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Bogalusa, Luisiana
Cuarenta años antes
Si existe algo parecido a un «adicto nato a la velocidad», Leon Gilmour lo era. Según su madre, la primera palabra que pronunció no fue mamá ni papá, sino «¡vamos!», como en «¡más rápido!».
Aquel momento singular ocurrió cuando el pequeño Leon iba sentado en el regazo de su madre, a bordo de un hidrodeslizador que surcaba los pantanos infestados de caimanes de Luisiana a sesenta y cinco kilómetros por hora.
El padre de Leon era dueño de una empresa turística, Bayou Bob's Real Swamp Tours, que él mismo dirigía.
Poco importaba que Bayou Bob no tuviera nada de auténtico, empezando por el nombre.
Aunque Richard Gilmour sí tenía antepasados cajún, había nacido y crecido en Memphis, Tennessee, y solo se había mudado a Luisiana para montar el negocio turístico.
En cualquier caso, con el viento azotándole el pelo, el rugido del motor en los oídos y el musgo español de los árboles rozándole la regordeta cara, el pequeño Leon sentía que volaba a la velocidad de la luz.
Mientras crecía, Leon mostraba escaso interés por el negocio de su padre, por mucho que Richard lo deseara.
Soñaba con ser piloto de combate, astronauta, corredor de carreras o cualquier otra cosa que implicara alta velocidad y riesgo considerable.
Era un niño hiperactivo, y con aquel pelo largo peinado hacia atrás, su madre solía bromear con que parecía ir a ciento sesenta kilómetros por hora incluso estando quieto.
A Leon le fascinaban todo tipo de vehículos, y esa curiosidad a menudo le traía problemas, a veces con la policía.
Una noche saltó la valla de una obra y condujo una excavadora por el recinto solo por diversión; cuando no logró averiguar cómo parar aquel monstruoso tractor amarillo, acabó derribando una valla metálica.
Durante unas vacaciones en Colorado con la familia de un amigo, robó un bobsleigh y casi se mata bajando sin control por una pista de hielo.
El padre de un compañero de clase era fumigador aéreo y, impresionado por la habilidad mecánica de Leon, le enseñó a pilotar su pequeña avioneta monomotor.
El hombre también tenía un helicóptero, un ala delta y un globo aerostático, y le enseñó a pilotarlos todos.
Pero en cuanto Leon dominaba cualquier vehículo, se aburría de él, por muy rápido que fuera.
También le fascinaban la potencia bruta y el peso de las locomotoras.
Solía rondar por el patio ferroviario local, observando cómo enganchaban y desenganchaban los vagones, y de vez en cuando dejaba una moneda en los raíles para que la aplastaran.
Uno de los maquinistas acabó enseñándole a manejar una de aquellas enormes locomotoras diésel de doscientas toneladas.
A Leon también le atraía la idea de aprovechar la formidable fuerza gratuita del viento para surcar el agua a toda velocidad.
Aunque su familia no tenía veleros, descubrió que era fácil embarcarse en uno en el lago Pontchartrain ofreciéndose como tripulante en las regatas.
Aprendió a navegar todo tipo de embarcaciones, desde un catamarán de cuatro metros hasta un yate de once, pero acabó aburriéndose también de eso.
También le gustaba construir vehículos veloces.
A los doce años ya había fabricado un kart, una minimoto y un monopatín motorizado desde cero.
Disfrutaba cacharreando con motores de gasolina y se le daba bien repararlos y quitarles los limitadores para aumentar las revoluciones.
Tenía lo que uno de sus profesores llamaba «aptitud mecánica natural».
Pero a Leon Gilmour le interesaba la escuela tan poco como el negocio de excursiones por el pantano de su padre. Lo único que le apasionaba era ir rápido o construir cosas que fueran rápidas.
O eso creía.
Cuando Leon tenía diecisiete años y empezó el último curso del instituto, decidió que no le quedaba más remedio que ir a la universidad. Fue una decisión tomada a última hora, provocada una noche calurosa y húmeda de agosto en que su padre señaló la puerta de la calle y le dijo:
—Muchacho, si decides no seguir estudiando después del instituto, en cuanto te gradúes te las apañarás solo. ¿Entendido?
Las palabras de su padre fueron como un jarro de agua fría.
Leon comprendió que tenía que hacer algo práctico, así que se puso las pilas y empezó a estudiar en serio, sacando sobresalientes en matemáticas y física.
Por entonces se había metido en las carreras de turismos, y su padre le había pintado un panorama sombrío de su posible futuro como piloto de Fórmula Uno, su último sueño.
Esa profesión requería dinero, montañas de dinero.
Leon aceptó lenta y dolorosamente que su sueño probablemente nunca se haría realidad, y que lo mejor sería hacerse ingeniero de automoción.
Decidió que iría a la Universidad Estatal de Luisiana a estudiar ingeniería mecánica. Así, al menos podría conseguir trabajo en algún equipo de F1 y estar cerca del deporte.
La experiencia universitaria de Leon fue decepcionante, por no decir otra cosa.
Le asignaron habitación con un fumeta peludo y rechoncho que respondía al improbable nombre de Dune.
El tipo tenía veintiséis años y llevaba «buscándose a sí mismo» desde que terminó el instituto.
Al parecer, la búsqueda no había dado frutos, así que Dune finalmente decidió volver a estudiar y, como Leon, hacerse ingeniero mecánico.
Aunque Dune estaba colocado casi todo el tiempo, sacaba sobresalientes en todas las asignaturas, que por supuesto eran exactamente las mismas que cursaba Leon.
Aquello minó la confianza de Leon: él estudiaba a todas horas, haciendo interminables ejercicios, pero solo conseguía aprobados raspados y suspensos.
Simplemente no lograba concentrarse, apenas podía estarse quieto en clase, algo que siempre le había pasado en el colegio.
Y echaba de menos su coche: su padre le había obligado a venderlo para ayudar a pagar la matrícula, diciéndole que de todos modos tendría que quedarse en el campus y «hincar los codos».
Casi todos los días Leon se planteaba seriamente dejarlo, pensaba en llamar a su padre y decirle:
—Se acabó, papá, no puedo más.
Aun así, Leon se obligó a seguir adelante, y cuando hablaba con sus padres por teléfono, fingía que todo marchaba bien.
Parte del problema era la soledad, que poco a poco le carcomía el alma.
Aunque Leon era alto, musculoso y tenía un atractivo de malote, no tenía ni idea de qué decirles a las chicas, que por lo general no mostraban interés por las carreras de Fórmula Uno ni por los motores de gasolina.
No es que tuviera tiempo para mujeres, de todos modos, con la cantidad de deberes que tenía que hacer cada noche.
A menudo las observaba con anhelo desde la ventana de su residencia mientras paseaban por las aceras, despreocupadas, riendo y charlando sobre la última fiesta a la que habían ido.
La mayoría de las más guapas estudiaban letras y parecían no tener que estudiar nunca, salvo a final de semestre, cuando redactaban los trabajos y se preparaban para los exámenes.
Según Dune, todas estaban allí para sacarse el título de «señora», buscando futuros médicos y abogados con quienes casarse.
—No te preocupes —dijo Dune con sorna un día mientras observaban a un grupo de estudiantes guapísimas pasar por la acera, riendo y charlando entre ellas—.
Cuando la mayoría de esas cabezas huecas se gradúen, seguirán solteras, currando en hamburgueserías y suplicándonos que las dejemos subir a nuestros Porsches.
Leon no las tenía todas consigo.
Cuando Leon empezó el segundo semestre en la facultad de ingeniería, comenzó a sentirse como a bordo de un barco sin timón que se alejaba cada vez más del rumbo.
Estaba harto de sus estudios monótonos y de su existencia monacal. Aunque Dune parecía disfrutar de sus clases, Leon notaba que su peludo compañero de habitación también lo pasaba mal. Soportar cuatro largos años de aquella tortura parecía imposible.
Un día surgió un destello de esperanza cuando Dune dijo:
—Oye, tío, hay un viaje de esquí a Colorado en las vacaciones de primavera. ¿Te apuntas? Van un montón de tías buenas. ¡Seguro que nos acostamos con alguna!
Leon no tenía tan claro lo de «acostarse con alguna», como siempre decía Dune, pero la idea de escapar del tedio de LSU y Luisiana durante una semana y lanzarse por las pistas de esquí era como un soplo de aire fresco muy necesario.
Le fastidiaba pedirle dinero a su padre para el viaje, pero se lo encontró sorprendentemente receptivo.
—Te has ganado unas vacaciones, hijo. Sabemos que es difícil, y los dos estamos muy orgullosos de ti.
En aquel momento, Leon no tenía ni idea de cómo aquel simple viajecito de esquí organizado por la universidad cambiaría por completo el rumbo de su vida.
La excursión de esquí estaba abierta a toda la universidad.
Se apuntaron unos sesenta estudiantes de todas las edades y departamentos: había estudiantes de primero, de último año, de posgrado, de derecho, de enfermería y de medicina.
Hicieron falta dos autobuses para transportar al grupo de LSU desde el aeropuerto de Hayden hasta los alojamientos en Steamboat Springs, donde les asignaron habitaciones dobles a todos.
Durante el trayecto, la mayoría de los estudiantes ya estaban de fiesta, pasándose discretamente botellas y petacas.
Leon y Dune no perdieron tiempo en alquilar el equipo. Era una tarde estupenda, con el cielo perfectamente despejado tras varios días de fuertes nevadas. Las condiciones para esquiar eran perfectas.
Justo cuando se pusieron en la cola del telesilla, los dos vieron a una «conejita de nieve» que también acababa de alquilar el equipo.
Cuando pasó junto a ellos, tanto Leon como Dune se quedaron momentáneamente sin palabras.
Era alta, con unos llamativos ojos azules y una melena rubia espectacular.
La chica llevaba un traje de esquí verde lima que se ceñía a sus curvas como una segunda piel.
Tenía la figura firme pero voluptuosa de una modelo de revista.
—Esa solo sirve para una cosa —murmuró Dune mientras pasaba—, y no es esquiar.
Leon se rio.
—Con ese cuerpo, seguro que consigue su título de señora. Por cierto, está en nuestro grupo.
—¿En serio? —Leon no la había visto ni en el avión ni en el autobús.