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Ella le había dejado ciego de un ojo, y por supuesto él querría vengarse.
Siempre había sabido que probablemente lo había cegado, pero había dado por hecho que se ahogaría al caer por el acantilado.
Saber que estaba vivo y, salvo por el ojo perdido, aparentemente en plena forma, y oír esa mañana la descripción que Lexy había hecho de su parche no había hecho más que aumentar su miedo.
Lo habían violado en la prisión de Attica tres reclusos, y cada uno de ellos había sufrido después una muerte espantosa y horrible.
Nadie se enfrentaba a Giorgio Cattoretti y salía impune.
Elaine intentó apartar esos miedos, diciéndose que su imaginación se había desbocado.
Tenía que concentrarse en el problema, en la verdadera razón por la que estaba allí: eso la ayudaría.
¿Cómo podría atrapar a Cattoretti en esta entrega?
El reto era capturarlo, de algún modo, y atraerlo o sacarlo de Rusia.
Para atrapar a Cattoretti hoy, razonó, tendría que alejarse de Amperov en el momento oportuno, fuera cuando fuese: no tenía ni idea de lo que implicaría la entrega del rescate esa tarde, y nadie más tampoco.
Ella y Amperov tendrían que esperar a que llegaran las instrucciones por el móvil, y para entonces ya estarían en camino.
Así que no había forma de planificar nada, que era exactamente lo que Cattoretti quería.
Simplemente tendría que improvisar. Como mínimo, se dijo, tenía que hacer justo lo que Amperov pensaba que estaba haciendo: «entorpecer las cosas», de algún modo, e impedirle capturar a Cattoretti. Todavía habría al menos otra entrega después de esta, y eso le daría más tiempo.
Un nuevo pensamiento le vino a la mente.
¿Qué estaría haciendo Viktoria Kaspárova durante la entrega de hoy? ¿Estaba siquiera en el edificio en ese momento?
Elaine tenía que averiguarlo.
Elaine pasó unos minutos pensando en una buena excusa para hablar con Viktoria y luego salió de la sala de operaciones hacia la zona del museo donde estaban las oficinas administrativas.
Tenía que andarse con cuidado. Si Amperov pensaba que seguía investigando a Viktoria, no sabía de qué sería capaz.
Elaine reconoció de inmediato a Galya, la secretaria de Viktoria, por los vídeos de las cámaras de seguridad. La joven estaba sentada tras un mostrador de recepción con auriculares puestos. Parecía absorta transcribiendo algo que escuchaba en el ordenador.
—Disculpe —dijo Elaine con cortesía, acercándose al mostrador.
Galya se quitó un auricular y sonrió amablemente.
—¿Sí?
—¿Está Viktoria?
—No, lo siento, hoy está muy ocupada.
«Seguro que sí», pensó Elaine.
—¿Está aquí, en el museo?
—Sí, está desembalando una exposición cedida en préstamo por el Museo Nazionale Romano.
—Ah. ¿Qué tipo de exposición es?
Galya miró un papel en su escritorio. —Estatuas griegas y romanas de los siglos II y IV a. C. ¿Puedo ayudarla en algo? —Parecía saber quién era Elaine, aunque esta no estaba segura de cómo.
—Solo quería hacerle una pregunta rápida. Es personal, no tiene nada que ver con el robo. ¿Sabe cuánto tiempo estará ocupada?
—Probablemente hasta las seis o las siete, quizá más tarde. Es una exposición bastante grande. Puede encontrarla en el edificio de al lado, en el sótano, pero está muy ocupada; tienen que dejarlo todo listo para mañana, que es cuando se inaugura.
Entonces Elaine recordó haber visto carteles sobre ello.
—Entiendo, no la molestaré. Solo quería preguntarle sobre unas litografías de Chagall que le interesan a mi marido.
Colecciona arte. —La explicación era innecesaria, por supuesto, pero quería asegurarse de que Viktoria no pensara que aún la estaban investigando, por si Galya le contaba que Elaine había pasado por allí.
Se dio la vuelta y echó a andar hacia la sala de casos... pero se detuvo a pensarlo. «Será mejor que me asegure de que está aquí». No era descabellado que Galya también estuviera implicada en el robo. Elaine no se fiaba de nadie.
Unos minutos después, siguiendo las indicaciones de un par de guardias del museo, Elaine encontró el amplio espacio del sótano donde estaban desembalando las estatuas.
Elaine aminoró el paso y recorrió con la mirada el pasillo en penumbra; luego se asomó a la gran sala sin llegar a entrar.
Había enormes cajas de madera y material de embalaje esparcidos por todas partes, y algunas estatuas de tamaño natural erguidas sobre palés.
Una docena de trabajadores se afanaban en el espacio: uno manejaba una carretilla elevadora, otros desembalaban cajas.
Viktoria supervisaba a tres hombres corpulentos, portapapeles en mano, repitiendo «ostorozhno, ostorozhno» —cuidado, cuidado— mientras extraían una estatua de su embalaje con sumo cuidado.
«Hm», pensó Elaine mientras se apartaba de la puerta. Desde luego, la mujer no parecía estar en condiciones de ayudar a Giorgio Cattoretti con la entrega del rescate esa tarde.
Elaine volvió al edificio principal dándole vueltas al asunto, preguntándose si Viktoria Kaspárova y su dacha no serían más que una pista falsa. Conocía a Cattoretti lo bastante bien como para saber que no tendría más de un cómplice.