77 #2
Nunca se había sentido tan salvaje y fuera de control en su vida: era como si los lobos le hubieran contagiado su energía animal asesina.
—¡No subas estas escaleras! —gimió, y él salió corriendo hacia la nieve.
Ella se dio la vuelta y volvió a subir los escalones cojeando, con lágrimas calientes corriéndole por las mejillas.
Subió los seis o siete tramos tan rápido como pudo.
Al mirar hacia arriba, vio que había una abertura rectangular que conducía a la sala de vigilancia en la parte superior. ¡La trampilla estaba abierta!
Subió a trompicones a la sala de vigilancia, cerró la trampilla de golpe y se desplomó encima. No había cerradura, pero su peso evitaría que él la abriera.
Entre sollozos, se subió la pernera del pantalón y se miró la parte baja de la pantorrilla: tenía profundas marcas, la piel desgarrada en algunos lugares, rezumando sangre.
Echó un vistazo alrededor de la habitación: todas las ventanas llevaban rotas mucho tiempo, y solo ahora se dio cuenta de lo fuerte que soplaba el viento a esa altura.
Azotaba la habitación; la nieve entraba por las ventanas y le picaba en la cara.
Se había acumulado bajo dos de las cuatro ventanas.
Había botellas y latas vacías esparcidas por todas partes, trozos de vidrio roto, bolsas de papel arrugadas, colillas de cigarrillos, condones usados...
por encima del aire fresco se percibía el hedor a orina y cerveza rancia.
Ahora era el momento de usar el botón de pánico.
Tenía el arma de Cattoretti: estaba bastante segura de que podría mantenerlo a raya allí arriba durante unas horas, como mínimo.
Estaba quieta y las coordenadas GPS darían su ubicación exacta; transmitiría un mensaje verbal diciendo que el objetivo la había atrapado en una torre de vigilancia, que estaba herida y que lo mantenía a raya.
Cuando llegara el equipo de extracción, podrían capturarlo.
Metió la mano en la chaqueta para buscar el bolígrafo...
Sus dedos solo tocaron tela desgarrada.
El bolsillo donde había sujetado el bolígrafo colgaba suelto, con las costuras arrancadas por los dientes del lobo.
El bolígrafo había desaparecido.
—¡No!
Buscó desesperadamente entre la tela, con la esperanza de que todavía estuviera sujeto a uno de los jirones, pero no estaba.
Con un nudo en el estómago, se dio cuenta de que debía de haber caído al pie de los escalones, quizá rodado hasta la nieve...
Por encima del silbido del viento, oyó que el motor de la moto de nieve se detenía. Solo entonces se dio cuenta de que había estado en marcha todo el rato, desde que Cattoretti había saltado de ella para disparar a los lobos.
—¿Elaine? —la llamó.
Ella se puso de rodillas con cautela, el arma todavía en la mano. Lentamente, asomó los ojos por encima del alféizar de la ventana que daba hacia donde estaba él, lo justo para ver.
Cattoretti estaba de pie frente a la moto de nieve, mirándola, con el parche negro visible contra el rostro bronceado.
Tenía un arma en la mano. Otra arma.
—Solo quedan dos balas en esa pistola que tienes. Las conté. No puedes alcanzarme desde ahí. Así que más te vale bajar ahora mismo. Estás en mal estado y te vas a morir de frío ahí arriba.
Elaine se agachó con una mueca de dolor y miró la pistola que tenía en la mano. Era una Glock. Sacó el cargador y lo acercó a la ventana para ver la munición. Una, dos... y ya está. Dos miserables balas.
Volvió a asomar los ojos por encima del alféizar y después mostró el rostro entero. Alzó la pistola y le apuntó.
—Adelante —dijo él, abriendo los brazos—. Pégame un tiro si eso te hace sentir mejor.
Ella le apuntó al pecho con la mira, la mano temblándole violentamente.
«Está intentando que desperdicies toda la munición», le advirtió una voz interior. «Tiene razón: no puedes darle desde aquí».
—Ese lobo podría haber tenido rabia —dijo Cattoretti alzando la voz—.
¿Te imaginas morir de rabia, Elaine? Qué forma tan horrible de morir...
echando espuma por la boca, atacando como loca a todos los que te rodean.
Atada a una camilla, retorciéndote, perdiendo la cabeza por completo, volviéndote totalmente loc...
—¡Cállate! —dijo ella, sin dejar de apuntarle.
—Piensa en tus pobres hijos, Elaine. Tienes que ir a un hospital de inmediato y que te pongan el suero antirrábico.
—¡No vuelvas a mencionar a mis hijos, cabrón!
Cattoretti se quedó allí de pie, observándola. Pasaron unos instantes que se hicieron eternos.
—Muy bien —dijo, dándose la vuelta—. Si esas tenemos.
Se encaminó hacia las escaleras, cojeando.
—¡Aléjate de las escaleras! —gritó Elaine, siguiéndolo con el arma.
El dedo empezó a apretarle el gatillo.
Él se detuvo y la miró.
—¿Qué vas a hacer, vigilarme toda la noche, y todo el día de mañana, y al otro, y al siguiente...?
Cattoretti siguió adelante sin detenerse en las escaleras, pasó de largo y se internó en el bosque.
Rebuscó entre la nieve y reapareció un momento después arrastrando una gran rama.
La llevó hasta delante de la torre de vigilancia y empezó a apartar la nieve a patadas, despejando un espacio donde asomaban manchas de hierba.
La miró de nuevo mientras señalaba a su alrededor.
—Hay leña de sobra para mantenerme caliente.
Señaló a los lobos muertos en la nieve.
—Comida de sobra.
Abrió los brazos abarcando toda la nieve.
—Y toda el agua que quiera.
Sacó de la chaqueta de cuero lo que parecía un pequeño puro marrón y lo encendió con las manos enguantadas. Exhaló el humo con calma y le sonrió.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Elaine. Todo el tiempo del mundo.