Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 97 #2
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Cuando inspeccionó la casa de campo el año anterior, movido por la curiosidad sobre la vida de Elaine, había oído ladrar a los perros guardianes en el patio trasero.

Así que esa mañana había venido preparado para encargarse de ellos.

En Kiev había comprado ACP, un tranquilizante para animales, y había triturado las pastillas mezclándolas con unas salchichas de un supermercado abierto las veinticuatro horas.

Había lanzado la carne envenenada por encima del muro justo antes de neutralizar al primer agente.

Al inspeccionar la casa también había notado que no había ninguna línea telefónica visible desde el poste más cercano hasta la vivienda, solo el cable más grueso que suministraba electricidad.

La casa estaba en un camino sin salida junto a otras dos casas de campo, así que había seguido a pie las líneas telefónicas hasta localizar el poste donde el cable de Elaine se hundía bajo tierra.

El cable de pequeño diámetro bajaba por un lateral del poste dentro de un conducto de plástico.

Cortarlo esa mañana había sido relativamente fácil.

Sabía que la casa contaba con un sofisticado sistema de seguridad y había hecho una apuesta basándose en el comportamiento de los dos soldados de las Fuerzas Especiales estadounidenses en Letonia, y en el hecho de que los hubieran enviado a por él.

Quienquiera que estuviera al mando de su captura no quería que interviniera nadie más que el Servicio Secreto de EE.

UU.: ni Interpol, ni policías locales, y desde luego ninguna empresa privada de seguridad.

Había apostado a que no acudirían si cortaba la línea telefónica o saltaban las alarmas, y parecía haber acertado.

Satisfecho de que todo estuviera en calma en el exterior de la propiedad, Giorgio se dirigió despacio hacia la cocina con el arma apuntando al frente.

Ahora estaba seguro de que todo el grupo que había estado en la casa al amanecer se escondía en el sótano.

Sabía que Lexy también estaba allí; era el único dato que había logrado sacarle a DUSTY.

En su imaginación los veía a ella, a Tony y a los niños acurrucados en un rincón, con la agente que había estado hablando con DUSTY plantada delante de ellos en actitud protectora: alguna mujer rechoncha y maternal a la que habrían asignado al interior de la casa, donde era más seguro,

apuntando con la pistola hacia la escalera con mano temblorosa...

Giorgio sonrió.

Esto iba a ser fácil.

Luna había llegado al último peldaño de la escalera que subía del sótano a la cocina. La puerta que tenía delante estaba cerrada y se bloqueaba automáticamente desde el lado de la cocina; ella misma se había asegurado de cerrarla al bajar.

Por suerte, los peldaños eran de piedra y no había hecho el menor ruido al subir.

Se quedó allí un instante, aguzando el oído, con el arma apuntando a la puerta. Le pareció oír un chirrido al otro lado, pero no estaba segura.

Tenía que andarse con cuidado. Lo último que Raj le había dicho antes de marcharse, cuando estaban a solas, fue: En el improbable caso de que nuestro sospechoso aparezca aquí, tienes que capturarlo vivo.

Este hombre posee información sumamente delicada que es crucial para la seguridad futura de Estados Unidos.

Luna había pasado buena parte de la última semana preguntándose qué información sensible sería esa, y había llegado a la conclusión de que debía estar relacionada con la falsificación de moneda estadounidense, ya que esa era la especialidad de Giorgio Cattoretti.

Oyó otro ruido. Sonaba como el crujido que produce alguien al caminar sigilosamente por el suelo de madera de la cocina. Sin duda estaba en algún lugar al otro lado de la puerta, a solo unos metros.

Apoyándose en la barandilla con el codo y con la pistola apuntando al frente, giró con cuidado el pomo de la puerta hasta que sintió que el pestillo cedía. Se oyó un clic casi imperceptible.

Levantó lentamente la pierna derecha, se echó hacia atrás, preparada para patear la madera con todas sus fuerzas...

La puerta se abrió de golpe, como una explosión.

Giorgio estaba al otro lado de la isla central de la cocina y se agachó detrás del mostrador, asomando la cabeza por encima.

Se quedó boquiabierto: no estaba en absoluto preparado para la figura que emergió por la puerta del sótano.

Un monstruo enorme y negro. Llevaba un chaleco antibalas, le apuntaba con una pistola y no mostraba miedo alguno.

Su rostro era triangular, con ojos almendrados. Le recordó a una víbora cobriza.

Cuando dio el último paso hacia la cocina, fue como si hubieran erigido un rascacielos humano en la habitación: debía de medir más de dos metros.

—¡Suéltala! —ladró ella.

Giorgio la ignoró y disparó.

La bala la lanzó hacia atrás, impactando en el centro del pecho, pero el chaleco la detuvo. Se tambaleó contra la pared, se tiró al suelo y rodó un par de veces, sin aliento. Se arrastró rodeando el marco de la puerta hacia el vestíbulo y volvió a ponerse de pie.

—¡Suelta el arma! —repitió jadeando, usando el marco de la puerta como escudo—. No tienes ninguna posibilidad. Los demás están abajo, en el cuarto de seguridad, con paredes de acero macizo, completamente impenetrable. Los refuerzos vienen de camino, llegarán en cualquier momento.