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Una hora más tarde, cuando el Gato entró en el Aeropuerto Internacional de Vilna, ya no era Giorgio Cattoretti, sino el señor Antonio Hidalgo, un acaudalado promotor inmobiliario de Madrid que había estado en la zona inspeccionando propiedades en venta.
Había hecho señas a un coche en la carretera y le había pagado al conductor una suma generosa para que lo llevara hasta allí, alegando que su taxista lo había abandonado mientras recorría una parcela de cuarenta hectáreas recién salida al mercado.
Giorgio arrastró sus dos maletas por la terminal del aeropuerto y se detuvo a contemplar una enorme pantalla electrónica con el horario de salidas.
Vio en la pantalla el vuelo que buscaba y se dirigió hacia los quioscos de venta de billetes.
Su nuevo plan tenía dos partes que podían ejecutarse en paralelo.
La primera era ocuparse de Nick LaGrange. Giorgio se había encontrado cara a cara con él hacía apenas unas horas, al otro lado de la torre de vigilancia forestal en Letonia. LaGrange era quien había rescatado a Elaine, quien la había arrebatado de sus manos. ¡Otra vez! Dos veces seguidas.
Giorgio ni siquiera había visto con claridad el rostro del hombre, pero su aguda intuición le decía que había sido LaGrange quien estaba allí, al pie de la colina, con la ametralladora en las manos, mirándolo, con Elaine tendida a su lado en la nieve. Giorgio no sabía cómo lo sabía, pero lo sabía.
No conocía bien los antecedentes de LaGrange, aunque sí sabía que Nick había trabajado para la CIA como extractor profesional.
Gene Lassiter había compartido esa información con Yuri Zubov, y Zubov se la había contado a Giorgio.
Eso significaba que Nick LaGrange no era el tipo de hombre del que uno pudiera deshacerse fácilmente.
Giorgio no tenía intención de encargarse de él personalmente; sabía que era mejor no hacerlo, que estaba más allá de sus capacidades.
Necesitaba a un profesional, alguien con reputación internacional, alguien de confianza para hacer el trabajo sin importar los obstáculos que surgieran, un contratista que rastreara implacablemente a la presa hasta que el corazón del objetivo diera su último latido.
—Un billete en clase ejecutiva a Kiev —dijo Giorgio al llegar al mostrador.
En resumen, necesitaba al Artista.