Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 82
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Leon pasó los dos años siguientes vagando por el gran estado de Texas, donde encontraba trabajos como mecánico en gasolineras y talleres de pueblos pequeños, con lo justo para pagar habitaciones en moteles ruinosos al borde de la carretera.

Gastaba todo el dinero que le sobraba en circuitos de carreras de stock cars, donde a veces hacía trucos y acrobacias peligrosas para el público durante los intermedios.

Si antes se había sentido como un barco sin rumbo, ahora se sentía más como una planta rodadora de Texas, que deja que el viento la lleve en la dirección que quiera.

Nunca volvió a Luisiana a ver a sus padres; no podía enfrentarse a su padre.

Bebía demasiado, fumaba demasiado, se metía en peleas de bar y estuvo a punto de que lo arrestaran varias veces por alterar el orden público.

Sus «relaciones» consistían en una serie de aventuras de una noche con chicas de bar, de esas que se van a casa contigo y hacen lo que quieras a cambio de unas copas o un poco de dinero.

Estaba enfadado, enfadado con el mundo por no darle lo que quería, aunque si alguien le hubiera presionado para que dijera exactamente qué era eso, habría sido incapaz de expresarlo con palabras.

Pensaba en Sherry a menudo. No en su breve relación, sino en esos momentos surrealistas en los que la había bajado a toda velocidad por la montaña para salvarle la vida.

Se había perdido por completo durante esos fugaces minutos; nunca había experimentado nada parecido.

Dune le había contado una vez a Leon la sublime sensación de dicha que había alcanzado mientras meditaba, tras pasar un año en un pseudo monasterio budista en California.

La describió como una sensación mágica de ser «uno con el universo» y estar en total paz consigo mismo, pero al mismo tiempo sin ser consciente de nada más que de su propia respiración.

Para Leon, la misión de rescate montaña abajo en Colorado había sido exactamente así.

Pero había algo más. Leon empezó a tener sueños recurrentes sobre el episodio del rescate, y finalmente comprendió por qué.

No era solo esquiar a toda velocidad montaña abajo lo que lo había sumido en ese estado hiperconsciente: era la velocidad combinada con un propósito.

La vida de alguien dependía de que él rindiera al máximo de su capacidad, y durante esos preciosos minutos, cada fibra de su ser lo había logrado.

Fue la primera y única vez en su vida que se había sentido valioso, como si su existencia en este mundo realmente importara.

Leon le daba vueltas a estos pensamientos a menudo, intentando encontrar una manera de volver a implicarse así, pero de forma deliberada, y quizás cobrando por ello.

¿Existían trabajos así? Los únicos puestos que se le ocurrían que pudieran parecerse eran conductor de ambulancia, paramédico, bombero o algún otro tipo de trabajador de emergencias.

De hecho, investigó lo que haría falta para seguir esas carreras, pero ninguna le despertó verdadero entusiasmo.

Finalmente abandonó esa línea de pensamiento y se dijo que intentara ser feliz con la vida que tenía.

Quiso la suerte que un día él y sus amigos fueran a Dallas a salir de fiesta, y a la tarde siguiente, con los ojos entornados por el sol, resaca y un dolor de cabeza palpitante, se topó con un rodaje.

Un equipo de Hollywood estaba rodando una película de acción de bajo presupuesto, y el especialista que debía conducir un Dodge Charger a toda velocidad por una calle y volcarlo se había puesto enfermo por culpa de la mala comida Tex-Mex del catering.

De repente, a Leon se le pasó el dolor de cabeza.

Estaba entre la pequeña multitud de curiosos cuando se enteró, y enseguida buscó al responsable, el ayudante de dirección o «AD», y le dijo que él podía hacer la escena.

Tras hablar con el director, que también estaba enfermo, al igual que parte del equipo, le dieron a Leon los formularios de descargo de responsabilidad para firmar y la promesa de mil doscientos dólares si hacía la escena y no se mataba en el intento.

Leon ejecutó la escena de forma impecable; en realidad era un truco menor comparado con algunas de las piruetas que había hecho en carreras de stock cars. Cuando terminó y el director gritó «¡Corten, queda!», el AD le dio una tarjeta y le dijo:

—Deberías venir a Los Ángeles; podría conseguirte trabajo como especialista.

Así empezó una nueva fase en la vida de Leon, bastante esperanzadora, o eso pensó él.

Hacer escenas de acción con coches en Hollywood y cobrar bien por ello no estaba nada mal, se dijo.

Se mudó a Los Ángeles, y tras lavar platos en un restaurante de Sunset Boulevard durante unos meses, consiguió trabajo en un taller de coches donde llevaban los vehículos algunas estrellas.

Luego fue a una escuela de conducción de especialistas, sobre todo para aprender los trucos más habituales en las películas y cómo crear un currículum impresionante de doble de acción.

Y el esfuerzo empezó a dar sus frutos con algunos trabajos como especialista de conducción.

Pero los trabajos eran escasos, y Leon tuvo que depender de su «trabajo de día» como mecánico para pagar el alquiler.

Vivía con un grupo de otros dobles de acción y actores, la mayoría aspirantes, en un típico complejo pequeño, mezcla de motel y apartamentos, con una piscina infestada de algas en el patio en la que nadie se atrevía a meterse.

Aun así, era divertido: Leon y algunos de los otros chicos hacían ejercicio con regularidad para mantenerse en forma, iba a muchas fiestas y a veces se cruzaba con estrellas de cine de primera.

Sin duda era un gran cambio respecto a su vida de semivagabundo en Texas.

Sus relaciones sentimentales duraban más ahora, pero seguían siendo poco más que rollos prolongados.

Siempre había un flujo constante de jóvenes y guapas aspirantes a actriz que llegaban a Hollywood de todo el mundo, y a muchas les atraía el aire de chico malo, rudo y atractivo, de Leon.

Pero en cuanto descubrían que un doble de acción con poco trabajo no podía conseguirles un papel en una película, pasaban página enseguida.

Los sueños recurrentes de Leon continuaron.

Una y otra vez, se veía volando por la pista negra de Thunderhead Peak, arrastrando a Sherry, gravemente herida, tras él, surcando la nieve como un rayo, el viento frío en la cara, la mente concentrada como un láser en bajarla lo más rápido posible, la adrenalina bombeando por sus venas,

el sentido de propósito tan cristalino como el agua de un lago de montaña.

«¿Por qué no desaparece ese maldito sueño?»

, pensaba. Descubrió que si se acostaba un poco —o muy— borracho, no lo tenía, o ni siquiera soñaba.

Una mañana, después de tener otro de esos sueños que no había pedido, pasó por encima de la rubia de piernas largas que estaba en su cama —y que se habría ido antes de que acabara la semana— y se miró en el espejo agrietado del baño.

Le asaltó una revelación deprimente.

«Salvar la vida de Sherry Mathis es lo único verdaderamente valioso que he hecho, y probablemente será lo único valioso que haga en toda mi miserable vida».

Irónicamente, una semana después, Leon recibió una llamada de su agente: tenía un trabajo como especialista de conducción en una película de Oliver Stone.

La complicada maniobra incluía dos coches y un tren en movimiento.

Por la simple razón de que en el currículum de Leon figuraban sus conocimientos sobre locomotoras, cómo desacoplar vagones, etc., lo eligieron entre cientos de candidatos.

Leon estaba entusiasmado, y aquello lo sacó de su bajón.

Esta podría ser mi gran oportunidad, pensó.

En Hollywood, el dicho «No es lo que sabes, sino a quién conoces» se aplicaba tanto como en cualquier otro sitio, quizás más.

Dejó de beber una semana antes de que le tocara rodar sus escenas, y se machacó en el gimnasio para ponerse en la mejor forma posible.

Había que exprimir al máximo la conexión con Oliver Stone.

Poco después de llegar al rodaje, se fijó en un hombre delgado y mayor que estaba apartado, solo, masticando un puro fino. El tipo iba vestido de manera informal, con corbata de cordón y gafas de montura metálica. Tenía el pelo canoso y lo llevaba recogido en una coleta.

El hombre miró a Leon, le dedicó un leve asentimiento que a Leon le pareció extraño, y volvió la vista hacia el set. Estaban rodando en una vía de tren real que cruzaba una carretera secundaria al norte de Los Ángeles.

Leon se puso manos a la obra, ensayando y finalmente ejecutando la escena de riesgo, que requirió dos días de rodaje. Cuando volvió el segundo día, el mismo hombre canoso con gafas de montura metálica seguía por allí, masticando su fino cigarro.

—¿Quién es ese tipo? —le susurró Leon a uno de los tramoyistas.

—¿No lo sabes?

Leon negó con la cabeza.

Bajando la voz, el tramoyista dijo:

—Un agente de la CIA que Ollie contrató como asesor para la película.

Leon estudió al desconocido con más detenimiento.

Había algo diferente en aquel hombre, algo que no encajaba con Hollywood: su traje era viejo y algo arrugado, tenía el rostro curtido y una mirada sagaz.

Si hablaba con Oliver Stone, con los demás guardaba silencio.

Parecía muy interesado en todo lo que ocurría, aunque era evidente que se limitaba a observar.

De pronto, el hombre miró hacia Leon.

Leon apartó la vista enseguida.

Un par de horas más tarde, tras terminar otra de sus escenas, Leon estaba tomando un refresco y un sándwich junto al camión del catering.

Se dio cuenta de que no estaba solo: el hombre de la coleta gris estaba justo a su lado, también comiendo un sándwich, sin mirarlo.

Por razones que no sabría explicar, se sintió un poco cohibido.

—¿Alguna vez has pensado en servir a tu país? —murmuró el hombre. Hablaba con la boca medio cerrada y un ligero acento sureño.

Leon lo miró.

—¿A qué te refieres?

Se encogió de hombros mientras masticaba, con la vista puesta en dos miembros del equipo que manipulaban una enorme cámara Panavision.

—Hablo de trabajar para La Compañía.

Leon estaba confundido.

—¿Qué compañía es esa?

—Cristianos en Acción.

Leon frunció el ceño.

—¿Cristianos...?

—¡La CIA! —susurró al fin, con una risita. Lo miró de arriba abajo—. No sales mucho, ¿verdad?