Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 76
70%

76

Una vez que el SUV se alejó, Elaine no oyó nada más. Estaba tumbada boca arriba en la nieve, a unos nueve metros del lugar donde se apilaban las bolsas de lona, completamente cubierta salvo por los ojos.

Por fin oyó arrancar el motor de la furgoneta y a Cattoretti dando marcha atrás hacia las bolsas. El motor emitía un chirrido horrible, causado por algún daño sufrido en la colisión, pero aparentemente funcionaba.

Elaine oyó abrirse la puerta y a Cattoretti bajando... dos pisadas crujiendo sobre la nieve... y luego un crujido más fuerte. Los pasos se detuvieron. Levantó ligeramente la cabeza para mirar.

Él se agachaba para recoger algo de la nieve.

Era su móvil; evidentemente lo había pisado. ¡Maldita sea!

Lo examinó de cerca y, sin más, lo estrelló contra el lateral de la furgoneta, haciéndolo añicos. Los pedazos cayeron en la nieve. Continuó hacia las bolsas.

Elaine volvió a bajar la cabeza y miró hacia el cielo. Lo oyó abrir las puertas traseras de la furgoneta y, entre gruñidos, levantar las bolsas una por una para meterlas dentro.

Elaine volvió a levantar la cabeza, ahora alarmada. Por cómo había colocado la furgoneta, el morro apuntaba casi directamente hacia ella. Cuando arrancara, los faros la iluminarían de lleno... y él podría ver las huellas que había dejado en la nieve.

Cerró las dos puertas traseras de la furgoneta, que seguía al ralentí, y volvió a la puerta del conductor para subir.

¡Incluso podría atropellarla!

Oyó el cambio de marchas de la furgoneta y de nuevo se produjo aquel horrible chirrido.

Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no saltar de la nieve y apartarse.

La furgoneta avanzó un poco y se detuvo, con los faros deslumbrándola.

La puerta se abrió.

¡La había visto!

Elaine se levantó de un salto y echó a correr hacia el bosque, con la pistola en la mano.

—¡Eh! —gritó él—. ¡Para!

Todavía llevaba puesta la peluca negra, así que supuso que no la había reconocido.

No había dado más de tres pasos cuando tropezó con una rama enterrada en la nieve. Cayó al suelo con tanta fuerza y de forma tan inesperada que la pistola salió volando de su mano.

Cattoretti corrió hacia ella justo cuando se estaba levantando y le apuntó con una pistola. Retrocedió un poco, mirándola fijamente, con la boca entreabierta.

Se quedaron allí mirándose. Él llevaba pantalones negros, botas y una chaqueta de cuero, con el parche negro que Lexy había descrito cubriéndole el ojo izquierdo.

—¿Elaine...? —dijo, desconcertado—. ¡Eres tú!

Dio un paso hacia ella.

Algo parecido a un instinto de supervivencia se disparó en su interior. Sin saber cómo, se encontró girando como en piloto automático. Lanzó una patada circular dirigida al centro del pecho de él. Cattoretti se agachó, pero la bota de Elaine impactó de lleno en su rodilla derecha.

Él cayó, bramando de dolor y soltando la pistola. Por una fracción de segundo, ella pensó en intentar cogerla, pero estaba al alcance de Cattoretti; cambió de opinión y se adentró corriendo en el bosque, sabiendo que él no podría moverse muy rápido, no después del golpe en la rodilla.

—¡Para! —gritó él. Tras unos pasos más, ella oyó el tintineo del metal.

Esperó oír un disparo, pero no oyó nada.

Siguió corriendo. Aunque él lograra caminar rápido, no creía que la persiguiera muy lejos, no con cuarenta millones de euros en la furgoneta, la puerta del pasajero abierta de par en par y el motor en marcha.