Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 77
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Elaine se adentró cada vez más en el bosque, consciente de que Cattoretti la seguía ahora en una moto de nieve. Acababa de oír arrancar un motor ruidoso que reconoció. Debía de tener el vehículo guardado en la parte trasera de la furgoneta.

También era consciente —dolorosamente consciente— de que iba desarmada y no llevaba encima ningún dispositivo de comunicación salvo el botón de pánico.

No tenía ni idea de qué hacer.

Mientras corría, oyó a lo lejos el zumbido del motor de la moto de nieve al empezar a deslizarse sobre la nieve.

El bosque no era llano en esa zona: parecía estar subiendo una pendiente constante.

Estaba ascendiendo una colina suave, y el viento arreciaba cuanto más subía.

Se detuvo un momento, jadeando. Miró hacia abajo por la pendiente a su espalda, buscando el faro de la moto de nieve.

Todavía no se veía, pero el sonido del motor se intensificaba por momentos.

Tenía tanto calor que se quitó el gorro de lana y la peluca negra. Estuvo a punto de tirarlos a la nieve, pero vaciló: no quería dejar un rastro.

Elaine miró las huellas que había dejado en la nieve. Observó frenéticamente a su alrededor: toda la nieve estaba intacta. A menos que pudiera columpiarse de rama en rama como un mono, le sería imposible moverse en cualquier dirección sin dejar huellas delatoras.

Con un horror creciente, comprendió que no había forma de escapar.

El motor sonaba cada vez más fuerte. Podía ver el tenue parpadeo del faro entre los árboles.

—Oh, Dios —murmuró.

Pero aún tenía el botón de pánico.

¡Sí, el botón de pánico!

Metió la mano bajo el abrigo hasta la chaqueta del traje y agarró el bolígrafo, lista para sacarlo y usarlo...

pero vaciló. Si lo activaba ahora, se transmitirían las coordenadas GPS del punto donde se encontraba, y luego volvería a estar en movimiento, huyendo de Cattoretti.

Podría explicar la situación en el mensaje de voz que transmitiría el dispositivo...

pero ¿hacia qué dirección diría que se movía?

Llevaba tanto tiempo corriendo por el bosque que ya no sabía dónde quedaban el norte y el sur.

Y Cattoretti la alcanzaría mucho antes de que cualquier equipo de extracción de la CIA pudiera encontrarla.

Cambió de opinión y echó a correr de nuevo: tenía que enfrentarse a Cattoretti o despistarlo de algún modo, y optó por lo segundo.

Corrió durante otros dos o tres minutos, con los pulmones ardiendo y el motor de la moto de nieve cada vez más fuerte a su espalda. Saltó sobre árboles caídos, barrancos y cualquier otro obstáculo que pudiera frenar la moto de nieve.

De repente, Elaine se encontró saliendo a un claro.

Se detuvo en seco.

Ante ella, recortándose en el horizonte, se alzaba una vieja torre de vigilancia de madera. Parecía abandonada, con una escalera que zigzagueaba en su interior.

Si conseguía subir hasta arriba, al menos le proporcionaría algo de protección. Quizá pudiera llegar a lo alto y encerrarse dentro.

Solo dio un paso antes de detenerse de nuevo.

A su espalda se oyeron gruñidos profundos y feroces.

Volvió la cabeza lentamente.

Tres o cuatro perros habían aparecido de la nada, todos inmóviles en la nieve, observándola.

No... ¡no eran perros, sino lobos! ¡Lobos grises!

Aparecieron algunos más. Trotaban sigilosamente por la nieve, con la cabeza gacha y los ojos clavados en ella.

El corazón le latía desbocado.

No muestres miedo, se dijo. ¡Y no corras!

Elaine giró la cabeza lo justo para buscar los árboles más cercanos a izquierda y derecha. Pero la mayoría eran abedules y álamos temblones, sin ramas lo bastante bajas para agarrarse y trepar a lugar seguro.

El lobo más cercano avanzó un poco más, con la boca entreabierta, exhalando vaho.

Emitió un aullido bajo mientras el viento racheado le agitaba el pelaje gris y blanco.

El animal estaba a poco más de tres metros.

Era el líder de la manada. La bestia agresiva irguió las orejas y le gruñó, enseñando los colmillos.

Otro lobo hizo lo mismo.

Elaine retrocedió lentamente un paso, tratando de intimidarlos con la mirada, y se giró con cuidado lo justo para ver la torre de vigilancia. Alcanzar aquel oasis de seguridad era su única esperanza.

Pero estaba a unos dieciocho metros.

Era imposible que les ganara en velocidad a esa distancia.

La moto de nieve se acercaba —podía ver la luz oscilando entre los árboles—, pero no parecía afectar a la manada de lobos, que la ignoraban por completo.

Con un escalofrío, Elaine comprendió que probablemente aquella era la primera gran nevada de la temporada, como había ocurrido en Rusia...

lo que significaba que la comida escaseaba de repente.

Ella era una presa fácil.

Ese pensamiento la hizo estremecerse, o mostrar algún signo de debilidad: el primer lobo, el más agresivo, se acercó aún más, aullando de un modo que le heló la sangre. Ya no podía controlar el miedo.

Echó a correr hacia la torre de vigilancia como si le fuera la vida en ello, que así era. ¡Giorgio Cattoretti era ahora la menor de sus preocupaciones! Mientras corría por la nieve se imaginó devorada por una manada de lobos hambrientos, sola en el bosque, y gritó.

La manada le pisaba los talones, gruñendo y mostrando los dientes. Al acercarse a la torre de vigilancia, supo que encontraría la entrada a la escalera tapiada o cerrada con una verja encadenada.

¡Pero podía ver los peldaños: la escalera estaba abierta!

Justo cuando alcanzó el primer peldaño, uno de los lobos se abalanzó y le mordió la bota de cuero, justo por encima del tobillo. Pisó el escalón y se giró, pateando con furia. El animal no soltaba, incapaz de distinguir el cuero de la extremidad real de su presa. La bota se desprendió.

Otro lobo saltó hacia su otra pierna, y otro hacia la pantorrilla y el tobillo desnudos.

Los colmillos se le hundieron en la parte carnosa de la pantorrilla.

Elaine gritó aterrorizada. Otro lobo saltó hacia delante, sobre su pecho, directo a la garganta.

Le asestó un golpe con ambas manos en el vientre y rodó hacia la izquierda; los dientes afilados del animal castañearon a solo centímetros de su barbilla, y su hedor salvaje le inundó las fosas nasales.

El abrigo se le había abierto y los colmillos le desgarraron la blusa y la chaqueta mientras el lobo sacudía la cabeza de un lado a otro, tirando y rasgando la tela.

Comprendió que iba a morir, que la devoraría viva una manada de animales salvajes.

Un tercer lobo saltó hacia ella. En ese mismo instante, sonó un disparo.

El animal se estremeció en el aire y cayó desplomado sobre los escalones junto a ella, con un balazo en la cabeza.

Otro disparo. Las mandíbulas del lobo clavadas en la pantorrilla de Elaine se aflojaron de golpe.

Los otros lobos se dispersaron. Ella subió los escalones a trompicones, temblando.

Giorgio Cattoretti estaba a solo tres metros de distancia, apuntando con la pistola humeante a los otros animales.

No habían huido, sino que simplemente se habían retirado, y ahora gruñían y aullaban en su dirección.

Apuntó el arma al más cercano, apretó el gatillo, le dio también en la cabeza y el animal cayó.

Los demás retrocedieron lentamente, luego se dieron la vuelta y trotaron hacia el bosque.

Cattoretti se volvió hacia ella.

—¿Estás bien?

Miró la pantorrilla sangrante de Elaine.

—Aléjate de mí —advirtió ella, y retrocedió torpemente un par de escalones más, luego se dio la vuelta y subió a trompicones hasta el final del primer tramo.

—Acabo de salvarte la vida —dijo Cattoretti, y comenzó a subir lentamente los escalones tras ella.

—¡Aléjate de mí! —gritó ella. Comenzó a subir el segundo tramo, cojeando con la única bota que le quedaba, arrastrando la pantorrilla mordida.

Cattoretti no le hizo caso y la siguió, manteniendo el arma en alto.

—No voy a hacerte daño, Elaine.

Elaine dejó escapar un gemido desesperado y tembloroso: el ataque de los lobos la había dejado histérica.

Subió cojeando el siguiente tramo con la ropa hecha jirones, ahora más deprisa.

Quizá hubiera una puerta en la parte superior de la torre de vigilancia, en la habitación donde estaban las ventanas, una puerta que pudiera cerrar con llave.

Cattoretti aceleró el paso y comenzó a perseguirla por el siguiente tramo.

El ataque de los animales la había dejado como una fiera, fuera de control.

No le tenía tanto miedo a él como a su arma.

Estaba tan agitada, tan cargada de adrenalina, que sentía que podría arrancarle la cabeza en un combate cuerpo a cuerpo.

Se detuvo a mitad del siguiente tramo, presa de un frenesí. Puede que él la hubiera salvado del ataque de los lobos, ¡pero él era quien lo había causado! Si no hubiera sido por él, nunca habría sucedido.

El frenesí se convirtió en una furia desenfrenada. Miró hacia abajo por las escaleras, esperando a que él doblara la esquina. En cuanto lo hizo, ella saltó y voló por el aire con los pies por delante, decidida a que el cuerpo de él amortiguara la caída.

Él la miró una fracción de segundo antes de que ella se estrellara contra él y lo empujara contra las vigas entrecruzadas que formaban la torre.

—¡Te voy a matar, maldito! —gritó ella, y comenzó a golpearle la cara salvajemente, asestándole un golpe tras otro.

Se quedó en cuclillas sobre él un segundo antes de que él lograra quitársela de encima.

Al intentar protegerse la cara de los puñetazos, soltó el arma, y Elaine se la arrebató.

Lo pateó escaleras abajo por el siguiente tramo.

Él cayó rodando y chocó contra el siguiente entramado de vigas. Se puso de pie de un salto, la miró con su único ojo, jadeante.

—¡Dios santo!

Elaine le apuntó al pecho y apretó el gatillo. Le temblaba la mano y tenía mala puntería. Él se apartó de un salto justo a tiempo, y luego bajó el siguiente tramo entre carreras y tropezones.

—¡Aléjate de mí! —gritó ella, y le disparó un segundo tiro que astilló el siguiente entramado un instante después de que Cattoretti doblara la esquina.

Él bajó las escaleras a toda velocidad, saltando los peldaños de dos en dos.

Elaine respiraba tan fuerte que jadeaba.

El pelo se le había soltado y le caía sobre la cara.