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A cien kilómetros al sur de Bruselas, cerca de la frontera noroeste de Francia, se encuentra el Circuito Jules Tacheny. La estrecha pista de 2.280 metros acoge carreras de automóviles y motocicletas.
Aquella noche, un solitario Dodge Charger de 1971 color naranja quemado atronaba por las curvas, los neumáticos chirriando, el motor V8 de 440 C.I. six-pack rugiendo como un animal salvaje.
El conductor era un hombre llamado Leon Gilmour.
Leon tenía un trabajo inusual, de esos que muy pocos saben que existen.
Era un extractor profesional.
Cobraba de la CIA en efectivo, pero operaba completamente al margen del sistema.
Su especialidad era rescatar «activos» estadounidenses atrapados en territorio enemigo.
Leon no solo era un conductor experto, sino que también sabía pilotar aviones, helicópteros, globos aerostáticos, trineos, locomotoras y prácticamente cualquier vehículo imaginable.
Las extracciones exitosas exigían rapidez mental, mucha improvisación y nervios de acero.
Justo cuando completaba la decimoquinta vuelta exprimiendo el muscle car clásico, el teléfono satelital seguro que llevaba en el bolsillo empezó a vibrar.
Leon redujo la velocidad, sacó el teléfono y miró la pantalla.
—JAGUAR al habla —dijo, identificándose con su nombre en clave.
—Diríjase a EVCB de inmediato. Hora límite de llegada: veintiuna horas Zulu.
Debido al doble cifrado, la voz sonaba andrógina y hueca.
—Recibido y confirmado —dijo Leon.
Se cortó la conexión.
Las llamadas de extracción siempre eran así: cortas y directas, sin una pizca de información adicional.
Leon no sabría a quién debía extraer ni en qué país se encontraba hasta llegar a EVCB, la Base Aérea de Chièvres, un aeródromo de la OTAN en Bélgica operado por el Escuadrón 424 de la Fuerza Aérea estadounidense.
Aceleró el Charger y saludó al guardia de seguridad al que había sobornado para conseguir media hora en la pista, con la mente ya puesta en la misión.
En EVCB, sospechaba que encontraría un bombardero furtivo B-2 esperándolo para trasladarlo al destino final.
Treinta y dos minutos después, Leon llegó al puesto de control sur de EVCB, el Charger retumbando junto a la garita. El cigarrillo de liar que le colgaba de los labios se agitó cuando dijo:
—¿Qué tal?
Y le tendió la identificación. Era falsa, emitida bajo seudónimo.
Mientras el guardia revisaba la identificación, Leon ya sentía el embriagador pulso de adrenalina en las venas, como siempre al inicio de una operación de extracción.
Era lo único en su vida que lo hacía sentirse realmente valioso, y disfrutaba enormemente del subidón.
Pero hoy la estimulante mezcla de emoción y peligro estaba empañada por una culpa latente que lo carcomía desde hacía tiempo.
Unos meses atrás había abandonado a su esposa, dejándola sola con sus dos hijos pequeños.
Ella ni siquiera sabía a qué se dedicaba él, lo que agravaba aún más su sentimiento de culpa.
Pero habían llegado a un punto de «diferencias irreconciliables» en su matrimonio y, por mal que les sentara a los niños, simplemente no veía forma de seguir juntos.
Leon apartó todo aquello de su mente mientras el guardia inspeccionaba los bajos del coche con un espejo en busca de explosivos: las extracciones exitosas requerían concentración y preparación intensas.
Por fin se abrió la barrera y lo dirigieron al Hangar 3.
Aparcó junto al hangar y saltó del coche, arrastrando del maletero una enorme bolsa de lona llena de equipo: armas, herramientas y ropa.
Siempre trabajaba solo y era muy exigente con su material, prefería usar el suyo.
Todo era imposible de rastrear, ensamblado con piezas de fabricantes de todo el mundo.
Nada más poner un pie en el cavernoso hangar, supo que había acertado sobre el transporte. En el centro, un bombardero furtivo B-2 negro azabache, con varios técnicos trajinando a su alrededor para prepararlo.
¿Adónde esta vez? ¿Afganistán? ¿Corea del Norte? ¿Pakistán? Vete a saber.
Aquella extraña aeronave casi supersónica nunca dejaba de fascinarlo.
Vista desde arriba, parecía un bumerán de alta tecnología.
O quizá un ala de murciélago en forma de V con un motor acoplado.
De perfil, prácticamente sin cola, le recordaba a un lenguado: plano en los bordes pero ligeramente abombado en el centro.
Siempre le sorprendía un poco que aquel trasto pudiera volar.
Era una auténtica maravilla tecnológica.
En modo furtivo, generaba una firma en el radar enemigo del tamaño de una paloma.
De noche, volando a gran altitud, el B-2 con forma de murciélago era silencioso e invisible, completamente indetectable.
Leon saludó con la cabeza al comandante de la misión, que estaba bajo el reactor, junto a una escalera con ruedas. El CM era un hombre fornido, de aspecto intelectual, con rostro curtido y nariz afilada. Leon ya había trabajado con él.
El equipo de preparación estaba izando una moto de nieve hacia la panza del aparato.
—Cuidado —dijo el CM mientras subían el pequeño vehículo por las compuertas de la bodega de bombas.
«Así que eso es lo que usaré para la extracción», pensó Leon. Quedaba descartada la mayor parte de Oriente Medio.
Pero algo más arriba captó su atención. Dos hombres de mandíbula cuadrada ya estaban a bordo, agachados junto a las compuertas, mirándolo con expresión condescendiente. Ambos iban equipados para un salto en paracaídas.
Leon frunció el ceño y miró al CM con gesto interrogante.
—¿Quiénes demonios son esos?
—Van contigo en esta misión.
Leon era un extractor «en solitario».
—Siempre trabajo solo. Está en mi contrato.
—En esta no —dijo el CM.
Los dos matones lo miraban con sonrisas burlonas.
Uno de ellos murmuró algo sobre «el personal contratado», refiriéndose a Leon.
Intuyó que ambos eran de la Fuerza Delta, probablemente asignados a tiempo completo a operaciones encubiertas.
Reconocía a esos tipos a la legua: había pasado tiempo de sobra con ellos en su campo de entrenamiento.
—Es una misión dividida —explicó el CM, mirándolo por encima de las gafas—. El equipo Delta viajará contigo, ejecutará su parte del encargo y luego tú ejecutarás la tuya. No habrá ninguna comunicación entre vosotros; son dos objetivos completamente independientes.
«¿Dos objetivos separados?», pensó Leon. Aquello era nuevo para él, y bastante inusual. Estuvo tentado de llamar a su contacto en la CIA para quejarse, pero si los dos soldados tenían su propia misión que cumplir, supuso que daba igual. Decidió que era mejor no remover las aguas.
—Equípese para una inserción HALO —le indicó el CM—. Prepárese para terreno relativamente llano pero irregular, sesenta centímetros de nieve, temperatura en torno a los cuatro bajo cero, rachas de viento de hasta cuarenta kilómetros por hora.
Leon se puso en silencio el traje térmico.
HALO significaba High Altitude Low Opening (Gran Altitud, Apertura Baja): saltaría a unos 18.000 metros en un aire gélido, probablemente a setenta grados bajo cero, caería hasta unos mil metros sobre el nivel del suelo, abriría el paracaídas y tocaría tierra en la ubicación objetivo.
En otras palabras, una inserción furtiva estándar tras las líneas enemigas.
Momentos después, el B-2 estaba en el aire, casi tan silencioso por dentro como por fuera, operando en modo furtivo desde el momento en que había iniciado la carrera de despegue.
Volar a través del congestionado espacio aéreo de Europa Occidental en un avión virtualmente invisible y completamente fuera del radar siempre ponía un poco nervioso a Leon,
aunque el bombardero contaba con suficiente equipo electrónico de vanguardia como para detectar una polilla grande a trescientos metros de distancia.
Organizó rápidamente el equipo y comenzó a respirar oxígeno puro de un tanque para eliminar el nitrógeno del torrente sanguíneo, procedimiento estándar para un salto HALO.
—Nuestro tiempo de vuelo será de aproximadamente setenta y tres minutos —dijo el MC, mientras los cuatro hombres se agachaban torpemente alrededor de las puertas de la bodega de bombas—. Vamos con el briefing.
Leon gruñó mientras intentaba encontrar una posición cómoda, algo imposible con la moto de nieve encajada en el espacio.
Tenía un clavo de acero en el muslo y arrastraba varias lesiones más —incluidas heridas de bala— que le daban problemas.
La verdad, se estaba haciendo demasiado viejo para estas mierdas.
—Nuestro destino es Letonia —dijo el MC, repartiendo varios mapas de satélite.
Leon parpadeó.
—¿Letonia?
—Afirmativo —dijo el MC, mirándolo—. ¿Tiene algún problema con eso?
—Letonia es un país de la OTAN.
—¿Y qué?
Leon miró a los dos D-boys, pero no parecían sorprendidos. Por lo visto, ya les habían informado.
—Esta es la situación —continuó el MC, sacando un mapa—.
El activo a extraer está atrapado en lo alto de una torre de vigilancia forestal abandonada.
Un insurgente aparentemente la tiene bajo fuego desde el suelo.
El activo es una mujer, veintiocho años, cincuenta y nueve kilos, con mordeduras de animales e hipotermia.
—¿Mordeduras de animales?
—Fue atacada por lobos —dijo el MC con gravedad.
—Jesús —murmuró Leon.
—Su misión es sacarla de la torre de vigilancia y llevarla a este punto de control —el MC señaló un punto en el mapa—. Esta carretera está a un kilómetro doscientos al noroeste.
—¿Extracción con la moto de nieve?
—Negativo, esa es para el equipo D. Tendrá que cargarla a la espalda.
Perfecto, pensó Leon, fulminando con la mirada a los dos hombres de mandíbula cuadrada.
Ellos en moto de nieve y él cargando a una mujer medio muerta a la espalda a través de un kilómetro de terreno accidentado cubierto por sesenta centímetros de nieve.
Pero daba igual: había cargado a muchos activos incapacitados antes.
A menudo, los habían torturado tan brutalmente que no podían caminar solos.
—El equipo D tocará tierra seis minutos antes que usted y se encargará del insurgente —le dijo el MC—. No puede haber ninguna comunicación entre ustedes. Tiene que esperar hasta el momento indicado y asumir que el insurgente ha sido neutralizado.
Leon asintió, mirando a los chicos del equipo Delta. ¿Insurgente? ¿Qué clase de «insurgente» habría en Letonia?, se preguntó. ¿Y cómo exactamente iban a «encargarse» de él?
Sin duda era una misión extraña: Leon nunca había participado en nada parecido. Todas sus extracciones habían sido en países neutrales o francamente hostiles a Estados Unidos, sacando activos de casas de seguridad, cuevas o prisiones improvisadas.
—La limpieza es crucial —continuó el MC—. Si hay alguna evidencia de tiroteo o pelea en la torre de vigilancia, o si el activo deja ropa u otros objetos, tiene que destruirlos —le dirigió a Leon una mirada severa—. El gobierno letón no puede enterarse de esta operación. ¿Está claro?
—Sí, señor.
Ahora Leon empezaba a tener un mal presentimiento. Muy malo.
El MC continuó:
—Su tapadera es que usted y el activo son turistas, una pareja, novios.
Los dos D-boys se rieron entre dientes, pero el MC los ignoró.
—Estaban de excursión, los pilló la tormenta de nieve y los atacó una manada de lobos.
Encontraron la torre de vigilancia y se refugiaron allí para capear el temporal, pero su compañera empezó a mostrar síntomas de hipotermia.
Falsificaremos una llamada civil pidiendo una ambulancia que parecerá provenir de este pueblo, Karpova —señaló el mapa—, desde un móvil.
Le dirá al personal de la ambulancia que paró a un conductor y le pidió que llamara pidiendo ayuda.
Leon asintió, asimilándolo todo. Pese a todas las preguntas que le bullían en la cabeza, se limitó a decir:
—Entendido.
—Sobre el activo: tiene que asumir que sigue viva, aunque no lo parezca. La hipotermia reduce la frecuencia cardíaca y la presión arterial hasta el punto de que el latido puede ser indetectable.
—Ya he lidiado con hipotermia.
—Bien.
Leon vaciló.
—¿Cómo saben lo de las mordeduras de lobo?
—Pudo enviar un mensaje seguro: coordenadas GPS más una breve grabación de audio describiendo la situación y su estado.
—¿Puedo escucharlo?
El MC sopesó la pregunta con gesto dubitativo.
Leon añadió:
—Cuanto más sepa sobre su estado físico y mental, mejor.
—Tiene sentido. Cuando haya revisado todo el equipo, se lo paso por los auriculares.
Mientras el silencioso e invisible B-2 continuaba sobre Europa del Este hacia Letonia, a Leon seguía inquietándole lo extraño de la misión.
¿Una extracción furtiva dentro de un país de la OTAN para rescatar a un activo que había quedado atrapada en una torre de vigilancia en medio de ninguna parte por culpa de un misterioso «insurgente»? No cuadraba.
Dado que la torre de vigilancia estaba tan cerca de la frontera rusa, lo único que se le ocurría a Leon era que el activo de la CIA había estado trabajando de incógnito en Rusia, que la habían descubierto y la habían perseguido hasta echarla del país.
Quizá había logrado cruzar la frontera, que estaba a solo unos kilómetros.
El insurgente que iba tras ella podría ser otro espía —un ruso— a quien la CIA quería capturar, tal vez para canjearlo por algún otro espía estadounidense que los rusos hubieran atrapado.
Pero eso no era todo lo que preocupaba a Leon. Que hubiera una mujer involucrada en esta misión le tocaba una fibra sensible. Durante sus quince años de carrera como extractor profesional, había realizado diecinueve extracciones exitosas consecutivas, excepto una.
Aquella misión había salido terriblemente mal.
Y en ella había estado involucrada una mujer.