62
Mientras Elaine avanzaba penosamente por la acera nevada hacia el museo, estuvo a punto de contactar a Raj por aquel giro totalmente inesperado.
Pero él le había dicho que no lo contactara a menos que fuera una emergencia de vida o muerte, y esto no lo era.
Elaine casi deseaba que Lexy hubiera seguido siendo invisible.
De todos modos, aunque llamara a Raj, ¿qué le diría que hiciera con aquella chica tan rara?
Que Elaine supiera, Lexy no había cometido ningún delito contra Estados Unidos ni en su territorio, así que al gobierno estadounidense no le interesaría.
Por otro lado, si Elaine conseguía sacar a Cattoretti de Rusia, también tendría que sacar a Lexy de allí, porque ahora sabía demasiado: si le contaba a la policía rusa lo de Janet Bailey/Elaine Brogan y descubrían que no pertenecía al Equipo de Delitos Artísticos del FBI, se armaría la gorda.
A medio camino del museo, Elaine decidió que de momento aparcaría el asunto de Lexy y ya decidiría qué hacer con ella más adelante.
Recordaba haber oído a Cattoretti mencionar una dacha; quizá la chica recordara algo más importante.
Pero había que comprobar su historia al detalle.
Si estaba diciendo la verdad sobre todo, Elaine estaría mucho más dispuesta a ayudarla.
Desde luego, no tenía tiempo de investigar a Lexy, como tampoco lo tenía para localizar la dacha de Viktoria. Ahora necesitaba más ayuda que nunca.
Elaine decidió que la única solución práctica y rápida era llamar a Luna. A esas alturas, la mujer probablemente estaría muerta de aburrimiento, sobre todo durante el día, ya que Tony se ocupaba de los niños, cocinaba y prácticamente se encargaba de todo en la casa.
Elaine encendió el teléfono satelital y llamó a casa.
Cuando Tony le pasó el teléfono a Luna, Elaine dijo:
—Odio pedirte esto, Luna, pero...