Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 108 #2
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La parte trasera estaba llena de trastos: latas de refresco vacías, cuerda, unas tablas que Nick supuso servían para cargar y descargar la moto de nieve que había usado Cattoretti.

Había hielo sucio acumulado por todas partes, del agua que había inundado la furgoneta al hundirse. En resumen, un desastre.

—¿Qué estamos buscando? —preguntó Marcel, revolviendo los escombros sueltos.

—Cualquier cosa que pueda decirnos adónde fue después.

Zack intentaba abrir la puerta del conductor.

—Yo revisaré la parte delantera —le gritó Nick, arrastrándose rápidamente sobre el asiento del pasajero. No iba a dejar que ese idiota registrara la parte más importante del vehículo.

Nick golpeó la guantera hasta que consiguió abrirla: estaba mojada y helada por dentro.

Sacó con cuidado unos papeles y comprobó que la furgoneta se había alquilado en Rusia.

La policía lituana ya lo sabía, por supuesto.

Elaine le había dicho que ya habían registrado la furgoneta antes de enterarse de la Difusión Roja, y habían informado de que no había «nada importante» dentro.

Les había pedido que lo dejaran todo exactamente como lo habían encontrado, y Nick esperaba que así lo hubieran hecho, aunque lo dudaba.

—¿Qué es esto? —dijo Marcel, pasándole un papel a Nick.

Era una especie de recibo escrito a mano en ruso.

Tras estudiarlo con la linterna, se dio cuenta de que era de la compra de fuegos artificiales profesionales.

Recordó que Elaine le había contado que Cattoretti había montado su propio espectáculo pirotécnico para despistar a un helicóptero en San Petersburgo.

—No es nada —dijo, pero se guardó el papel en el bolsillo.

Nick revisó todos los compartimentos y luego miró con cuidado debajo de ambos asientos, gruñendo, alumbrándose con la linterna y palpando cada rincón.

Sus dedos tocaron algo que se movió... parecía algún tipo de dispositivo electrónico. Costaba alcanzarlo, pero al final lo sacó.

Un teléfono móvil.

Al examinarlo con la linterna, vio que era un teléfono desechable, obviamente estropeado por el agua del estanque. Pero los técnicos quizá pudieran recuperar los números de las llamadas realizadas y recibidas. También podría haber mensajes de texto intactos en la memoria.

Nick notó que Marcel se había quedado inmóvil. Al volverse, lo pilló guardándose algo en el bolsillo de los vaqueros.

—Eh, ¿qué es eso? —espetó Nick.

—¿Qué? —dijo Marcel con cara de inocente.

—¿Qué te acabas de meter en el bolsillo? —Nick apuntó la linterna hacia él.

—No es nada.

Nick se alarmó.

—¿Qué demonios es? —dijo mientras metía la mano bajo la parka para alcanzar su arma.

—No es nada —repitió Marcel con naturalidad, y sacó lo que parecía un pequeño trozo de papel.

—Dámelo —dijo Nick, y Marcel se lo pasó.

Nick lo iluminó con la linterna.

Era una banda de papel de las que usan los bancos para agrupar billetes. En la parte superior llevaba impreso €25.000, la nomenclatura rusa para 25.000 euros.

Nick alzó la vista hacia el rostro barbudo de Marcel. El hombre le sostuvo la mirada, inexpresivo.

De pronto, Nick lo comprendió todo. La revelación le golpeó de lleno, como si la furgoneta entera con todo su contenido acabara de desplomarse sobre su cabeza.

Esos tipos no eran de las Fuerzas de Operaciones Especiales de la OTAN.

Eran mercenarios, sin duda.

Los tres.

Contratados por Raj.

¡Maldito Raj!

—¿Qué pasa, bruva? —dijo Zack.

Él y Andrey estaban junto a las puertas traseras abiertas de la furgoneta.

—Nada.

Nick y Marcel intercambiaron otra larga mirada en silencio.

Nick se guardó la banda de papel en el bolsillo.

—Ya hemos terminado aquí, chicos. Vámonos.

Ninguno de ellos habló mientras Nick conducía el todoterreno por la autopista hacia Vilna.

Había decidido que la forma más rápida de recuperar cualquier dato que pudiera quedar intacto en el teléfono móvil era enviarlo por mensajería urgente a la oficina de campo del Servicio Secreto en Londres,

donde tenían una unidad del ECTF —Grupo de Trabajo de Delitos Electrónicos— y todo el equipo de última generación necesario.

Nick estaba profundamente preocupado por lo que había descubierto sobre los tres hombres hacía unos minutos.

Los mercenarios solo eran leales a una cosa: sus cuentas bancarias.

Muchos de esos tipos trabajarían sin problemas para «los malditos musulmanes» o para cualquier otro, siempre que el precio fuera bueno.

Lo que más le molestaba a Nick era por qué Raj los había enviado. Raj había dicho que había agotado todos sus favores en este caso. ¿Eran esos payasos lo mejor que había podido conseguir?

Nick miró por el retrovisor a Zack, que iba sentado en el asiento trasero con la vista fija en la ventana y un puro en la boca. No era de extrañar que hubiera alquilado el Hummer, ni que todos fueran tan evasivos sobre su base de operaciones.

Nick se preguntó cuánto les estarían pagando, y quién exactamente.

Y cuáles eran sus órdenes. Recordó cómo habían reaccionado en el motel cuando les dijo que Giorgio Cattoretti —o más bien, Tariq Eassa— tenía que ser capturado vivo.

¿Conocían la verdadera identidad del hombre al que perseguían?

¿Sabían cuánto dinero podía haber escondido en Lituania?

Ahora Nick empezaba a sospechar de los motivos de Raj...

Se preguntó si debería advertir a Elaine. Pero de momento no tenía suficiente información, y ella ya estaba bastante estresada.

Zack vio que Nick lo observaba a través del espejo.

Nick apartó la mirada rápidamente y se concentró en la carretera.

Ahora se alegraba de haber alquilado solo una habitación de motel. No pensaba perderlos de vista.