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Isabella no llegó a casa a la hora habitual, justo antes de la cena, y Leon empezó a preocuparse.
Le mandó un par de mensajes y ella no contestó.
Ya había revisado el armario para asegurarse de que no se había ido, y con gran alivio, encontró toda su ropa todavía allí, todas sus cosillas en los cajones de la cómoda, su cepillo y secador en el baño.
Por fin, sobre las siete y media, recibió un mensaje de ella. Tomando café con algunos compañeros de clase, llegaré sobre las nueve.
No era propio de ella; era obvio que todavía estaba enfadada con él.
Cuando por fin llegó, se quitó el abrigo y lo miró desde el otro lado de la habitación. Leon estaba sentado en uno de los sillones, inclinado hacia delante, con las manos entrelazadas.
—Hay algo que tengo que decirte.
Señaló el sofá.
—Siéntate. Por favor.
—Prefiero quedarme de pie.
Leon suspiró y se levantó, metiéndose las manos torpemente en los bolsillos.
—Yo...
Era el momento. Una vez que pronunciara la siguiente frase, no habría vuelta atrás.
—¿Tú qué? —dijo Bella con inquietud.
—Trabajo para la CIA.
Bella lo miró fijamente durante un largo momento. Se quedó boquiabierta y empezó a reírse.
—¿Qué? —dijo Leon, frunciendo el ceño.
—¿Es lo mejor que se te ocurre? ¿Después de veinticuatro horas para inventarte una historia?
Se rio de nuevo, sacudiendo la cabeza.
—Oh, Leon. «¿Trabajo para la CIA?» Yo habría pensado que un hombre de tu inteligencia podría haber ideado algo un poco más...
Su voz se apagó. Le escrutó el rostro. Leon no tenía ni idea de qué expresión tenía él, pero el de ella pareció perder todo el color.
—¿Tú... tú trabajas para la CIA?
Leon se bajó el cuello de la camisa, dejando al descubierto la herida del hombro.
—No es una herida punzante, es un agujero de bala.
De repente, la ansiedad de Leon por contarle por fin la verdad se transformó en una extraña sensación de alivio, como si acabara de soltar un cuerpo de noventa kilos que hubiera llevado a cuestas.
Leon pasó los siguientes minutos explicándole los detalles de su trabajo, cómo había entrado en esa línea de trabajo tan inusual y la frecuencia de sus misiones.
Bella seguía negándose a sentarse; se mantenía alejada de él con los brazos cruzados, asimilándolo todo con los ojos muy abiertos.
Él no podía saber si estaba conmocionada, asqueada o asustada; quizás las tres cosas.
Lo último que le dijo fue que cuando se iba a una de las misiones, había «una pequeña posibilidad» de que no regresara.
—Una pequeña posibilidad...
—Sí.
No pensaba revelarle que en realidad era del cincuenta por ciento.
Además, pensó, esas estadísticas pesimistas generadas por los cerebritos de Langley obviamente no se aplicaban a él, o no estaría allí de pie en ese momento.
Sabía que nunca lo matarían en una extracción.
¿Herido? Sí. ¿Lisiado de por vida? Quizás.
¿Pero muerto de verdad? No. No sabía cómo lo sabía, simplemente lo sabía.
Por supuesto, ella nunca creería algo así.
Los ojos marrones de Isabella relampaguearon de ira.
—¿Me has mentido todo este tiempo?
—No te he mentido en nada, cariño, no hasta anoche. Esta es la primera misión que ha surgido desde que...
—¡Me mentiste! —dijo, y empezó a caminar de un lado a otro furiosa.
—No mentí... yo... simplemente no podía decirte la verdad, y se supone que no debo estar diciéndotelo ahora, es un delito grave, va contra mi autorización de seguridad.
—Autorización de segu... ¡Dios mío... sabía que no debería haberme liado contigo!
Él se acercó a ella.
—Cariño...
—¡No me llames «cariño»! —gritó, y él bajó los brazos.
Ella agarró un jarrón lleno de flores artificiales —un regalo que le había hecho para alegrar su sala de estar «masculina»— y se lo lanzó.
Él se agachó y el jarrón se estrelló contra la pared, haciéndose añicos y esparciendo pedazos por todo el suelo.
Ella lo miró de arriba abajo como si de repente se hubiera convertido en un completo desconocido.
—¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Por qué me hiciste enamorarme de ti?
Se derrumbó en el sofá, sollozando. Él quería abrazarla, consolarla, pero sabía que era mejor no tocarla en un momento así.
—Mira, solo es un par de veces al año...
—¡No me importa si es solo una vez en la vida! ¿Por qué tienes que hacer algo tan loco y peligroso?
—Hay vidas en juego, por eso.
Ella se incorporó y se secó los ojos.
—¿Qué vidas?
Leon se encogió de hombros.
—Agentes encubiertos, diplomáticos, sus familias... todo tipo de gente.
Ella lo miró con verdadero desconcierto.
—¿Por qué tú, Leon? ¿Por qué tienes que ser tú quien los salve?
—Porque es mi trabajo.
—¡Y puede que no vuelvas! ¿Cómo demonios pudiste pensar que yo podría vivir con eso?
—Yo... muchas mujeres están con hombres que arriesgan la vida. Policías, bomberos, soldados...
Bella se levantó de golpe y subió las escaleras corriendo.
—¿Adónde vas? —dijo él, siguiéndola y subiendo los escalones de dos en dos.
Ella sacó la maleta del armario, la tiró sobre la cama y la abrió.
—Nunca debí haberme mudado contigo. ¡Qué truco tan sucio y rastrero! Seguro que ya sabías que ibas a ir a esta «misión» o como la llames el día que me lo pediste, y me engañaste para que viniera, me dejaste instalarme...
—No lo supe hasta después. Te juro que no lo sabía.
Abrió uno de los cajones de la cómoda y empezó a meter la lencería en la maleta. El tanga rojo de encaje que se había caído de la cesta de la ropa el día que se conocieron estaba encima del montón. Lo miró un instante, después lo cogió y lo metió también en la maleta.
Leon la observaba, observaba cómo su cuerpo se estremecía de angustia. Parecía tan frágil, tan delicada, tan vulnerable. Estaba detrás de ella. Despacio, alzó la mano y le acarició el pelo, con lágrimas en los ojos.
—Isabella, cariño, te quiero tanto. Por favor, no me dejes.
Eso solo consiguió que sollozara con más fuerza. Él le acarició el pelo.
—Cariño, por favor. Quiero casarme contigo.
Se quedó muy quieta, luego se volvió y lo miró con incredulidad.
—¿Casarme contigo?
Señaló la puerta.
—¿De verdad crees que me casaría con alguien que se marcha cada pocos meses y puede que no vuelva nunca?
Leon tragó saliva.
—Lo dejaré. No lo haré más.
Bella se secó los ojos, sorbiéndose los mocos, y lo miró fijamente.
—¿Qué?
—He dicho que lo dejaré.
Él percibió un cambio en ella.
—¿Tú... harías eso por mí?
—Sí, lo haría por ti. En cuanto termine esta misión, hablaré con mi...
—Oh, no.
Negó con la cabeza. Se volvió hacia la cómoda y metió otro montón de ropa en la maleta.
—Tengo que completar esta misión, Bella, no tengo otra opción. Hay vidas en juego.
—Sí. La tuya.
Leon pasó otra hora engatusándola, persuadiéndola y hablándole con ternura a Isabella hasta que por fin la convenció, o eso creyó, de que al menos no lo dejara hasta que terminara la misión.
Le prometió que hablaría con su «jefe» —evitó usar más jerga de la CIA, ya que parecía empeorar las cosas— y que encontraría otra forma de aprovechar sus habilidades y su entrenamiento especial, algo mucho menos peligroso.
Y si no lograba ese acuerdo, lo dejaría por completo.
Estaba tan agotado emocionalmente cuando se acostó que se quedó dormido de inmediato, pero la sintió revolverse inquieta a su lado durante buena parte de la noche.
Hacia las cuatro de la madrugada, se despertó y descubrió que ya no estaba a su lado. Se levantó rápidamente, alarmado, entornando los ojos en la penumbra, temiendo que hubiera cambiado de opinión y se hubiera marchado. Entonces vio la maleta abierta en el suelo, donde la habían dejado.
Ahora Leon notaba el aire fresco rozándole los tobillos. Ella estaba en el balcón, fumando un cigarrillo, algo que solía hacer cuando estaba alterada y no podía dormir.
Se puso la bata y se acercó a la puerta abierta. Ella estaba junto a la barandilla, contemplando las luces titilantes de Georgetown, el resplandor anaranjado del cigarrillo entre los dedos. Él notó que ella sabía que estaba allí.
Se acercó y la abrazó por detrás, besándole la nuca. Ella se resistió, pero al final se volvió hacia él y hundió el rostro en su pecho.
—Solo esta última vez, ¿de acuerdo? —susurró él—. Tendré mucho cuidado, te lo prometo. Y después, nunca más.