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Unas horas más tarde, Giorgio Cattoretti conducía la furgoneta GAZelle por una carretera secundaria en Lituania, en dirección a Vilna, la capital.
En general, se consideraba afortunado. Cuando bajó la colina con la moto de nieve después de que rescataran a Elaine Brogan de la torre de vigilancia, sintió alivio al encontrar tanto la furgoneta como la fortuna del robo intactas.
Había sido arriesgado dejar el vehículo aparcado en la tormenta de nieve durante casi dos días con todo ese dinero en la parte trasera mientras intentaba atrapar a Elaine.
Pero decidió que había merecido la pena.
Mientras Giorgio arrancaba la furgoneta, no dejaba de repetirse que debería estar feliz, si no eufórico. Acababa de llevar a cabo el mayor robo de arte de la historia y se había marchado con sesenta millones de euros en efectivo imposible de rastrear. ¿Qué cerebro criminal no estaría encantado?
Pero algo extraño e inesperado había ocurrido cuando él y Elaine Brogan estuvieron a solas en el bosque. Al emprender el camino hacia el sur, hacia la frontera lituana, Giorgio comprendió que la joven era especial para él. Verdaderamente especial.
Antes había querido castigarla de forma sádica por haberlo dejado tuerto, pero tras volver a estar cerca de ella, tras verla en persona y hablar largo y tendido, comprendió lo encantadora que era, absolutamente única, y que la deseaba.
Quizás incluso la amaba a su manera. Cuando la poseyó en su villa de Vernazza, cuando ella creía que Nick LaGrange estaba muerto, estaba seguro de que una parte de ella lo había disfrutado.
Pero, en retrospectiva, su pasividad no le había resultado satisfactoria: quería que ella también lo deseara.
Ahora consideraba su pelea en el acantilado de Italia como una simple riña de enamorados. Se decía que, en el fondo, Elaine estaba enamorada de él. Simplemente aún no lo sabía.
En algún rincón de su mente, Giorgio comprendía que estaba viendo todo aquello a través de una lente distorsionada de su propia creación, pero eso no cambiaba lo que sentía.
Además, en su opinión, Elaine estaba en deuda con él.
No solo era responsable de haberle dejado tuerto, sino también de la pérdida de su familia, de su negocio, de toda su antigua vida de riqueza, glamour y notoriedad en Milán.
Nada más cruzar la frontera lituana, condujo hasta un pequeño pueblo y aparcó.
Todavía estaba oscuro y no tuvo problemas para intercambiar las matrículas de la furgoneta con las de otro coche.
No tenía ni idea de hasta dónde llegarían Elaine Brogan, Nick LaGrange y el Servicio Secreto de Estados Unidos para capturarlo.
A juzgar por el hecho de que habían enviado soldados de las Fuerzas Especiales tras él, suponía que no habían alertado a la policía local ni a Interpol y que, por tanto, no lo estaban buscando, pero no pensaba correr riesgos.
Giorgio siguió un recorrido serpenteante por el campo cubierto de nieve, evitando las carreteras principales.
Empezó a esconder su botín. Se detuvo tres veces para enterrar parte del efectivo en distintos puntos del bosque, anotando las coordenadas GPS y memorizando los lugares exactos donde había cavado los agujeros para poder volver a recuperarlo más adelante.
Mientras realizaba esta tarea, no dejaba de pensar en Elaine.
Decidió que unirse a él como amante y compañera de crímenes era una progresión natural de los acontecimientos que ella misma había puesto en marcha: simplemente tenía que verlo así.
Estaban destinados a estar juntos. Era el karma.
Casi había sucedido en Italia, cuando ella se alojaba en su castillo, cuando no tenía a nadie más a quien recurrir salvo a él, y entonces Nick LaGrange había aparecido y lo había estropeado todo.
Como pareja, Giorgio Cattoretti y Elaine Brogan podrían hacer maravillas.
Con la inteligencia de ella, su entrenamiento táctico y su conocimiento ultrasecreto de la tecnología antifalsificación, podrían dar golpes que harían que el robo del Museo del Hermitage pareciera el atraco a una licorería de barrio.
De todos modos, pensó: ¿de qué servía dar el mayor golpe de la historia del arte si no había nadie con quien compartir el botín? Durante los meses y meses que había pasado planeando el robo del Museo del Hermitage, apenas había pensado en lo que haría después.
Ahora tenía un plan.
Cuando Giorgio terminó de enterrar la última parte de su botín, eran las diez de la mañana. Ahora «solo» le quedaba un millón doscientos mil euros en la parte trasera de la furgoneta: calderilla, pensó, sonriendo para sus adentros.
Continuó hacia el sur. Cuando estaba a unos cuarenta kilómetros de Vilna, encontró un pequeño lago apartado y aparcó la furgoneta en la orilla.
Tras guardar los fajos restantes de billetes de quinientos euros en una maleta con cerradura, pasó unos minutos sentado en el asiento del copiloto, mirándose en el espejo retrovisor mientras se aplicaba un bigote postizo, barba y maquillaje teatral para cambiar drásticamente su apariencia.
Cuando quedó satisfecho con su aspecto, pasó a la parte trasera de la furgoneta y se quitó la ropa sucia para ponerse unos pantalones caros, botas, un jersey de cachemira y un abrigo largo.
Lo remató con una elegante bufanda de cuadros y un sombrero fedora de lana color chocolate.
Luego sacó de la furgoneta la pesada maleta y una pequeña bolsa de mano, puso el vehículo en punto muerto y lo dejó rodar hacia el lago.
Observó cómo rompía el hielo y se hundía en el agua helada hasta que solo quedaron burbujas en la superficie.
Seguía nevando con fuerza: las huellas de los neumáticos pronto quedarían cubiertas y la superficie del lago volvería a congelarse.
Dudaba que descubrieran la furgoneta en mucho tiempo.