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Hubo otra ráfaga de ametralladora mientras ambos se desabrochaban frenéticamente los cinturones y salían a gatas por el lado de Dmitry, intentando mantenerse agachados—. Se ha vuelto loco —jadeó Elaine.
Giorgio Cattoretti, en efecto, se había vuelto loco, al menos temporalmente.
Normalmente no le gustaba recurrir a la fuerza bruta para resolver problemas como aquel: prefería soluciones con mucha más astucia y delicadeza.
Pero esta vez, algo se había roto dentro de él.
Estaba harto de que la mafia rusa lo jodiera: primero Yuri Zubov, y ahora unos matones de poca monta de una banda mafiosa de San Petersburgo.
No le importaba morir recuperando lo que era legítimamente suyo. Ya estaba bien.
—¡Quiero mi puto dinero! —bramó. Salió de detrás de la furgoneta y disparó otras 32 balas con su Micro Uzi. La había comprado, junto con muchos otros juguetitos, antes de enviar la primera nota de rescate, por si las cosas se salían de madre. Y las cosas se habían salido de madre.
Las balas rebotaron en el todoterreno blindado, pero dejaron más grietas en forma de telaraña en los cristales antibalas.
Se agachó detrás de la furgoneta, extrajo con soltura el cargador vacío y encajó uno lleno. Lexy lo miraba fijamente, con los ojos desorbitados, aterrorizada. Él la había empujado fuera de la furgoneta y ella estaba agazapada detrás de la rueda delantera izquierda.
—También tengo granadas —gritó Cattoretti—, y pienso usarlas.
Ya habría lanzado una al todoterreno de no haber temido que su dinero quedara esparcido por todo el campo letón, y manchado de sangre además, como había quedado cuando Serguéi Amperov se encontró con su Creador.
Giorgio metió la mano por la puerta del copiloto, sacó una granada que estaba escondida debajo de la moto de nieve y le quitó el pasador.
—¡Aquí tienen una muestra, camaradas!
La lanzó con todas sus fuerzas, pero muy a la izquierda del todoterreno.
La explosión sacudió el suelo como un breve terremoto. Elaine y Dmitry se acurrucaron juntos detrás de la rueda trasera del todoterreno mientras les caía encima una lluvia de nieve y tierra.
—¡Quiero mi puto dinero! —volvió a gritar Cattoretti.
Para Elaine estaba claro que seguía creyendo que eran de la mafia rusa.
—Dile que no dispare, que se lo dais —le susurró a Dmitry.
Él la miró con nerviosismo, temblando, y levantó la cabeza.
—¡No dispare, le damos el dinero, no hay problema!
Se hizo un largo silencio.
—Buena elección —dijo Cattoretti, aún con tono furioso pero algo más calmado—. Mantengan las manos en alto, vayan a la parte de atrás del coche, abran el portón y sáquenlo. Si echan mano a un arma, los siego como trigo.
—Vale, vale —dijo Dmitry. Miró a Elaine de nuevo y se puso de pie. Tenía el rostro pálido—. Por favor, no dispare... —gritó.
Levantó las manos por encima del techo del todoterreno y luego caminó lentamente hacia la parte trasera del vehículo. Tenía los ojos cerrados con fuerza, como si fuera a ser abatido en cualquier momento.
Mientras tanto, Elaine buscaba desesperadamente el móvil: lo había tenido en la mano cuando salió a rastras del todoterreno, pero se le había caído en algún lugar de la nieve. Tenía que llamar a Raj.
—Vamos —gritó Cattoretti—, mueve el culo ruso, abre la puerta y saca el dinero.
Dmitry tragó saliva, levantó la puerta trasera y empezó a sacar las bolsas de lona a la nieve, una por una.
De repente, alguien echó a correr por la nieve.
—¡Alto! —gritó Cattoretti.
Lexy rodeó corriendo el todoterreno y se dejó caer en la nieve junto a Elaine, temblando.
Elaine se llevó el dedo a los labios.
La chica asintió. Parecía aterrorizada y muy alterada.
—Me parece bien —gritó Cattoretti—. Quédate con ellos, maldita puta, ahí es tu sitio.
Dmitry sacó la última bolsa y volvió a agacharse rápidamente detrás del SUV.
—Ahora lárguense de aquí —gritó Cattoretti.
Los tres todavía en cuclillas, Elaine atrajo a Dmitry y Lexy hacia sí.
—Voy a esconderme allí, en la nieve —susurró, señalando detrás de ellos—. En cuanto se vaya, buscaré mi teléfono y llamaré a la policía.
—¡No! —dijo Lexy.
—Sí —dijo Elaine, y la hizo subir a la parte trasera del SUV. Dmitry parecía reacio a dejarla allí, y ella lo guio con firmeza hasta el asiento—. Lleva a Lexy a Riga y ponla en un avión a...
Elaine sabía que se arrepentiría de esto.
—...a Marsella.
Sacó un pequeño trozo de papel que había preparado durante el viaje y se lo entregó a Lexy.
—Es el número de teléfono de mi casa en Francia.
Debajo estaba escrito el nombre LUNA.
—Memorízalo y destrúyelo.
Lexy asintió.
—Gracias.
A Dmitry, Elaine le susurró:
—Tu paga está debajo del asiento del pasajero.
Cuando se había preparado para cruzar la frontera, había escondido allí dos fajos de billetes: 50 000 euros.
—¿Qué demonios están haciendo? —gritó Cattoretti—. ¿Una maldita merienda? —No podía ver a través del cristal del lado del pasajero; estaba tan agrietado que parecía esmerilado—. ¿Quieren otra granada?
—¡Ya nos vamos! —dijo Dmitry, y arrancó el motor y metió la marcha.
La miró con expresión afligida, con aquellos ojos de basset.
—Mucha mierda —dijo.