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Para un observador casual, el Bombardero Furtivo B-2 que volaba a través del cielo nocturno sobre Polonia no habría sido más que un diminuto punto negro que se desplazaba en silencio, ocultando de vez en cuando alguna estrella.
Nick LaGrange —alias Leon Gilmour, alias JAGUAR— estaba agachado en una postura incómoda dentro del jet militar, observando cómo el comandante de la misión ayudaba a los dos jefes de la Fuerza Delta a preparar el resto de su equipo de navegación.
Era la tercera extracción que realizaba desde que había recuperado su antiguo trabajo.
Seis meses antes, Brian se había puesto en contacto con él para informarle de que toda la célula de Isabella había sido eliminada o capturada, y con el rápido ascenso y expansión de ISIS, había tantas malditas fatuas contra tanta gente que ya daba igual que su identidad estuviera comprometida.
Había aceptado encantado la oportunidad de volver a trabajar para la CIA.
Nick no dejaba de pensar en la agente que iba a extraer, preocupado por su estado físico, consciente de que a esas alturas debía de haberse deteriorado aún más. El comandante de la misión a bordo del bombardero parecía haber olvidado su petición.
—Disculpe, señor —dijo Nick, sin necesidad de alzar la voz. El B-2 era una aeronave ultrasilenciosa, diseñada para minimizar todas las emisiones de energía, incluidas las ondas sonoras.
—¿Sí? —dijo el comandante de la misión, mirándolo. Estaba agachado entre los dos soldados de la Fuerza Delta, ayudándoles en ese momento a revisar los paracaídas y las mochilas.
—¿No dijo que podía escuchar la transmisión de audio de la agente?
—Cierto —el comandante de la misión echó un vistazo a su reloj, cogió una tableta y empezó a trastear con ella.
Nick se puso el casco. Se oyó un chasquido en los altavoces del interior.
El comandante de la misión habló por el auricular que llevaba puesto.
—¿Me copias?
—Afirmativo —dijo Nick, levantando el pulgar.
El comandante de la misión tocó varias veces la pantalla de la tableta.
—Bien... aquí tienes.
Un pitido breve marcó el comienzo de la transmisión. Nick escuchó con atención.
—Eh... soy... —el nombre quedó censurado con un pitido— y estoy...
eh, estoy atrapada en una... en una torre de vigilancia contra incendios —otro nombre fue censurado, pero a Nick se le había desencajado la mandíbula—.
Está abajo, en la nieve... está in-in-inconsciente.
Estoy bastante enferma... un lobo me mordió y creo que tengo... hipo... hipo...
Sonaba como si estuviera tiritando tanto que apenas podía hablar. Otro pitido breve y se acabó.
Nick se había inclinado hacia delante, tratando de mantener el equilibrio con una mano. ¡La voz sonaba exactamente igual que la de Elaine! Pero no podía ser...
—¿Qué pasa? —preguntó el comandante de la misión, observando el rostro y la postura forzada de Nick.
—Yo... eh... —la mente de Nick iba a mil por hora. Por un momento fue incapaz de articular palabra—. ¿Puedo escuchar ese mensaje otra vez?
El comandante de la misión lo miraba fijamente, al igual que los dos soldados de la Fuerza Delta. El comandante tocó la tableta.
Un pitido indicó que la grabación volvía a empezar.
—Eh, soy...
¡Era Elaine! Ahora el corazón le latía desbocado.
El comandante de la misión miró la tableta con el ceño fruncido.
—¿Qué demonios te pasa? ¡Tus constantes vitales están por las nubes!
Había varios monitores en el traje de Nick que medían el ritmo cardíaco, la presión arterial, la temperatura corporal y la respiración por si algo salía mal durante la caída libre.
—¿Tienen... tienen una foto de la agente?
—Negativo —dijo el comandante de la misión.
—Creo... creo que la conozco —logró articular Nick al fin.
Los de la Fuerza Delta y el comandante de la misión intercambiaron una mirada de sorpresa.
—¿Cómo que crees que la conoces? —dijo el comandante de la misión.
Nick quería gritar «¡Es mi maldita esposa!». Pero, por supuesto, no iba a compartir esa información.
El comandante de la misión parecía ahora preocupado, casi al borde del pánico.
—¿Quieres abortar?
Nick pasó la mirada de un rostro a otro con expresión ausente, todavía en estado de shock, tratando frenéticamente de entender cómo demonios podía estar Elaine en Letonia, atrapada en una torre de vigilancia contra incendios, obviamente en algún tipo de misión.
Por fin se recompuso lo suficiente para responder.
—No, está bien, puedo con esto.
El comandante de la misión no parecía convencido y volvió a mirar la tableta. Nick se concentró en controlar la respiración, obligándose a calmarse, tal como le habían enseñado.
—Mira, si no puedes ser objetivo y rendir al cien por cien, tienes que abortar. Me juego el cuello aquí, colega.
Miró a los otros dos.
—Podemos reagruparnos...
—Es demasiado tarde para reagruparse —dijo Nick, echando un vistazo a su reloj. Alcanzarían la posición de salto en menos de tres minutos—. Lo tengo controlado.
—¿Estás seguro?
—Afirmativo —dijo Nick con el tono más profesional que pudo adoptar, y tragó saliva.
—Pues adelante —dijo el comandante de la misión, y Nick y los otros dos hombres empezaron a prepararse para empujar la moto de nieve por las compuertas de la bodega de bombas.
Tres minutos después, Nick se precipitaba por el aire gélido a ciento noventa kilómetros por hora, con la mente yendo aún más deprisa. Tenía la sensación de que la historia se repetía, aunque al menos esta vez no había recibido la noticia impactante en plena caída libre HALO.
El cielo estaba despejado a esa altitud, y las estrellas brillaban con intensidad sobre el horizonte.
Nick mantenía los ojos fijos en la pantalla de visualización frontal del casco, sin desviarse del rumbo, precipitándose hacia la torre de vigilancia contra incendios donde su esposa estaba aparentemente atrapada y muriendo de hipotermia, obligándose como podía a conservar la calma.
Tenía que haber una explicación lógica. No dejaba de preguntarse si tal vez sería solo una mujer que sonaba exactamente igual que Elaine, pero conocía tan bien su voz que era imposible confundirse.
De lo contrario, aquello sería una coincidencia increíble.
Pero ¿qué demonios estaría haciendo Elaine en Letonia, cerca de la frontera rusa?
Se devanó los sesos mientras se precipitaba hacia la zona de aterrizaje, sin poder explicárselo. La única noticia que había oído de Rusia era sobre un enorme robo de arte sin precedentes en San Petersburgo, y la presencia de Elaine no podía tener nada que ver con aquello.
¿O sí...?
No había prestado mucha atención a las noticias, pero creía que lo último era que el detective a cargo del caso había sido asesinado por el ladrón al intentar detenerlo...
Entonces Nick cayó en la cuenta de que la zona de Letonia hacia la que descendía estaba bastante cerca de San Petersburgo...
Pero ¿por qué iba a estar Elaine involucrada en esto?
Entonces cayó en la cuenta.
Giorgio Cattoretti. ¡Él era el ladrón! Nick nunca había creído realmente que «el Gato» se hubiera ahogado en el Mediterráneo.
Nunca encontraron su cuerpo, y sabía que Elaine tampoco lo creía, aunque quería creerlo desesperadamente, razón por la cual su granja en Francia tenía la seguridad de un complejo militar.
Nick atravesó los cuarenta mil pies y se sumergió en una capa de nubes turbulentas azotadas por la nieve. Si los datos meteorológicos eran correctos, permanecería envuelto en aquella sopa blanca y revuelta casi hasta el suelo.
El indicador de altitud mostraba 20.000...
luego 15.000, luego 10.000, mientras la nieve azotaba el cristal de su casco.
Todavía nada más que nubes espesas a su alrededor, pero al menos podía respirar aire normal.
Se quitó la máscara de oxígeno y los oídos le estallaron dolorosamente.
En cuanto pasó los tres mil pies, tiró con firmeza del cordón de apertura.
El paracaídas salió disparado por encima de su cabeza y se abrió con normalidad, tirando de él hacia arriba mientras frenaba bruscamente.
Ahora descendía suavemente, con la nieve arremolinándose a su alrededor, todavía entre las nubes.
Tenía un ojo en el mapa de la pantalla y miraba hacia abajo, buscando con intensidad cualquier señal del suelo.
Pasó los 2.000 pies... 1.500... 1.000... 800.
Nada.
Todavía se deslizaba hacia la zona de aterrizaje, que era un claro justo detrás de la torre de vigilancia contra incendios, según el mapa satelital.
Empezó a sentirse inquieto: aún no veía el suelo.
El pronóstico indicaba un techo de nubes de quinientos pies, pero eso era solo un pronóstico general para la zona.
Las nubes allí podrían extenderse hasta las copas de los árboles, y de ser así, podría acabar estrellándose contra uno de ellos. O contra la parte superior de la torre.
Cuando la pantalla bajó a 300 pies, luego a 200, Nick sintió que el pánico se apoderaba de él.
Tiró bruscamente del paracaídas hacia la derecha, con la esperanza de desplazarse por una trayectoria directamente sobre el claro y alejarse de la torre de vigilancia.
Reconocer el suelo cubierto de nieve de noche era extremadamente difícil, y hacerlo mientras seguía nevando lo era aún más...
era casi imposible verlo en esas condiciones hasta estar justo encima...
Y finalmente vislumbró el manto blanco que se precipitaba hacia él. Solo tuvo un segundo para prepararse. Una ráfaga de viento lo sacudió e hizo un aterrizaje poco elegante. Rodó de lado a través de un banco de nieve mientras el paracaídas lo arrastraba hacia el bosque.
«¡Esto es una ventisca!», pensó. Rezó para que Elaine siguiera viva.
Logró recuperar el control en cuestión de uno o dos segundos y rápidamente arrastró el paracaídas negro hacia sí, gruñendo mientras lo enrollaba furiosamente en un bulto apretado y lo metía en la mochila. Recordó que sus órdenes eran no dejar ningún rastro.
Sin incorporarse, se arrastró lentamente por la nieve en dirección a la torre de vigilancia, hasta que pudo distinguir su silueta entre la cortina de nieve.
Tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no salir corriendo hacia la torre y subir las escaleras a rescatar a su esposa, pero no iba a desobedecer las órdenes, ya que podría costarles la vida a ambos.
—Aguanta, cariño —susurró, mirando el cronómetro—. Solo aguanta un par de minutos más.