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A trescientos kilómetros al noreste de la granja de Elaine se extiende una de las zonas más hermosas y vírgenes de Francia, conocida como Ardèche.
El serpenteante río de aguas bravas del mismo nombre desciende desde el Macizo Central, atraviesa la región y desemboca en el Ródano, siendo un destino predilecto de kayakistas y piragüistas.
El río Ardèche es famoso sobre todo por sus espectaculares acantilados de piedra caliza y sus impresionantes gargantas, algunas de las cuales alcanzan los trescientos metros de altura.
Como cabría esperar, cientos de lujosas villas y casas de vacaciones salpican las suaves colinas de la zona.
En la cocina de una de esas villas, Tony preparaba el almuerzo para Giorgio Cattoretti.
Desde la ventana, Tony veía a su antiguo jefe tumbado en una hamaca junto a la piscina, que de vez en cuando se aplicaba una bolsa de hielo en la cara, aún hinchada.
Las primeras horas que pasaron juntos el día anterior habían sido tensas. Tras atravesar la puerta principal con el sedán Ford, Cattoretti había lanzado a Tony al asiento del copiloto de su coche de alquiler y habían viajado hacia el norte, en completo silencio, durante casi una hora.
Cattoretti parecía agitado y alterado. Tenía la mejilla hinchada y daba la impresión de que su único ojo bueno acabaría tan amoratado como el parche que cubría el otro.
Tony tenía la clara impresión de que el hombre quería darle una paliza, y que si no hubiera estado ocupado conduciendo y pendiente de la policía, lo habría hecho.
Por fin, Giorgio habló, y lo hizo en italiano.
—¿Quién es esa puttana negra tan grande? ¿Del Servicio Secreto o qué—
—No hables mal de ella —dijo Tony con fiereza.
Cattoretti pareció sorprendido por la valentía de Tony, y el propio Tony también lo estaba.
Cattoretti se limitó a seguir conduciendo, respirando con dificultad, el aire silbándole por las fosas nasales.
Tony recordó la última vez que había visto a su padre, a los dieciséis años, cuando descubrió que era un «finocchio», un homosexual, y remató el descubrimiento con un puñetazo en la cara que casi le partió los dientes.
Con un tono en el que se mezclaban de forma inquietante la angustia y la ira, Cattoretti dijo:
—¿Por qué, Tony? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? ¿Por qué me has traicionado?
Tony tragó saliva con dificultad. Lo embargaba un torbellino de emociones contradictorias.
Estaba furioso con Cattoretti por aparecer y arruinar su nueva y apacible vida con Elaine, Nick y los niños, pero a la vez una parte de él se había hundido en una profunda desesperación: siempre había sabido que Giorgio acabaría yendo a por él.
Cuando Elaine y Nick lo acogieron, lo supo.
Cuando instalaron el costoso sistema de seguridad en la granja, lo supo.
Y cuando Elaine se marchó a Rusia la semana pasada, también lo supo, de algún modo, y que la inevitable visita era inminente.
Era la verdad: no había nada más que añadir.
—Signore, yo no lo traicioné —respondió Tony con voz débil y tensa—. Sabía que en Fontanella todo había terminado para usted, y Nick seguía vivo, así que lo liberé.
Cattoretti gruñó, alzó el puño y lo estrelló contra el salpicadero, agrietando el revestimiento de plástico. Tony dio un respingo y el coche se desvió ligeramente.
Giorgio no volvió a hablar en un buen rato. Seguía respirando con dificultad, como si luchara por contener su genio. El navegador GPS rompió por fin el incómodo silencio con un pitido. Estaban en medio de la nada.
Cattoretti giró de repente por un camino de tierra y frenó en seco.
A Tony se le aceleró el corazón cuando Giorgio bajó del coche.
—¿Qué haces? —preguntó Tony con nerviosismo, pero Cattoretti no respondió.
Abrió de un tirón la puerta trasera, rebuscó en una maleta y empezó a cambiarse la chaqueta deportiva y los pantalones ensangrentados por ropa limpia. Se limpió la cara con una botella de agua y una camiseta. También se quitó el parche del ojo y se puso unas gafas graduadas de cristales tintados.
Volvió a subir al coche con un aspecto más humano y algo más relajado. Tony no dijo nada. Tras dar marcha atrás hasta la carretera, condujo otro minuto consultando el navegador y se detuvo frente a una casa aislada con un llamativo letrero rojo junto al buzón que decía «VILLA RENTAL» en inglés.
Cattoretti aparcó en el camino de entrada. Miró a Tony un momento con su único ojo.
—Borrón y cuenta nueva —dijo, y le tendió la mano.
Tony se la estrechó a regañadientes.
Cattoretti sacó unas esposas de la guantera y dijo:
—Siento tener que hacer esto, pero es lo mejor.
Le cerró un brazalete plateado en la delgada muñeca, le bajó el brazo y enganchó el otro brazalete a la manilla de la puerta del copiloto.
Luego entró en la casa y, por lo visto, pagó el alquiler de la villa en la que se encontraban ahora.
La casa era magnífica, moderna y de diseño singular, con cuatro dormitorios, patios soleados y elegantes mesas de cristal repartidas alrededor de la piscina y la terraza.
La piscina en sí era espectacular. Tres de sus lados estaban flanqueados por esculturas posmodernas, y el lado opuesto era en realidad un rebosadero que creaba la ilusión de que el agua caía directamente hacia una de las gargantas de Ardèche, a lo lejos.
Desde que llegaron a la casa, Cattoretti había tratado a Tony como a un animal: lo había esposado a una tubería del sótano mientras él iba a un mercado local a comprar carne fresca, marisco, fruta, verdura y vino suficientes para alimentarlos a los dos durante un par de semanas.
La noche anterior, al acostarse, Tony había dormido con la muñeca esposada al cabecero de la cama en uno de los dormitorios más pequeños.
—Aquí tienes —dijo Tony con voz inexpresiva, mientras dejaba los platos que había preparado para el almuerzo en una reluciente mesa de cristal del patio, junto a la piscina.
Cattoretti casi saltó de la tumbona con una sonrisa de oreja a oreja y enseguida se sentó a comer. Tony había preparado gambas con pancetta y romero de aperitivo, y ossobuco, jarrete de ternera estofado, de plato principal, con una rica salsa que Cattoretti rebañó con pan filone recién horneado.
—Dios mío —gimió extasiado—. ¡Cuánto echaba de menos tu cocina!
Tony esbozó una sonrisa forzada y, aunque le repugnaba admitirlo, una parte de él se sentía halagada por el cumplido.
Había fantaseado con envenenar a Cattoretti, o al menos con preparar una comida tan espantosa que le provocara vómitos.
Pero Tony era tan incapaz de cocinar mal como una cebra de perder sus rayas.
Cada vez que cocinaba, cada bocado era para él una obra de arte.
Se habría sentido igual de satisfecho aunque hubiera sido Adolf Hitler quien estuviera allí sentado alabando su cocina en lugar de Giorgio Cattoretti, si bien a estas alturas Tony no estaba seguro de que hubiera mucha diferencia entre ambos.
Además, no había encontrado nada en la casa con lo que envenenarlo.
—Esto es como en los viejos tiempos, ¿eh? —dijo Cattoretti mientras empezaba a comer la ternera despacio, saboreando cada bocado.
—Sí —murmuró Tony. Se quedó allí de pie junto a la piscina, con el delantal puesto, observando.
Intuía que Cattoretti quería que se quedara y no encontraba el valor para marcharse.
Y, en el fondo, echaba de menos las lujosas fiestas que siempre se celebraban en el castillo, y preparar aquellos suntuosos banquetes.
—¿Sabías, Tony, que pasé un mes entero solo en el bosque después del desastre de Fontanella?
—No, no lo sabía.
—Es cierto —se rio Cattoretti, mojando un trozo de pan en la salsa—.
Viví de lo que daba la tierra: pescaba, recogía frutas y bayas silvestres...
todo eso de volver a la naturaleza. Y en parte te debo a ti haber sobrevivido, o al menos no haberlo pasado tan mal como podría haberlo pasado.
Pude cocinar platos bastante sabrosos gracias a lo que había aprendido durante nuestros años juntos.
Tony asintió. Le daba exactamente igual.
—Conseguí el aceite de oliva y la sartén en un vertedero, y me sentí afortunado de vivir justo al lado de uno —soltó una carcajada—. ¿Puedes creerlo, Tony? ¡Yo, Giorgio Cattoretti, encantado de vivir al lado de un vertedero!
Tony negó con la cabeza, intentando sonreír, pero pensaba: «ahí es exactamente donde deberías estar, en un vertedero».
Cattoretti lo miró fijamente durante un largo rato. Masticó más despacio y dejó el cuchillo y el tenedor con lentitud. De algún modo parecía haber captado la animosidad apenas disimulada de Tony.
—La única razón por la que te dejo vivir, maldito traidor desagradecido, es porque necesito reunirme con Elaine Brogan, y secuestrarte era la única forma de conseguirlo.
Tony tragó saliva.
—Cuando la llame, más te vale rezarle a la Virgen María para que venga sola. Y ahora, fuera de mi vista, pequeño finocchio; me das asco.
Después de que Tony se alejara, Giorgio Cattoretti se puso a pensar en Nick LaGrange.
Se preguntó si el Artista ya habría terminado su «retrato».