86 #2
Mientras abría otra botella de whisky y le daba un trago largo, se dijo que ella debía de haber sentido algo por él, al menos un poco.
Tenía que haberlo sentido. Eso era lo que quería creer desesperadamente.
Su instinto le decía que la noche antes de marcharse, cuando la encontró en el balcón fumando, incapaz de dormir, estaba atormentada por la culpa y el dolor de saber que enviaba a una muerte segura al hombre con el que había hecho el amor apasionadamente durante los últimos cuatro meses.
Pasaron cinco largos días antes de que Leon hablara por fin con Brian.
Solo salió de casa para pasar por otro buzón muerto que, aunque parezca mentira, era una farola en la Calle 18 NW con un trozo de chicle rosa pegado en la parte inferior para señalar una reunión.
Este buzón muerto de «respaldo» debía usarse si alguna vez descubrían su identidad, como había sucedido.
Si el chicle estaba allí, debía reunirse con Brian, o quizás con un nuevo contacto, en un banco del Parque Anacostia a las seis de la tarde del día siguiente.
Leon no se molestó en bañarse ni afeitarse para la reunión. Mientras cojeaba por la acera con las muletas, al que antes fuera un joven apuesto y elegante cualquiera lo habría confundido con un indigente.
Divisó la coleta gris y las gafas de montura metálica desde lejos. Brian estaba sentado en el banco acordado, leyendo un ejemplar del Washington Post, como siempre.
Leon se dejó caer en el banco junto a él con un gruñido, forcejeando torpemente con la muleta. No estaba acostumbrado a caminar con aquel trasto.
—Vaya, tienes un aspecto horrible —murmuró Brian por la comisura de la boca, la que no tenía el puro.
Por alguna extraña razón, a Leon se le ocurrió que Brian siempre hablaba así porque, a lo largo de los años, se había sentado en tantos bancos de parques conversando en secreto con tantos agentes clandestinos que aquello se había convertido en su forma permanente de hablar.
Leon odiaba a aquel cabrón.
Ambos se quedaron allí sentados, con un abismo incómodo entre ellos. Leon pensó en Isabella. No podía creer que todo aquello hubiera sucedido por culpa de una mujer. Una maldita trampa de seducción.
—No te martirices —dijo Brian, como si le hubiera leído el pensamiento. Pasó una página del periódico con aire despreocupado—. Le pasa a los mejores.
—A mí no me pasa.
—Pues te pasó.
Pasó otro largo momento.
—¿Dónde está?
Brian rompió el protocolo y lo miró.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—GITMO.
Guantánamo. Perfecto. Leon se preguntó por qué infierno de interrogatorio estaría pasando ella en ese momento, y después por qué le importaba siquiera. Intentó no pensar en ello. Cambió de tema, aunque no a uno más agradable.
—Entonces, ¿qué viene ahora? —Se refería a sí mismo.
—Vas a entrar en WITSEC —dijo Brian.
—¿Qué? —Leon casi se atragantó. WITSEC era el acrónimo oficial del Programa de Protección de Testigos. No se lo esperaba—. No puedes hablar en serio.
—Mataste a mucha gente, Leon. Hay una fatua contra ti.
Eso dolió. No la fatua, sino cómo se había dirigido a él. Era la primera vez que Brian lo llamaba por su nombre real desde el día en que aceptó el trabajo, hacía diez largos años. Esa única palabra lo decía todo.
—WITSEC es el único lugar donde estarás a salvo —continuó—. Te hemos preparado una casita muy mona en Iowa.
—¿Iowa? —dijo Leon, furioso—. ¿Qué demonios voy a hacer en Iowa?
Brian se encogió de hombros.
—Abrirás otro taller de personalización de coches.
—¿Qué voy a hacer, personalizar tractores para un puñado de paletos?
Brian ignoró el comentario.
—Me temo que es lo mejor que puedo hacer.
—Tras una pausa, añadió—:
Puedes elegir tu propio alias. Piénsalo bien.
—Vamos, seguro que puedes hacer algo mejor que eso. Con toda mi formación...
—Tus días como extractor han terminado. Acabados. Fin del juego.
El rostro de Brian enrojeció de ira, pero no miró a Leon.
—Te dije desde el principio lo que pasaría en esta situación. La cagaste, y a lo grande, y ahora tienes que pagar las consecuencias.
Dicho esto, Brian se levantó del banco.
—¡No puedes hacerme esto!
—gruñó Leon.
Brian se detuvo y lo miró desde su altura a través de las gafas de montura metálica, con los ojos azules tan fríos como dos trozos de hielo.
—Te lo estoy haciendo, y más te vale dar gracias de que sea todo lo que te hago.
Se inclinó hacia él y bajó la voz.
—En algunos países ni siquiera estarías...
Brian no tuvo que terminar. Se dio la vuelta de nuevo y echó a andar por la acera, con el periódico bajo el brazo.
—Has sido como un padre para mí —gritó Leon.
Se le quebró la voz por la emoción.
Brian se detuvo. Se volvió y encaró a Leon de nuevo.
Le miró a la cara, luego bajó la vista al suelo, masticando el cigarro con aire pensativo.
De repente, Leon comprendió algo más. Aunque había completado con éxito su última misión, había desobedecido las órdenes de Brian, algo que nunca había hecho antes. El ego estaba en juego.
—Vamos, tío —suplicó Leon, echando un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba—. Tiene que haber algo que aproveche mi formación y experiencia, aceptaré cualquier cosa...
Brian lo observó durante un largo momento mientras daba caladas al cigarro.
—Bueno, supongo que fue en parte culpa nuestra por no investigarla más a fondo...
Leon asintió levemente. Por supuesto que había estado pensando eso todo el tiempo, pero no se había atrevido a decirlo en voz alta, temiendo que Brian pensara que intentaba eludir su responsabilidad.
Finalmente Brian suspiró y miró a Leon con escepticismo.
—Puedo hacer algunas llamadas, pero...
Se encogió de hombros.
—Probablemente sea una pérdida de tiempo.
Vaciló un momento y añadió:
—¡Arréglate, tío! Y deja de beber, hueles como una maldita destilería.
Durante los días siguientes, Leon se aferró a la esperanza de que Brian pudiera encontrarle algún tipo de trabajo en el gobierno, al menos quizás en las fuerzas del orden o el ejército.
Pero su formación era tan limitada y altamente especializada que le costaba imaginar qué podría ser.
O dónde. Ahora que su identidad había quedado comprometida, era un peligro indirecto para cualquiera que estuviera a su alrededor.
Pasaba en coche por la farola del buzón muerto varias veces al día, aferrándose a la esperanza como a un salvavidas.
No sabía qué haría si tenía que entrar en WITSEC y mudarse a Iowa.
Sería como que lo mandaran a pastar, como un viejo caballo de tiro desgastado que ya no servía para nada útil. ¡Y estaba en la flor de la vida!
Cinco días después de su reunión, Leon finalmente vio la señal y soltó un grito de júbilo que hizo que el conductor del carril de al lado se le quedara mirando. Nunca pensó que se alegraría tanto de ver un chicle pegado en la parte inferior de una farola.
Esta vez iba limpio y recién afeitado para la reunión, e incluso sacrificó un par de pantalones caros para la ocasión, ya que tuvo que cortar la pernera izquierda por abajo para que cupiera sobre la escayola del tobillo.
En cuanto vio el rostro de Brian, supo que el hombre había encontrado efectivamente una alternativa a una muerte lenta en WITSEC.
—¿Qué es?
—dijo, antes incluso de sentarse.
Brian señaló el banco.
—Será mejor que te sientes, puede que no te guste.
Leon se obligó a plantar el trasero. Se puso la muleta en el regazo.
Brian lo miró, echó un vistazo alrededor para asegurarse de que estaban solos y dijo:
—Resulta que hay un puesto disponible en otra rama del gobierno que podría interesarte.
—¿Qué rama?
—El Servicio Secreto.
Eso sí que no se lo esperaba.
—Es en un lugar horrible —advirtió Brian.
—¿Dónde?
—Sofía, Bulgaria.
Leon intentó no hacer una mueca. Tenía que ser mejor que Iowa, se dijo.
—¿Cuál es el trabajo?
—Jefe de su oficina de campo allí, el SAIC.
Eso significaba Agente Especial al Mando.
—El que ocupa el puesto ahora se jubila, y nadie más lo quiere. Sería principalmente un trabajo de escritorio, pero podrías hacer algún trabajo encubierto de vez en cuando.
—¿Qué tipo de trabajo encubierto?
Brian se encogió de hombros.
—Atrapar falsificadores de moneda en Europa del Este, ese tipo de cosas.
Sin duda era mejor que Iowa.
—Tendrás que hacer un curso de formación en la escuela del Servicio Secreto en Laurel, aprender sobre falsificación y sus procedimientos de oficina y toda esa mierda.
—Lo acepto.
Brian asintió.
—Me lo imaginaba. Una mejora sobre Iowa, supongo...
—Una gran mejora. Gracias.
Brian se limitó a gruñir.
—Pondré todo en marcha.
Hizo ademán de levantarse, pero vaciló.
—Necesito un nombre para darles. ¿Has pensado qué seudónimo quieres usar de ahora en adelante?
—Sí.
—¿Y?
—Me gustaría un nombre francés, ya sabes, para conservar mi herencia cajún.
—Lo entiendo.
—Estaba pensando en LaGrange. Nick LaGrange.