70
El inspector Sergei Amperov continuó por el sendero que conducía a Tur, sujetando el cilindro con las pinturas contra el pecho con un brazo mientras con la otra mano se limpiaba la nariz sangrante con un pañuelo.
La zorra americana se la había roto. Se había escapado, pero daba igual.
Acababa de hablar por teléfono con Nikolái para informarle de que la «detective de delitos artísticos» de EE.
UU. no solo era una impostora, sino que estaba confabulada con el ladrón.
Le había dicho que ella le había apuntado con un arma y luego había huido, que iba armada y era peligrosa, y que emitiera una orden de búsqueda y captura a nivel nacional.
Eso le enseñaría, como decían los estadounidenses.
Su plan era simple. Iba a reunirse con el ladrón, matarlo y quedarse con el dinero y el mérito. Ya se veía viviendo en Malí o Cuba o quizás Tahití, tumbado en la playa, rodeado de jovencitas...
Pero todo eso vendría después. Ahora mismo, tenía que mantener la cabeza fría.
Amperov aminoró el paso, metió la mano en el bolsillo para comprobar si tenía mensajes en el teléfono desechable, pero no había ninguno.
Echó un vistazo al bosque a ambos lados del sendero; le extrañaba no haberse cruzado aún con el hombre, ya que calculaba que estaba al menos a mitad de camino de Tur, y allí era donde debían encontrarse, en el punto medio.
Pero tanto el sendero como el bosque circundante estaban desiertos.
A lo lejos se oían las ambulancias y la policía que habían llegado a la planta de propano, pero nada más.
De repente sintió un golpe seco en la parte baja de la espalda: el cañón de un arma que se clavaba dolorosamente por debajo del chaleco antibalas.
Dejó caer el cilindro que contenía las pinturas.
—Tira el arma —dijo la voz familiar.
Amperov se quedó paralizado.
—¡Tírala!
Su mano enguantada lanzó el arma a la nieve, a unos metros.
—¿Dónde está el otro paquete?
—Se escapó.
—¿Cómo demonios ha pasado eso?
Amperov no respondió.
—¡Date la vuelta!
Amperov obedeció lentamente, preparado para enfrentarse al rostro del hombre al que nunca había visto en persona. Algo le decía que sería feo y cruel... pero el ladrón llevaba un pasamontañas blanco. Solo se le veían los ojos, la nariz y los labios.
Amperov retrocedió al fijarse en los ojos: le faltaba uno. Detrás de la abertura, solo había oscuridad.
El ladrón reparó en la nariz sangrante de Amperov.
—¿Cómo te las has arreglado para dejar que se te escapara una mujer?
—Tenía un arma —mintió, sintiéndose un poco idiota.
El ladrón parecía dudar. También se le notaba decepcionado de que Janet Bailey, o como se llamara, no estuviera allí.
—Debería descontarte parte del pago por eso...
Echó un vistazo al sendero en ambas direcciones, hizo amago de decir algo, pero se encogió de hombros.
—No tengo tiempo para discutir... Ya la encontraré de un modo u otro.
Dejó caer la bolsa al suelo, se dio la vuelta y echó a andar sendero arriba.
—Do svidanya.
Amperov recogió rápidamente el tubo y se echó la pesada bolsa al hombro. Vio el punto en la nieve donde había caído su pistola. Se abalanzó a recuperarla.
—¡Alto! —gritó.
El ladrón aminoró el paso y se detuvo.
—¡Suelta el arma! —ordenó Amperov.
El hombre enmascarado suspiró.
—Inspector, no hagas esto. Te pagué bien y ni siquiera te desconté nada por tu metedura de pata.
—¡Suelta el arma y levanta las manos!
—Estás cometiendo un error muy grave.
—¡Suéltala! ¡Es tu última advertencia!
El ladrón arrojó a regañadientes el arma a un lado y levantó lentamente ambas manos.
—¡Date la vuelta y mírame!
El ladrón giró despacio hacia Amperov. Bajo el pasamontañas se adivinaba una amplia sonrisa... y cuando Amperov miró con más atención, vio que la mano izquierda no estaba vacía. Sostenía una cajita con lo que parecía una antena que sobresalía de ella.
Horrorizado, Amperov bajó la vista hacia la bolsa que le colgaba del hombro.
El Gato se tiró al suelo justo antes de pulsar el botón de detonación.
Un instante después, trozos macabros del inspector Sergei Amperov volaron por los aires. Restos dispersos del cuerpo cayeron sobre Giorgio Cattoretti, junto con cientos de billetes de 500 euros.
La explosión dejó tras de sí un silencio peculiar en el bosque. El dinero descendía lentamente sobre la nieve salpicada de sangre, como hojas que caen.
«Qué lástima», pensó Cattoretti mientras se levantaba y se sacudía el polvo, «que haya gente que nunca está satisfecha».