Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 99
84%

99

Cattoretti caminó lentamente alrededor de la sala de seguridad, absorto en sus pensamientos. No tenía ni idea de cómo entrar; parecía del todo impenetrable. Pero encontraría la manera. Siempre había una manera.

Mientras inspeccionaba las paredes de acero en la parte inferior y superior, donde estaban empotradas en el suelo y el techo de piedra, sonrió para sus adentros.

Esta supuesta sala de seguridad era como un monumento de alta tecnología en su honor, ya que Elaine obviamente la había construido pensando en él.

Le complacía saber que ella se había tomado tantas molestias por él, que tenía tanta fe en su capacidad de sobrevivir a la caída al mar Mediterráneo, y encima con un abrecartas clavado en el ojo.

Que una mujer tan hermosa e inteligente creyera tan firmemente en él le llegaba al corazón.

Se dijo que tenía que darle un vuelco a este problema, tal como había hecho cuando planeó el robo del Museo del Hermitage.

En lugar de intentar encontrar una manera de entrar en la Sala Picasso, lo cual había parecido casi imposible, había engañado al conservador para que no solo lo invitara a entrar, sino para que vigilara las puertas mientras él se llevaba todas aquellas obras maestras de valor incalculable.

Tenía que conseguir, de algún modo, que esas personas salieran de la sala de seguridad por su propia voluntad. Pero ¿cómo?

Ya había considerado prender fuego a la casa, la solución obvia, pero eso atraería mucha atención: los bomberos locales y la policía podrían aparecer mucho antes de que la sala de seguridad se volviera insoportable para ellos.

Además, si el fuego cortaba la electricidad —cosa que ocurriría—, la puerta de acero podría no abrirse.

Sabía que funcionaba eléctricamente y no tenía forma de saber si podía abrirse manualmente desde el interior.

Si tuviera explosivos, podría intentar volar la puerta. Pero no tenía explosivos.

Si la habitación estuviera a nivel del suelo, podría intentar estrellar uno de los Ford del exterior contra la pared. Pero la habitación era subterránea.

«Piensa», se dijo. Su intuición le indicaba que había alguna otra manera.

Podría ahumarlos para que salieran, pero no encontraba ninguna rejilla de ventilación.

El Gato recorrió de nuevo las paredes, inspeccionando la construcción, pero no encontró rastro alguno de una rejilla de ventilación: las paredes de acero eran completamente sólidas.

Sin embargo, tenía que haber aire entrando por algún lado, ya fuera por el techo o por el suelo de la sala de seguridad. Probablemente por el techo, pensó.

Subió las escaleras para echar un vistazo.