

—Voy a bajar al vestíbulo a comprar agua —dijo—. ¿Necesitáis algo, chicos?

—Yo tengo mucha agua, bruva —dijo Zack, sacando una botella de plástico. Se la ofreció a Nick. Estaba a tres cuartos; ya la habían abierto.

—Quería decir una Coca-Cola —murmuró Nick, odiándose a sí mismo por pensar que el británico podría querer envenenarlo.

Cuando Nick regresó unos minutos más tarde con una lata de Coca-Cola en la mano, estaba igual de tenso que antes; la nicotina no había ayudado en absoluto.

Se quitó los vaqueros a regañadientes y se metió en la cama, aún más molesto consigo mismo por sus pensamientos oscuros.

Sin embargo, no podía ignorarlos. Siempre había tenido un sexto sentido para detectar el peligro, y eso era en parte lo que lo había mantenido vivo durante todas las extracciones exitosas que había llevado a cabo.

Algo no iba bien, eso seguro.

Andrey salió del baño con una toalla envuelta alrededor de la cintura, el cabello corto y el rostro bien afeitado todavía húmedos. Tenía el torso musculoso completamente cubierto de tatuajes. Eran de esos de líneas finas, tinta negra, hechos con una cuerda de guitarra. En prisión.

Miró a Nick, luego tomó otra toalla y comenzó a secarse la cabeza.

«No significa nada», se dijo Nick. Casi antes de terminar el pensamiento, Marcel retiró la colcha de su cama. Al ajustar la almohada, Nick vislumbró un cuchillo debajo.

—Oye —gruñó Andrey a Marcel—. Esa es mi cama.

Marcel se volvió y frunció el ceño.

—No veo tu nombre en ella, Russkey.

—Tu cama está allí —dijo Andrey, señalando—. ¡Donde ya te sentaste y la ensuciaste!

Nick se incorporó un poco, sorprendido. Era lo más que había dicho Andrey desde su llegada.

Por un segundo, Nick pensó que los dos podrían llegar a las manos, pero Marcel finalmente cedió, refunfuñando.

Sus ojos se encontraron con los de Nick mientras agarraba su almohada —debió de recogerla junto con el cuchillo con su manaza, porque el arma ya no estaba allí.

Se dirigió a la cama más alejada y se tumbó en ella; su voluminosa corpulencia hizo gemir los resortes del colchón.

Andrey se puso unos calzoncillos, se acercó a la cama contigua a la de Nick y se metió bajo las sábanas.

—Spokoynoy nochi —dijo mientras se giraba hacia Nick, justo antes de cerrar los ojos.

¿Había una sonrisa cómplice en sus labios?

En cuanto los tres hombres estuvieron dormidos, o fingiendo estarlo, Nick se levantó en silencio en la oscuridad y recuperó su Glock, que deslizó bajo la almohada.

No pegó ojo en toda la noche.