Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 97
82%

97

Se desató el caos dentro de la casa de campo.

—¡Moveos, moveos, moveos! —gritó Luna, blandiendo el arma hacia la puerta de la cocina que daba al cuarto de seguridad.

Tony la miró con los ojos desorbitados, con Amelia llorando en sus brazos. Luna acababa de tirar a Lexy boca abajo contra el suelo y le ataba las muñecas bruscamente con una brida de plástico.

—¡No hice nada! —gritó Lexy.

—¡Baja al cuarto de seguridad! —le repitió Luna a Tony mientras levantaba a Lexy de un tirón.

—No puedes tratarme así. Yo...

—¡Cállate!

—Vamos, andando —le dijo Tony a Ryan, que estaba allí plantado con la boca abierta, con cara de aturdido, aferrando el camión de bomberos de juguete.

Luna abrió la puerta del sótano y bajaron las escaleras en fila india; Luna sujetaba con fuerza el brazo de Lexy.

—¿Por qué bajamos aquí? —preguntó Ryan con vocecita asustada.

Nadie le respondió. Al llegar al pie de las escaleras, Luna se adelantó y encendió la luz sin soltar el brazo de Lexy.

Miró a su alrededor con nerviosismo, el arma en la mano izquierda, y tecleó rápidamente el código en la cerradura de la puerta del cuarto de seguridad.

Sonó un pitido y el pesado panel de acero se abrió deslizándose.

Todos entraron en fila. Luna pulsó el gran botón rojo y la puerta volvió a cerrarse con un golpe sordo mientras los cerrojos encajaban en su lugar.

Algo más aliviada, miró hacia los monitores de vídeo.

Todo estaba en calma: no detectó movimiento en ninguna de las cámaras de la casa.

—Tú y los niños sentaos allí —le dijo a Tony, señalando el punto más alejado de la puerta.

La habitación era larga y estrecha, con un banco acolchado casi tan ancho como una cama individual que recorría la pared opuesta a los monitores de pantalla plana. Amelia berreaba y Luna casi tuvo que gritar para hacerse oír.

Se volvió hacia Lexy y sacó otra brida del bolsillo del chándal.

—Junta los pies.

—No puedes...

—¡Puedo hacer lo que me dé la gana! —ladró Luna, y en un instante le puso todo el peso encima y le ató los tobillos.

—¡Pero si yo no hice nada!

Luna la señaló con el dedo.

—¡Apareces aquí y media hora después se corta la línea de teléfono!

Luna volvió a mirar los monitores, repitiéndose que tenía que mantener la calma y no perder la cabeza. Seguía sin haber movimiento en ninguna de las pantallas.

—Yo no tengo nada que ver con que se haya cortado la línea —dijo Lexy—. Debe de ser una coincidencia.

—No creo en las coincidencias —dijo Luna con tono sombrío.

Miró a la niña: Amelia lloraba ahora aún más fuerte.

—¿Tony...?

Todavía llevaba el biberón y se lo acercó a los labios. La pequeña se calmó y empezó a mamar.

—¿Un hombre malo quiere atraparnos? —preguntó Ryan mirando fijamente los monitores, con la cara lívida de miedo.

—No te preocupes —dijo Tony en tono tranquilizador, rodeando al pequeño con el brazo—. Aquí no puede entrar nadie.

Solo entonces cayó Luna en la cuenta de que esa mañana no había oído ni pío de Romeo y Julieta, los perros guardianes. Los tenían en el patio trasero. Tony siempre les daba de comer justo después de preparar el desayuno para los demás, y para cuando todos se levantaban solía oírse algún ladrido.

Luna pulsó el botón de la consola para ir cambiando entre las cámaras instaladas en el muro de piedra del patio trasero.

Se detuvo en seco al ver lo que parecía un charco negro y ovalado en el césped, cerca del muro del fondo. Uno de los perros, muerto o inconsciente. Pulsó rápidamente el botón antes de que Ryan pudiera ver la imagen, pero lo que mostró la siguiente cámara era mucho más aterrador.

Una figura oscura acababa de entrar en la cocina.

Un hombre.

Y no era DUSTY ni DAMIEN.

Agachado, con una pistola en la mano, avanzó sigilosamente mientras escudriñaba la cocina, y entonces alzó la vista directamente hacia la cámara.

Lexy soltó un gritito.

El rostro cetrino del hombre era frío e inexpresivo. Luna vio el parche negro que le cubría un ojo mientras se acercaba aún más a la cámara. Levantó el arma y apuntó a la lente.

Un destello de luz iluminó la pantalla y un estampido amortiguado resonó a través de las gruesas paredes de acero del cuarto de seguridad.

La imagen del monitor se apagó.

Luna permaneció junto a la consola del cuarto de seguridad con los ojos clavados en las pantallas, pasando de una cámara a otra mientras el hombre —que ahora sabía que era Giorgio Cattoretti,

el tipo al que Elaine había perseguido en Rusia y que ella temía que apareciera allí para hacer daño a su familia— recorría metódicamente la casa, habitación por habitación, registrándolas y disparando a las cámaras.

No sabe que existe el cuarto de seguridad, pensó Luna, intentando calmarse. Pero no tardaría en bajar al sótano.

A Luna le bullía la cabeza mientras intentaba decidir qué hacer.

A esas alturas no contaba con ninguna ayuda externa.

Tenía que dar por hecho que, al igual que los perros guardianes, tanto DUSTY como DAMIEN habían sido neutralizados, o algo peor.

Había sabido que algo iba mal cuando DUSTY le dijo que la compañía telefónica había cortado temporalmente la línea: él jamás habría hablado con desconocidos en una furgoneta de servicios sin avisarla antes.

Y el servicio de seguridad local, el que monitorizaba los sistemas de alarma, también había sido neutralizado.

Las órdenes de Raj eran que, si el servicio de seguridad llamaba por la activación de una alarma, ella debía inventarse una excusa y dar la contraseña para convencerlos de que no pasaba nada.

Raj le había dicho que si aparecía un guardia de seguridad francés torpe y chapucero en caso de intento de allanamiento, solo complicaría las cosas.

En tal caso, ella, DUSTY y DAMIEN debían encargarse del intruso por su cuenta.

Si necesitaba refuerzos, debía llamar al número de emergencia del consulado estadounidense en Marsella y pedir agentes adicionales.

Luna había pensado en llamar al consulado para pedir refuerzos cuando oyó la extraña respuesta de DUSTY, pero en ese momento no tenía pruebas fehacientes de que algo fuera mal.

Solo cuando reunió a todos en el cuarto de seguridad y vio a los perros y al propio Cattoretti en los monitores lo supo con certeza.

Ahora, con la línea fija cortada y sin cobertura para los móviles dentro de aquella caja de acero impenetrable en el sótano, ella, Tony, Lexy y los niños estaban completamente aislados del mundo.

Luna sacó el teléfono de Elaine del bolsillo y después su propio teléfono satelital, comprobando que ninguno de los dos tuviera cobertura; a continuación se agachó frente a un armario bajo la consola y sacó un chaleco antibalas.

—¿Qué estás haciendo? —dijo Tony, observándola con inquietud. Luego volvió a fijar la vista en los monitores.

Giorgio Cattoretti recorría el pasillo del segundo piso en dirección contraria. Tras revisar todas las habitaciones de ese nivel, bajaba hacia la planta baja.

—Tengo que salir a pedir ayuda.

Luna le mostró rápidamente a Tony una palanca que impediría que la puerta del cuarto de seguridad se abriera desde fuera, aunque se introdujera el código correcto en el teclado.

—No dejes entrar a nadie más que a mí —vaciló un momento—. A mí, a Elaine, a Nick o a Raj. ¿Entendido? A nadie más, por ningún motivo.

Tony asintió con el rostro pálido de miedo. Luna detestaba que los dos niños pequeños tuvieran que pasar por aquello; probablemente los marcaría de por vida.

—¿Por qué tienes que salir? —dijo Tony mientras ella comprobaba la pistola—. Nadie puede entrar aquí.

—También se suponía que nadie podría entrar en la casa —murmuró ella.

—¡Por favor, desátame! —suplicó Lexy—. No me dejes aquí así. Si él...

—No va a entrar aquí —dijo Luna, mirando a la chica.

—¡Por favor, Luna! Sabes que no tuve nada que ver con que él viniera aquí. Estoy indefensa.

Luna miró los tobillos atados de Lexy. Tenía razón, y ahora se inclinaba a creerle. Nadie podía fingir el terror que había mostrado su rostro al ver la cara de pirata de Giorgio Cattoretti en el monitor.

—Creo que deberías desatarla —dijo Tony.

—Eso te lo dejo a ti; hay unas tijeras debajo de la consola.

Sin más preámbulos, Luna pulsó el botón para abrir la puerta. En los monitores de la pared veía que Cattoretti acababa de llegar al pie de la escalera que bajaba a la planta baja, moviéndose despacio, como si esperara que alguien le saliera al paso en cualquier momento.

Luna salió del cuarto de seguridad y Tony se apresuró a pulsar el botón para cerrar la puerta tras ella.

Ahora Luna estaba completamente sola en el sótano en penumbra; la única luz entraba por unas ventanas pequeñas cerca del techo, protegidas con pesadas rejas de hierro.

Se quedó inmóvil sobre el hormigón, aguzando el oído, pero no oyó nada procedente de arriba. Sacó los dos móviles del bolsillo con la esperanza de que al menos uno captara señal fuera de las paredes de acero del cuarto de seguridad, pero no hubo suerte.

Ahora no le quedaba más remedio que subir a la cocina.

Cruzó el sótano en silencio hacia la escalera, casi contenta por la oportunidad.

Durante la última semana no había hecho más que sentarse a comer la pasta de Tony y matar el tiempo.

Era hora de repartir estopa.

Giorgio Cattoretti avanzaba por la planta baja de la casa de campo con la pistola que le había quitado a DUSTY apuntando al frente, lista para disparar.

Se detuvo brevemente en lo que supuso era la sala de ejercicios de Elaine, que ya había revisado.

Del techo colgaba, completamente inmóvil, un pesado saco de boxeo rojo EVERLAST; el suelo bajo él estaba cubierto de colchonetas azules.

Contra una pared había un estante con pesas.

En la otra destacaba una gran chimenea que parecía sin usar, con un espejo antiguo encima.

Echó un vistazo por la ventana trasera hacia el patio.

Los dos dóberman estaban inconscientes.

Giorgio cruzó con cautela las colchonetas mullidas hasta la ventana delantera y observó el patio en dirección a la verja y el muro de piedra.

También allí reinaba la calma.

Se felicitó por lo bien que lo había hecho.