Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 95
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Provenza-Alpes-Costa Azul, Francia

A primera hora de la mañana siguiente, Luna Faye se encontraba en la cocina de la granja de Elaine Brogan, bebiendo su última taza de café. Su turno de doce horas terminaba a las seis de la mañana y estaba agotada.

Había sido una noche larga y monótona, pero afortunadamente, sin incidentes.

Elaine había llamado para hablar con los niños antes de que Tony los acostara.

Luna y Elaine no habían podido conversar mucho desde que Elaine llamó desde San Petersburgo para pedirle que investigara a la joven llamada Lexy.

Solo estaba agradecida de que Elaine estuviera bien.

Mientras Luna apuraba el último sorbo de café, oyó pasos en la escalera. Tony. Siempre se levantaba sobre las seis, echaba un vistazo a los niños y luego bajaba a prepararles el desayuno y a incordiar a Luna todo lo posible.

—Buongiorno, signore —bromeó mientras pasaba junto a ella en bata.

A Luna le molestó la forma de tratamiento y su implicación de género. Tony miró el café en la taza de ella.

—No le daría ese lodo ni a mi perro.

Tony le había enseñado a regañadientes a usar la elegante cafetera exprés para que pudiera prepararse café aguado cuando él dormía.

El italiano flacucho era el ser humano más irritante que había conocido en su vida.

Sin embargo, tenía que admitir que el hombre sabía cocinar.

Desde que llegó a Francia para esta misión, había engordado al menos cinco kilos con sus platos de pasta, imposibles de resistir, sobre todo con los deliciosos aromas que inundaban la casa a todas horas.

Solo unos días más, pensó. Elaine volvería y ella podría irse a casa. Ahora echaba mucho de menos a Walter.

Tony la miró, con los ojos aún medio cerrados por el sueño, y retiró el portafiltro de la cafetera. Mientras sacudía los posos en el fregadero, dijo:

—¿Pensando en tu novia, eh?

Luna suspiró.

—Llevo doce años felizmente casada, Tony.

—Tu esposa es una mujer muy afortunada.

—Es un hombre, pequeño...

Luna tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para mantener la compostura con él. Sabía que simplemente disfrutaba sacándola de quicio.

—Para tu información, mi marido se llama Walter.

—Ah. Transessuale.

—¡Maldita sea, Tony, eres más raro que un perro verde! ¿Por qué demonios siempre me das tanto la lata?

—Porque al menos yo lo admito. Tengo un primo llamado Tito con las manos más pequeñas que las tuyas, y es jugador profesional de baloncesto.

Luna se miró las manos con cierta incomodidad; las tenía cerradas en puños.

—Tony, ¿por qué no te vas a...?

En ese momento, el pequeño auricular en el oído de Luna emitió un clic.

—Aquí DUSTY —dijo el agente que vigilaba la parte delantera de la casa, identificándose con su nombre en clave—. Un taxi se acerca a la puerta principal.

Luna se puso alerta de inmediato.

—¿Un taxi? —dijo, pero ya iba hacia el vestíbulo.

Miró la pantalla de vídeo en la consola de seguridad: veía el taxi parándose, pero aún estaba oscuro y no distinguía el interior.

—¿Esperan a alguien? —preguntó DUSTY.

Era uno de los dos agentes del Servicio Secreto de guardia en el exterior.

—¿Qué pasa? —preguntó DAMIEN.

Era el agente que vigilaba la parte trasera de la casa.

—Esperen —dijo Luna, con los ojos clavados en la pantalla de vídeo.

La puerta trasera del vehículo se abrió y salió una figura: parecía una chica. Por un segundo pensó que podría ser Elaine, pero entonces vio la larga melena negra y rizada.

—Sujeto femenino, unos veinte años, botas y abrigo...

—La tengo en vídeo.

La joven pagaba al conductor, inclinada, con su trasero bien formado y su estrecha cintura de cara a la cámara. Llevaba unos vaqueros ajustadísimos.

—Mamma mia —dijo Tony, de pie junto a Luna.

«¿Será Lexy?», se preguntó Luna.

—DUSTY, ve a averiguar quién es y no dejes que el taxi se vaya: saca al conductor del coche. Esto podría ser una trampa.

—Entendido.

—DAMIEN, quédate en la parte de atrás, con el arma desenfundada.

—Recibido.

La joven se acercó a la puerta con paso vacilante y miró hacia la cámara mientras pulsaba el botón.

Luna señaló a Tony sin mirarlo.

—Sube y quédate con los niños hasta que te diga lo contrario. Prepárate para llevarlos a la habitación de seguridad.

Tony vio la expresión de su rostro y no discutió: se dio la vuelta y subió las escaleras a toda prisa.

Entonces Luna vio cómo cambiaba la expresión de la chica al ver que DUSTY se acercaba y le ordenaba que se pusiera contra la pared de roca.

El fornido agente especial entró en el campo de visión, con la pistola en una mano y mostrando su identificación del Servicio Secreto con la otra, y parecía estar diciéndole al taxista que saliera del coche: no había sonido del que guiarse.

La chica metió la mano en el bolso lentamente y le entregó el pasaporte a DUSTY.

—Dice que se llama Lexy, que es de Chipre —dijo DUSTY, mirando hacia la cámara.

Sostuvo el pasaporte cerca del objetivo, abierto por las dos primeras páginas, para que Luna pudiera verlo.

—Entendido —dijo Luna.

—¡Estoy aquí para ver a Luna! —gritó histérica la chica cuando DUSTY apartó el pasaporte.

Mirando fijamente al objetivo, gimió:

—¡Elaine dijo que me ayudarías a encontrar a mi bebé!

«Hmm», pensó Luna. Dudaba que Elaine hubiera dicho algo por el estilo. Elaine le había dicho que Lexy podría aparecer allí, que estuviera atenta.

Luna activó el micrófono.

—Regístrala. Si está limpia, déjala entrar.

—¿Y el taxista?

—Retenlo por el momento. Y mantente alerta.

Unos minutos más tarde, Lexy estaba sentada en el salón de la granja, relatando lo que había ocurrido en Rusia y Letonia.

Luna escuchaba fascinada mientras Lexy contaba la historia.

Si todo era cierto, Elaine y la chica habían vivido una aventura de locos.

Luna no había tenido acceso a ningún detalle de lo ocurrido en la misión encubierta, ya que no tenía «necesidad de saberlo», y hasta ese momento la habían mantenido al margen de casi todo.

—Se llevó a mi bebé —dijo Lexy al terminar, con lágrimas corriéndole por la mejilla—. ¡A mi Pablo! Elaine me prometió que me ayudaría a encontrarlo.

Lexy hizo una pausa y miró a su alrededor en el silencioso salón, asustada de pronto.

—¿Elaine está bien?

Luna pensó que había algo peculiar en la chica, pero no lograba identificar qué.

Sin embargo, Tony tenía razón: era deslumbrante.

Lexy desprendía una sensualidad tan intensa que casi se podía palpar; su voluptuosa figura parecía querer escaparse de la ropa, y sin embargo no parecía ser consciente del efecto que causaba en la gente.

—No te preocupes por Elaine —le dijo Luna—. Lo que quiero saber es dónde demonios has estado todo este tiempo.

Luna sabía que sonaba brusca, pero no le importaba.

No se fiaba de aquella fulana. Sabía que Lexy y Giorgio Cattoretti habían recorrido Europa juntos, hospedándose en hoteles de cinco estrellas mientras planeaban el mayor robo de arte de la historia; Luna había rastreado personalmente sus movimientos.

Y aunque no tenía pruebas, sospechaba que Lexy era quien había pilotado la lancha de huida.

Lexy se secó los ojos y dijo:

—Dmitry me compró un billete de Riga a Helsinki. Se suponía que yo debía comprar los otros billetes, para volar a París y luego aquí..., pero tenía miedo. Así que me quedé en un hotel cerca del aeropuerto de Helsinki, dándole vueltas. Tengo el recibo...

Abrió el bolso. Ya le había dado a Luna las tarjetas de embarque de sus tres vuelos.

—Olvida eso. ¿Por qué tenías miedo de venir aquí?

Lexy la miró como si la respuesta fuera obvia.

—¡Porque no quiero ir a la cárcel!

Luna dudaba que la pequeña ramera acabara entre rejas, dadas las circunstancias.

Ahora sí sabía a grandes rasgos por qué Elaine había ido a Rusia.

Por supuesto, no iba a tranquilizar a Lexy respecto a la posibilidad de ir a la cárcel.

Elaine había usado claramente esa amenaza como palanca, y podría querer volver a usarla.

Luna supuso que había reunido suficiente información para llamar a Elaine e informarle. Estaba a punto de levantarse cuando el llanto de Amelia resonó desde el piso de arriba.

Lexy ahogó un grito.

—¡Un bebé!

—Es de Elaine —dijo Luna rápidamente, antes de que la chica se emocionara demasiado.

—¿Es seguro bajar ya? —gritó Tony—. Los bambinos tienen hambre.

Todos se reunieron en la cocina. Luna presentó a Tony y a Lexy, diciendo simplemente que la chica chipriota era amiga de Elaine.

—¡Eso sí que es una mujer! —bromeó Tony, contemplando con envidia su figura de reloj de arena. Tenía a Amelia en brazos. Señaló a Luna con la cabeza y le susurró a Lexy en tono confidencial—: Ten cuidado con esa, es lesbiana.

—Eso no es verdad —murmuró Luna, fulminándolo con la mirada.

—¿Puedo coger al bebé? —dijo Lexy, hipnotizada.

Tony miró a Luna en busca de aprobación, y ella asintió. Le pasó a Amelia con cuidado.

Mientras Lexy contemplaba el diminuto rostro de la niña, se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Es tan hermosa...

En ese momento Ryan bajó ruidosamente las escaleras y entró en la cocina, todavía en pijama.

Lexy lo miró y soltó un pequeño grito ahogado.

Luna observó a Ryan con más atención y luego volvió a mirar a Lexy.

—¿Qué pasa?

—Oh..., nada..., es solo que... no esperaba que fuera tan mayor.

«Qué chica más rara», pensó Luna.

—¿Quieres un espresso o un capuchino? —dijo Tony. Y mirando a Luna, añadió—: Apuesto a que a ti te gusta el café italiano de verdad, ¿eh?, no esa agua marrón que beben los americanos...

Luna sacó el teléfono seguro y entró en el comedor, cerrando la puerta para poder hablar con Elaine en privado. Era hora de relevar a DUSTY de su turno y decirle que podía irse a casa, pero eso lo haría después de informar a Elaine.

Marcó el número del teléfono por satélite de Nick. Solo se oyó una serie de clics y luego la línea se cortó. Lo intentó de nuevo con el mismo resultado.

Luna decidió que probablemente no pasaría nada por llamar a Elaine desde el teléfono fijo de la cocina e informarle de que la «visitante esperada» había llegado, de que todo estaba bien, y no entrar en más detalles hasta que tuvieran una conexión segura.

Pero se obligó a no entrar en la cocina mientras Tony daba de comer a todos.

Cada mañana sacaba del horno fette biscottate recién hechas, un pan horneado dos veces, ligeramente dulce y con un sabor a cebada imposible de resistir.

Un desayuno italiano típico, había aprendido Luna: untaban las rebanadas humeantes con miel, mantequilla recién batida de la granja, mermelada de fresa casera o Nutella, y luego las mojaban en enormes capuchinos o cafés con leche hechos con leche entera...

Luna se miró el estómago plano y musculoso, y este le respondió con un gruñido, como si estuviera enfadado por verse privado de las delicias de la cocina.

Por las tardes, cuando ambos agentes estaban de servicio fuera, hacía ejercicio con el saco EVERLAST de Elaine durante media hora y luego corría dieciséis kilómetros por la campiña francesa, pero era una batalla perdida.

¡Maldito Tony! Era otra de las formas que tenía de torturarla.

Si no tenía cuidado, podría relajarse demasiado y arruinar la misión.

Se dejó caer en una de las sillas del comedor y se juró que no comería aquella comida que engordaba tanto y que se iría directamente a la cama otra vez...

Milagrosamente, Luna logró mantener el trasero pegado a la silla del comedor durante la siguiente media hora mientras intentaba una y otra vez comunicarse con Elaine a través del teléfono por satélite de Nick, pero la llamada no entraba.

Por fin, cuando oyó a Tony recogiendo y guardando todo, decidió que ya era seguro volver a la cocina.

Lexy estaba sentada a la mesa, dándole el biberón a Amelia. Tony estaba de pie junto al fregadero, lavando los platos. Ryan estaba en el suelo jugando con un camión de bomberos de juguete, con la cara manchada de mermelada.

—¿Quieres un poco de biscottate? —canturreó Tony—. Todavía está caliente...

—Déjalo ya, Tony —gruñó Luna, descolgando el auricular del teléfono fijo de la pared—. Tengo que hacer una llamada. Calla, por favor.

Tony cerró el grifo del fregadero.

Luna se encajó el auricular del teléfono fijo entre la oreja y el musculoso hombro mientras miraba la pantalla del teléfono satelital para marcar el número.

Parpadeó una vez.

El auricular que tenía pegado a la oreja estaba mudo.

Pulsó el gancho varias veces mientras el pánico crecía en su interior.

—¿Qué pasa? —dijo Tony.

—La línea telefónica... parece estar desconectada o algo así... —Se giró bruscamente y lo miró: estaba allí de pie con el delantal puesto, una taza de espresso enjabonada en la mano.

Se había quedado blanco como la espuma de la taza.

—Eso no es posible —dijo—. La línea fija va bajo tierra.