Lujuria, dinero y asesinato: súper pack (6 libros) 72
68%

72

Dmitry condujo lo más rápido que pudo sin salirse de la carretera mientras Elaine y Lexy miraban por la ventanilla trasera.

—¿Nos persigue? —preguntó Dmitry.

—No creo —respondió Elaine.

Detrás de ellos solo se veía la carretera cubierta de nieve.

Como no había ningún vehículo cerca de la dacha —ninguno capaz de circular con tanta nieve, al menos—, supuso que Cattoretti solo dispondría de la moto de nieve si quería perseguirlos de inmediato. Pero con eso no podría seguirle el ritmo al todoterreno.

Se preguntó qué le habría pasado a Amperov. Tenía la extraña sensación de que estaba muerto.

Elaine echó un vistazo a las bolsas de lona apiladas detrás de la segunda fila de asientos. Recordó el sonido de la bomba que había oído minutos antes, y un pensamiento aterrador la asaltó.

¿Y si había un explosivo en una de las bolsas? Cattoretti podría hacerlo detonar en cualquier momento con un móvil o un walkie-talkie.

Se coló entre los dos asientos delanteros y alargó el brazo por detrás de Lexy, hacia la parte trasera.

—Tenemos que registrarlas —dijo, intentando arrastrar hacia delante una de las pesadas bolsas de lona.

—¿Para qué? —preguntó Lexy, nerviosa.

Levantaron la bolsa entre las dos. Dmitry las observaba nervioso por el retrovisor.

Elaine abrió la cremallera de la bolsa y empezó a sacar algunos fajos de dinero, pero dijo:

—Espera, hay una forma más rápida.

Le hizo un gesto a Dmitry.

—Pásame el escáner de RF.

Dmitry abrió la guantera y le pasó el aparato.

Elaine lo encendió y lo pasó de un lado a otro por la parte superior de la bolsa, por los lados y por el fondo. Sabía que el receptor de una bomba activada por radio emitiría una señal débil pero constante, pero los indicadores del escáner no se movieron.

Se pasó a la parte trasera del todoterreno y escaneó la siguiente bolsa, y la siguiente.

Al escanear la cuarta bolsa, el dispositivo empezó a pitar de repente y las dos agujas se dispararon.

—Bozhe moi —exclamó Dmitry, que las miraba nervioso por el retrovisor.

—¿Es una bomba? —preguntó Lexy con un hilo de voz.

—No lo sé —respondió Elaine—. Podría ser cualquier cosa: un móvil... un walkie-talkie...

O una bomba casera.

Abrió la cremallera de la bolsa y, tratando de no pensar en que podría saltar por los aires en cualquier momento, empezó a vaciarla con sumo cuidado. Apiló los fajos de billetes de 500 euros, uno por uno, a su alrededor. Pronto cubrían los cuatro lados del maletero.

Llegó al fondo de la bolsa, sacó con cuidado los últimos fajos y palpó las esquinas.

Nada: completamente vacía.

—Qué raro —murmuró, confundida.

Revisó los dos compartimentos exteriores con cremallera, pero también estaban vacíos.

Cogió el escáner de nuevo, lo reinició y lo pasó por dentro y por fuera de la bolsa vacía.

Ahora nada.

—No lo entiendo —murmuró para sí, preguntándose si el escáner estaría fallando.

Al dejar el aparato en el asiento, empezó a pitar de nuevo y las agujas saltaron. En cuanto Elaine lo cogió, los pitidos cesaron. Lo bajó un poco, acercándolo a la pila de dinero más cercana, y el aparato volvió a pitar.

—Está en uno de los fajos —dijo, con el corazón acelerado.

Localizó el fajo que emitía la señal, presionó con la mano los que tenía apilados encima y lo sacó con cautela.

Cada fajo era como un ladrillo de papel, de unos cuatro centímetros de grosor, sujeto con una ancha faja de cartón marrón donde se repetía la cifra de 25.000 €.

Aquel fajo en particular no parecía distinto de los demás. Si pesaba más, Elaine no lo notaba. Pero sabía que incluso en un paquete tan pequeño podía haber suficiente C-4 oculto para matarlos a los tres.

Notó que le brotaban gotas de sudor en la frente.

La habían entrenado para identificar y desactivar bombas, pero era la primera vez que se enfrentaba cara a cara con un paquete que podía contener una.

Con el pulgar, levantó la esquina del billete superior, luego el siguiente y el siguiente...

hasta que encontró un trozo de papel en blanco.

Tenía un agujero rectangular recortado. El fajo estaba hueco: había algo escondido dentro.

Elaine rezó en silencio... Por favor, que no sea una lámina de C-4.

Su primer impulso fue tirarlo por la ventanilla, pero al levantar un poco más los billetes superiores vio la esquina de una caja de plástico gris con unas letras impresas en negro.

Una «G», una «P» y una «S».

—Es un localizador GPS —dijo, y exhaló aliviada.

Dmitry también parecía aliviado: notó que el coche aceleraba. No se había dado cuenta, pero él había estado tan nervioso que casi lo había parado del todo.

Quitó rápidamente la faja de cartón y sacó la caja del GPS. Era un localizador corriente, de los que se venden en cualquier tienda de electrónica. Una lucecita verde parpadeaba cada pocos segundos, señal de que el dispositivo estaba encendido y funcionando.

Se preguntó quién lo habría metido en la bolsa: la policía que las había preparado, o Cattoretti.

Pero se respondió casi al instante. Tenía que ser Cattoretti, porque si lo hubiera puesto la policía, ya lo habrían pillado.

Además, tenía sentido que Cattoretti hubiera escondido el dispositivo en la bolsa.

Si Amperov decidía largarse con todo el dinero, Cattoretti podría localizarlo...

que era probablemente justo lo que Amperov había pensado hacer hoy.

Volvió a pensar en la pequeña explosión que había oído. Ahora estaba casi segura de que Cattoretti había matado a Amperov.

Elaine miró por la ventanilla trasera, pero solo vio la carretera oscura a sus espaldas. Probablemente iba detrás, fuera de su vista, siguiéndoles ya la pista.

«¿Qué hacer ahora?», se preguntó mientras contemplaba la lucecita verde parpadeante.

Había logrado robar la mayor parte del dinero del rescate, algo que al principio le había parecido una idea descabellada...

¡pero lo había conseguido! Y él los estaba siguiendo, o lo haría pronto, justo como ella había esperado.

¿Y ahora qué? ¿La seguiría hasta cruzar la frontera rusa y entrar en un país de la UE, o tendría que animarlo un poco más?

Giorgio Cattoretti, en efecto, iba siguiendo al SUV, pero se encontraba unos veinte kilómetros por detrás, conduciendo tan rápido como podía por la carretera rural nevada para darle alcance.

Había perdido unos minutos llevando la moto de nieve de vuelta al paraje apartado y arbolado donde había escondido la furgoneta.

Giorgio echó un vistazo a su derecha, al asiento del copiloto, para controlar el portátil. El mapa mostraba esta zona de Rusia ampliada, con un punto rojo que avanzaba hacia el noreste por la carretera: el SUV. Un punto verde más atrás indicaba su posición.

Todavía no sabía quién acababa de llevarse su dinero.

En realidad no había visto a nadie ni sabía cuántas personas eran; lo único que había visto era un SUV negro alejándose a toda velocidad.

Probablemente había sido Elaine Brogan, pero distaba mucho de estar seguro.

Si era Elaine, no entendía cómo había encontrado la dacha, ni siquiera cómo había averiguado que Amperov tenía una, o que todo el dinero del rescate estaba escondido allí.

No tenía sentido. A menos que hubiera sospechado desde el principio que Amperov estaba implicado, y no creía que ella hubiera llegado a esa conclusión.

Había vigilado de cerca a Elaine por medio del inspector Amperov desde que ella llegó haciéndose pasar por detective de delitos artísticos del FBI.

El inspector le había asegurado que los primeros días había estado perdiendo el tiempo investigando a Viktoria Kaspárova, que no era culpable de nada.

Cuando Viktoria se enteró, Amperov le aseguró que le había ordenado a Elaine que abandonara la investigación, pero de un modo que aumentó aún más sus sospechas sobre Viktoria.

También le había prometido que mantendría a Elaine ocupada y apartada hasta que se completaran las tres entregas del rescate.

De algo estaba seguro Cattoretti: quienquiera que hubiera robado el dinero del rescate no sabía nada del rastreador GPS que había escondido en una de las bolsas.

Había ocultado el dispositivo con tanta astucia que no creía que lo descubrieran hasta que alguien rasgara el fajo de billetes para repartirlo o gastarlo.

Lo que significaba que quien le hubiera robado no iba a salirse con la suya.