Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 108
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Nick LaGrange estaba en Lituania, a unos cincuenta kilómetros al norte de Vilna, no muy lejos de donde habían encontrado la furgoneta GAZelle.

Se había alojado en la versión lituana de un motel, un edificio alargado de dos plantas con puertas que daban a balcones.

Un corredor recorría ambas plantas y permitía ver el aparcamiento y la carretera.

Para acceder a los corredores y las escaleras había que usar la llave de la habitación en las verjas de hierro forjado de ambos extremos.

El lugar parecía casi nuevo, con solo unos pocos coches aparcados en los extremos del edificio, de huéspedes que buscaban el acceso más fácil a las habitaciones.

Nick eligió una habitación en el centro de la segunda planta por la privacidad y porque desde la ventana se veía casi todo el aparcamiento y la carretera.

Había planeado ir directamente a la granja donde habían encontrado la furgoneta de Cattoretti, pero después de llamar a Raj y ponerlo al corriente, había cambiado de opinión: esperaba a que llegaran primero los tres operativos de las fuerzas especiales de la OTAN.

Debían llegar a las quince horas, las tres de la tarde.

El motel probablemente tendría que servir de base de operaciones durante las próximas veinticuatro horas, como mínimo.

Nick divisó un Hummer negro que se dirigía hacia el norte por la carretera. Redujo la velocidad, giró de repente hacia el aparcamiento, derrapando en el aguanieve, y se detuvo justo debajo de donde Nick estaba en el balcón.

La puerta se abrió y asomaron unas piernas con vaqueros desteñidos metidos en botas de combate.

Luego apareció el resto del hombre. Tenía la piel morena y el pelo negro rizado, con un bigote hirsuto y la colilla de un puro entre los labios.

Miró hacia Nick mientras arrastraba una gran bolsa de lona de la parte trasera.

—¿Me estás esperando, bruva? —gritó, con un acento que a Nick le sonó del este de Londres.

—Puede ser. ¿Cómo te llamas?

—Zack.

Para identificarlos, Raj solo le había dado tres nombres, sin más información salvo que uno era británico, otro francés y el tercero letón.

Le lanzó a Zack una de las tarjetas llave de la habitación: había conseguido cuatro, una para cada uno.

El inglés no tardó en aparecer en la segunda planta, arrastrando la bolsa de lona, que tintineaba.

Llevaba una chaqueta de cuero negro sobre una sudadera y una gruesa cadena de oro al cuello.

De cerca, Nick vio que tenía unos dientes de conejo tan pronunciados que parecían empujar el bigote hirsuto hacia fuera.

Debía de tener raíces de Oriente Medio, o quizás era judío o griego.

—¿Dónde has conseguido esas ruedas tan elegantes? —dijo Nick.

—Alquilé el Humma en el aeropuerto, bruva —Zack sonrió, mirando el vehículo ancho y bajo—. Está guapo, ¿no?

A Nick le pareció extraño que un tipo de Operaciones Especiales lo llamara «bruva» o alquilara un Hummer de su bolsillo para una misión: tenía que haber sido caro, y Raj desde luego no lo habría autorizado.

Antes de que Nick pudiera decir nada más, otro coche redujo la velocidad en la carretera.

Era un utilitario pequeño de dos puertas.

A la luz gris de la tarde, Nick distinguió una cabeza inclinada hacia delante que los observaba a través del parabrisas, y luego el conductor se detuvo junto al Hummer.

El hombre de dentro era tan enorme que parecía llenar todo el coche.

El pequeño vehículo se balanceó aparatosamente cuando salió.

Parecía un motero: corpulento, con una barba negra tupida, vestido con una chaqueta vaquera sucia y unos vaqueros aún más sucios.

Tenía los brazos y los hombros enormes, la cabeza rapada y nada de cuello.

Parecía capaz de comerse a la gente para desayunar.

—¿Puedes ver el Polo Norte desde ahí arriba? —dijo. Su voz profunda era una especie de gruñido, con un acento francés espeso y gutural—. Hace tanto frío que se me está congelando la polla.

—¿Cómo te llamas? —dijo Nick.

—Marcel —ladró, como si Nick fuera a discutírselo. Arrastró una bolsa de lona tintineante del maletero y el pequeño coche volvió a balancearse. Nick le lanzó una de las tarjetas magnéticas.

Mientras el francés gigantesco subía pesadamente a la segunda planta, Nick divisó a un hombre que caminaba por la carretera, que había girado y cruzaba el aparcamiento en su dirección con una bolsa de lona colgada del hombro.

Llevaba un uniforme de camuflaje verde bajo un abrigo militar de estilo de Europa del Este y un gorro de lana negro.

El hombre llegó al balcón y los miró. Tenía una cara triangular, eslava. No habló.

—¿Qué estás mirando, bruva? —dijo Zack.

Tenía unos ojos azules helados. Pasaron de la cara de Zack a la de Marcel y finalmente a la de Nick.

—¿Cómo te llamas? —dijo Nick.

—Andrey —dijo, marcando la erre. Al ser letón, debería haber dicho «Andrejs», pero probablemente lo anglicizaba para que Nick lo entendiera.

—¿De dónde demonios has salido? —preguntó Nick, volviendo la vista hacia la carretera.

—Avtobus —señaló carretera arriba, hacia una parada de autobús que Nick había visto al llegar.

A Nick le pareció extraño que Andrey hubiera venido en autobús público, pero no tenía información de Raj sobre cómo iban a llegar los hombres, solo que venían de tres bases diferentes de la OTAN.

Nick le lanzó la tarjeta magnética a Andrey.

—Sube aquí para que pueda informaros a todos.

Los cuatro se amontonaron en la habitación del motel y los tres operativos de Operaciones Especiales tiraron todo su equipo al suelo.

A Zack se le abrió la boca al ver que había cuatro camas individuales, dos a un lado de una mesita de noche y dos al otro. Era una habitación familiar. Nick había separado todas las camas y las había dispuesto como en un barracón militar.

—¿Qué mierda es esta, bruva?

—Estás en una misión, no de vacaciones —dijo Nick irritado.

—Pero...

—Tengo frío —dijo Marcel—. ¡Cierra la maldita puerta!

Nick dijo:

—¿Dónde estás destinado?

—En la civilización —gruñó.

«¿Dónde demonios ha encontrado Raj a estos payasos?», se preguntó Nick.

—En serio —dijo Nick a Marcel—. ¿Dónde estás destinado?

—Satory —ladró, como si Nick debiera saberlo. Satory era donde estaba acuartelado el GIGN, las fuerzas especiales francesas.

Nick asintió en dirección a Zack.

—¿Y tú?

—¿A qué vienen tantas preguntas, bruva?

Nick no respondió.

—Mildenhall —dijo Zack de mala gana. Era una base de la Real Fuerza Aérea en Inglaterra.

Nick miró a Andrey.

El hombre no dijo nada.

—¿Dónde estás destinado? —espetó Nick.

Andrey vaciló.

—Lielvārde. —Era una base aérea cerca de Riga.

Nick no entendía por qué los tres se mostraban tan reservados; aquello le irritaba. Era el comandante de la misión, por el amor de Dios.

—Este es el tipo al que buscamos —dijo Nick, y repartió copias de la Difusión Roja de Interpol. Todos la leyeron en silencio.

—Malditos musulmanes —murmuró Zack—. En Londres ya no puedes ni salir a tomarte una pinta sin pisar una alfombra de oración. ¿Qué hizo el tío, cortarle la cabeza a alguien?

—Tiene información que supone una amenaza para la seguridad nacional de Estados Unidos. —«¿Es que ni siquiera sabía leer?»—. Por eso hay que capturarlo vivo.

Marcel enarcó una ceja y su cráneo afeitado se arrugó. Los tres hombres intercambiaron miradas.

—Entendéis que cuando lo encontremos tiene que ser capturado vivo, ¿verdad? —dijo Nick—. Muerto no nos sirve de nada.

—Claro que sí, bruva —dijo Zack.

Marcel asintió.

Nick miró a Andrey, pero este no dijo nada.

—¿Lo entiendes, verdad?

—Da.

Unos minutos después iban en el todoterreno de Nick, acercándose al camino de entrada de la granja donde habían encontrado la furgoneta GAZelle. Ya casi había anochecido.

Los faros del todoterreno iluminaron un coche de la policía lituana aparcado en la entrada, bloqueando el acceso, con dos agentes de tráfico apoyados tranquilamente en los guardabarros, fumando. Ninguno de los dos aparentaba más de veinte años.

Se irguieron cuando el todoterreno giró hacia ellos. Al ver a Marcel en el asiento del copiloto, sus rostros eslavos palidecieron aún más.

Nick les mostró su identificación y los policías apartaron el coche.

Mientras guiaba el todoterreno por el camino de tierra cubierto de nieve, sintió inquietud.

Los tres tipos de operaciones especiales eran más un lastre que una ayuda.

Le incomodaba que Andrey hablara ruso siendo supuestamente letón.

Claro que los rusos étnicos constituían buena parte de la población letona, así que tampoco era tan extraño.

Aun así, algo no le cuadraba con él, ni con ninguno de los tres, en realidad.

La barba espesa de Zack y Marcel le había llamado la atención al principio, pero se recordó que en operaciones especiales las normas eran flexibles en ese aspecto, para que los soldados pudieran pasar por civiles en territorio enemigo.

«Maldita sea», pensó, «estos tipos son mercenarios». No quería creerlo, ni que Raj contratara a gente así.

Doblaron una curva y allí estaba: la furgoneta GAZelle a la intemperie, con el estanque congelado al fondo.

Había un agujero en el hielo de donde la policía la había sacado esa mañana, y parecía volver a congelarse rápidamente.

La furgoneta estaba cubierta de lodo marrón verdoso y helado, con todas las ventanas embadurnadas de porquería.

Una cinta policial de un amarillo chillón envolvía el vehículo una y otra vez, como si fuera un regalo gigantesco.

—Feliz Navidad —bromeó Marcel.

Salieron y probaron las manijas de las puertas: todas estaban congeladas, cosa nada sorprendente.

Zack sacó un mechero y acercó la llama a la manija de la puerta trasera para derretir el hielo.

Nick rodeó la furgoneta buscando huellas, pero era evidente que la policía lituana y los de la grúa lo habían pisoteado todo sin miramientos.

Por un momento pensó que Cattoretti podría no haber estado solo cuando abandonaron la furgoneta, pero descartó esa posibilidad por improbable.

Nick oyó abrirse la puerta trasera y rodeó la furgoneta sacando una linterna.

Él y Marcel, que también llevaba una, se metieron dentro; el enorme francés ocupaba la mitad del espacio.